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Entrevista eterna con Dragó (VIII): «’Pacto de sangre’ es una carta que yo envío a mi hijo, una vez más reproduciendo la conducta de mi padre»

Written by | 08 July 2017 | Comments Off

Fernando Sánchez Dragó
Fernando Sánchez Monreal

Eduardo Martínez Rico

«Durante mucho tiempo tuve la impresión de ser la reencarnación de mi padre, de que estoy haciendo en la vida lo que mi padre no pudo hacer porque la muerte le truncó el camino». Esto me lo decía Fernando en la anterior entrega, y lo repito ahora en el principio de esta nueva, para que entendamos lo que va diciendo. Me parece interesantísimo lo que cuenta sobre su padre.

Hasta el extremo (son sincronías, que diría Jung, curiosas) de que cuando marcho al exilio y acabo en Japón, Manuel Cerezales, el marido de Carmen Laforet, periodista que había sido director del diario España de Tánger, director también de El Faro de Vigo y en 1967 director de El Alcázar, la primera tentativa de apertura sin censura en la prensa española —luego pasó a ser lo contrario, periódico de extrema derecha—, en aquel momento, Manuel Cerezales, muy amigo de mi familia, me invita a escribir desde Tokio. Y efectivamente yo le envío una primera tanda, muy larga, de ciento y pico páginas de artículos sobre Tokio, y la única condición que me pone, porque yo estaba exiliado, reclamado por la justicia (me había escapado con una condena encima), es que me busque un pseudónimo.

Deben de ser de tus primeros artículos.

Es la primera vez que yo publico en prensa española y en prensa en general. Entonces me pongo como pseudónimo el nombre de mi padre. Todos esos primeros artículos aparecen firmados por Fernando Sánchez Monreal. Es una cosa que conmueve mucho a mi madre. Me escribe una carta desde Madrid que me llega a Tokio: “Me ha conmovido volver a ver el nombre de tu padre en un periódico español. Espero que lleves la profesión con el mismo honor con el que la llevó tu padre.” (Sánchez Dragó se emociona en estos momentos, visiblemente.) Éstas son cosas muy intensas que te marcan desde dentro. Entonces yo empiezo a acariciar la idea de que soy la reencarnación de mi padre, pero no casaba por un error de fechas. Tenía una carta de mi padre, y yo pensaba que me la había dirigido una vez que yo había nacido. Y cuando me pongo a investigar en Muertes paralelas (Planeta), descubro que mi padre me había escrito esa carta antes de que yo naciera. Era una carta dirigida al niño, a su primogénito, que estaba en el vientre de su esposa. Con lo cual esa carta que yo creía que me había llegado con posterioridad a mi nacimiento, con lo cual él seguía vivo, con lo cual la hipótesis de la reencarnación quedaba descartada, tan pronto me pongo a investigar en Muertes paralelas (Planeta) me doy cuenta de que está escrita con anterioridad. A mi padre lo matan el 13 de septiembre y yo nazco el 2 de octubre. La posibilidad de una reencarnación vuelve a cobrar fuerza lógica inmediatamente.

¿Qué crees hoy?

La certidumbre no la puedes tener nunca, pero sigo alimentando la idea de esa posibilidad. Por supuesto que sí. Es más, eso está también en este libro que publico ahora -Pacto de sangre (Temas de Hoy)-, porque este libro es una carta, una carta que yo envío a mi hijo, y estoy una vez más reproduciendo la conducta de mi padre. No lo había pensado, me doy cuenta cuando la estoy escribiendo. Es una carta que escribe un padre que probablemente no va a poder transmitir lo que un padre debe transmitir a su hijo: una experiencia de la vida, una enseñanza, una pedagogía, una educación. Entonces yo suplo esa verosímil carencia enviándole esta carta, que es una carta pedagógica entre otras cosas. Y de repente cuando estoy escribiendo el libro en Japón me digo: “Hostias, estoy haciendo en definitiva lo mismo que hizo mi padre; estoy enviando una carta a un hijo, que en este caso había nacido un mes antes, era un bebé; no podía leer esta carta. Estoy haciendo lo mismo.”

Pero tú eres un escritor y periodista muy diferente a tu padre, un tipo muy diferente.

Bueno, soy un periodista muy diferente a mi padre, no lo sé… Yo irrumpo en la prensa escrita cuando tengo 30 años. Hasta entonces he sido fundamentalmente un escritor, o he sido un periodista, pero un periodista de radio, no de prensa escrita. En realidad yo empiezo a escribir en prensa a una edad posterior a la que tenía mi padre cuando lo matan. Era otra época, era otro mundo… no sabemos en qué habría parado mi padre como periodista. Tenía 26 años.

Pero no parecía que tuviera vocación literaria, Fernando.

No parecía.

Tú la tienes muy marcada.

Sí, eso es verdad. Pero que alguien se reencarne en ti no significa que vaya a ser idéntico el curso de su vida.

Pero eso también invalida un poco lo otro.

Claro, pero ¿por qué tengo yo esta vocación literaria? Eso es misterioso. Es verdad que yo nazco con una vocación literaria arrolladora desde la infancia. No sé si has leído Esos días azules. Memorias de un niño raro (Planeta). Es clave que lo hagas. Escribir un libro de memorias es una experiencia muy curiosa. Empiezas a recordar cosas que no recordabas antes de empezar a escribir el libro. Yo lo comparo a echar un sedal al fondo de tu memoria y al fondo de tu conciencia, y de tu consciente, y empiezas a sacar pescados, algunos gordos y otros pequeños, cuya existencia ignorabas, y verdaderamente vas redescubriendo tu vida y redescubriéndote a ti mismo a través de esa operación de autopsicoanálisis que es escribir unas memorias.

¿Podrías explicarlo un poco mejor?

Cuando yo me pongo a escribir el libro, al principio tanteo el terreno en dos o tres páginas, buscando el tono, hasta que arrancas, y arrancas yéndote a tu primer recuerdo. No al primer recuerdo de cosas que te han contado, porque todos tenemos recuerdos que no son nuestros sino cosas que nos ha contado nuestra madre, o nuestra abuela.

¿Cuál sería entonces ese primer recuerdo?

Lo primero que yo recuerdo vívidamente, inscrito en mi memoria, y es la primera escena del libro, es que viene una señora de visita a casa y me sacan para que lea delante de ella. Yo tenía tres o cuatro años, no iba al cole todavía; yo había aprendido a leer con una profesora privada en casa: a los tres años leía de corrido, y leía con una dicción profunda, castellana, muy nítida, y mi madre presumía de lo bien que leía el nene, que no levantaba dos palmos. Entonces efectivamente yo llego, cojo un libro, leo un par de párrafos, muy bien, muy aplaudido, muy elogiado, ya me marcho, dejo a mi madre con la señora y me voy a jugar. Y una hora después, me llaman para que me despida de ella, en el rellano de la escalera, en el vestíbulo de la casa, y la señora me pregunta lo típico que se le pregunta a un niño, que qué quiere ser de mayor, y yo dije con un aplomo sorprendente, que se quedó estupefacta mi madre, estupefacta la señora y estupefacto yo mismo, porque no sé por qué dije aquello: “Yo voy a ser escritor.” ¿Por qué? ¿De dónde viene eso, ese misterio?

 

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