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Entrevista eterna con Dragó (VI): «Me paso varios meses al año en que no sale una palabra de mi boca»

Written by | 19/03/2015 | Comentarios desactivados en Entrevista eterna con Dragó (VI): «Me paso varios meses al año en que no sale una palabra de mi boca»

(Viene de la anterior entrega).

… ¿Por qué viajo continuamente lejos de España? No me voy a París, no me voy a Roma, no me voy a Nueva York. Me voy a lugares donde no me conoce absolutamente nadie, donde no conozco a nadie, donde vivo en soledad absoluta. Eso para mí es la felicidad.

A mí siempre me ha maravillado que estés en esos países sin hablar inglés, o la lengua del lugar.

Ése es uno de los alicientes para ir a esos países. No me gusta América Latina por muchas razones (me recuerda demasiado a España, es judeocristiana…), pero no me gusta, además de todo eso, porque entiendo la lengua. A mí no me gusta hablar. A mí me gusta el silencio. Yo soy una persona silenciosísima. Todo el mundo cree que yo soy un charlatán, porque aparezco por la radio, por la tele, y hablo y hablo, y hablo deprisa. Yo me paso varios meses al año en que no sale una palabra de mi boca. Así me puedo pasar días enteros, cuando estoy en estos países, y me tiro seis meses al año allí. Las únicas palabras que salen de mi boca, si voy a un restaurante, es para pedir unos espaguetis al pesto al camarero. No hablo nunca. Para mí esto es fantástico porque me permite concentrarme. A mí no me gusta distraerme, desconcentrarme. Simplemente yo en España voy por la calle y como entiendo la lengua me distraigo; y voy caminando por las calles de China y no me distraigo. Eso me produce una felicidad absoluta. Yo nunca llamo por teléfono cuando estoy de viaje. Connecting people… ¡Disconnecting people! es mi lema. Llego incluso al extremo de engañar a mis hijos, de engañar a mi madre, cuando vivía. Si me iba a Argentina le decía que me iba a China, y si me iba a China le decía que me iba a Argentina, para que no se le ocurriera localizarme de ninguna manera. Tengo una vocación de soledad absoluta, soledad y silencio. Es una de las cosas que más me gustan en el mundo. Al fin y al cabo, Eduardo, yo soy un escritor raro, un escritor extravagante, un escritor de culto (tampoco es que venda millones de ejemplares como Paulo Coelho o Pérez-Reverte).

Hasta cierto punto.

¿Que hago programas de televisión? Sí, es cierto. Llevo treinta y tantos años haciendo programas de televisión. Sí, es cierto, pero programas de televisión con audiencias mínimas, refugiados en la rejilla de la madrugada, y de libros, sesudas cosas intelectuales. ¿Cómo es posible que me conozca todo el mundo? ¡Me conoce todo el mundo! Yo voy por la calle y es como si fuera Julio Iglesias. Y además, no sólo me conocen de nombre, que al fin y al cabo que te conozcan de nombre… bueno; es que te conocen de cara. Entonces es una crucifixión. Voy por la calle, y el que no se me acerca me mira de reojo, o le da con el codo al otro, o el que te pide sacarte una foto, o el que te pide un autógrafo. A mí no me gusta nada, es un suplicio. En cuanto me voy de España cambia todo, y eso que ahora hay turistas, no es como era antes, porque antes no veías a un español y estabas a salvo de esto.

Entrevista eterna con Dragó

Tú me recomendaste una vez en El Cairo que fuera a los países que habían sufrido una catástrofe natural, porque de ellos escapan los turistas.

Yo soy una persona acorralada por el turismo. Todo lo que yo amaba en el mundo ha sido destruido por el turismo. Ya sé que todos tenemos derecho a viajar, y que no todos pueden permitirse el lujo de viajar sin billete de vuelta. Ya lo sé. Pero eso no quita que estas gentes, los turistas, hayan devastado todo lo que yo amaba. Estoy obsesionado: yo por las noches fantaseo con ser rey de España, jefe de gobierno de España, y cerrar inmediatamente las fronteras, cosas de este tipo, obligar a la gente que viene a España que pague, yo qué sé, cien mil pesetas para entrar en España. Estoy acorralado por el turismo, y efectivamente, cuando se produce un terremoto, una epidemia, una erupción volcánica, un atentado, una guerra… inmediatamente me voy a estos países, por dos motivos, en primer lugar porque no hay turistas, y en segundo lugar porque me gustan esas situaciones. En eso soy hijo de mi padre.

¿Por qué?

Si tú has leído Muertes paralelas, habrás visto que mi padre se va al Sur siendo director de la agencia de prensa, hacia Melilla, a las ocho de la mañana del día 18 de julio. Es como si Pedro Jota ahora se hubiera ido a Mali, porque ha estallado lo de Tombuctú y todo esto. No se va Pedro Jota, envía un corresponsal. Mi padre se va él, con mi madre maldiciéndole desde el balcón: «No conocerás a tu hijo, estás loco, quien ama el peligro perece en él». A mí me pasa lo mismo. Me gustan las guerras. No me gusta que maten a la gente, pero como escritor siento el sex-appeal, la atracción de las guerras, cuando se manifiesta la verdad. A mí me gusta estar en peligro. A mí me gusta, según una definición un poco retórica, oír silbar las balas cerca de mi cabeza.

Eduardo Martínez Rico

 

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