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Rodrigo Cortés: «La culpa es un arma de destrucción masiva»

Written by | 10 November 2015 | 1

Rodrigo Cortés entrevista

 

[Entrevista publicada originalmente en Revista de Occidente, 413, Octubre 2015, pp. 101-123]

En esta época en que todos andamos tan perdidos buscando el sentido de nuestras vidas y qué hacer con el tiempo que se nos ha brindado, he aquí un hombre al que sólo las insuficientes horas del día impiden desarrollar todas sus vocaciones: pintor, músico, escritor y −la única capaz de englobarlas todas− cineasta. Y, sobre todas las cosas, creador. El peso de los premios recibidos por sus cortometrajes −Yul (1998) y 15 días (2000), entre otros− quebraría cualquier vitrina; con su primer largometraje, Concursante (2007), anticipó el colapso económico mundial, que llegaría sólo un año después, cuando nadie hablaba de ello; en Buried (Enterrado, 2010), su segundo trabajo cinematográfico, demostró que era posible rodar una película dentro de un ataúd; y su audacia lo catapultó a Hollywood, donde dirigiría nada menos que a Robert de Niro y a Sigourney Weaver en Luces rojas (2012). En esta entrevista nos centramos en su visión del mundo y en su obra literaria, donde se ha destacado como aforista con A las 3 son las 2 (Ed. Delirio, 2013) y recientemente con Dormir es de patos (Ed. Delirio, 2015), así como novelista ejemplar gracias a Sí importa el modo en que un hombre se hunde (Ed. Delirio, 2014). Rodrigo Cortés es el perfecto entrevistado. Afable, relajado, reflexivo y enemigo de los lugares comunes, trata siempre de contestar a las preguntas con creatividad y eligiendo con mimo las palabras.

Comencemos por el principio: ¿cuándo empezaste a escribir?

Lo primero que quise ser fue pintor, después músico y por fin escritor. Accedí al cine a través de la escritura, como una manera de conformar mundos y crear paisajes inexistentes. Y nunca desligué mi intención de ser cineasta de la de desarrollar mi escritura, teniendo muy claro que el lenguaje literario y el cinematográfico son muy diferentes. Empecé a rodar con material propio, prácticamente siempre lo he hecho, pero mucho antes ya había escrito, como es natural, mis primeros relatos, artículos, epigramas…

Recurramos al tópico: ¿el escritor nace o se hace?

Hay un impulso narrador que está en la sangre, pero todo el mundo se hace. Es bonito inventar historias míticas; las comadronas que les dicen a las madres: «¡Ha tenido usted un literato!»… Y al fin y al cabo la escritura es un oficio antiguo, pero si consideramos cualquier otro, si imaginamos a alguien que dijera: «He nacido informático» o: «Soy un montador de cine nato», la elemental sensatez aclararía que, si hubiera nacido tres siglos antes, sus cualidades se habrían volcado de forma eficiente en cualquier otra labor y habría tenido la misma responsabilidad de ser feliz.

Rodrigo Cortés entrevista

 

Entonces, en 2010, abres una cuenta en Twitter por motivos promocionales como todo el mundoy terminas utilizándola como instrumento de expresión artística. ¿Ganas de llevar la contraria?

En realidad, mi primera incursión en internet fue en 2007. Para mi primer largometraje, Concursante, creé un blog que, en teoría, escribía el protagonista; protagonista al que en dos semanas convertí en una pretendida persona real que comenzaba a hablar mal de la película por haber adaptado su vida sin permiso. Aquello se convirtió en un delirio literario muy experimental que atrajo algo de atención pero no vendió ninguna entrada. En el caso de Buried sucedió algo parecido: en las fechas previas al estreno de la película, Warner me pidió que abriera una cuenta en Twitter por motivos promocionales. Yo no sabía para qué era; una vez me lo explicaron, confirmé definitivamente que no servía para nada. Y sin embargo encontré una especie de laboratorio creativo que me permitía crear pequeños delirios o aerolitos, como quien tiene una viñeta en un periódico.

Lo extraordinario es que la iniciativa tuvo éxito. El libro A las 3 son las 2 es la prueba. De hecho, Dormir es de patos, su secuela, ya está en imprenta.

Con el tiempo acabé divirtiéndome mucho, con esa posibilidad de ir depurando más y más el lenguaje para tratar de comprimir sensaciones complejas o historias elaboradas en píldoras de resonancia, como si hubiera que partir de un elemento grande, codificarlo y hacer que quien devorara esa pastilla viera cómo todo eso se desempaqueta nuevamente dentro de él y vuelve a alcanzar las resonancias codificadas. Una selección reelaborada de varios centenares píldoras acabó plasmada en el libro.

Rodrigo Cortés entrevistaA las 3 son las 2, por su carácter aforístico, da la impresión de ser un libro de inicios de otras tantas historias que nunca se contarán. Abundando en eso, en tu novela Sí importa el modo en que un hombre se hunde citas la Segunda Ley de la Termodinámica: «Todos los sistemas aislados tienden al desorden» (p. 11). ¿Es el desorden el principio el motor de la ficción?

Me interesa el concepto de entropía como maldición inevitable que impide el equilibrio y que obliga a la acción, aunque sólo sea para combatirla. No permite una posición neutral. Y ésa es la expresión de una historia.

¿Restituir el orden previo sería entonces el sentido último de la ficción?

Es el sentido vano de cualquier narrador y de cualquier ser humano, en realidad. En el mejor de los casos, hay quien hace un esfuerzo real por restituir el orden. La gran mayoría se entrega a una ficción en la que inventa un orden imaginario para hacer la vida asumible y falsamente explicable.

Concursante, tu primera película, tenía como protagonista a Martín Circo Martín, el ganador del mayor premio jamás concedido en la historia de la televisión, que resulta ser en realidad una trampa económica que lo conduce directamente a un infierno burocrático. Ahora, con Sí importa… recuperas esa historia, esta vez en forma de novela.

Tanto Concursante como Sí importa… comparten el ADN del guion original, que luego fue evolucionando y sufriendo una inevitable poda para poder convertirse en película, porque su primera versión era torrencial, inasumible e improducible. Mientras tanto, en paralelo, escribía la novela, que hacía menos gravosa la poda y me permitía avanzar sin remordimientos. La novela es más reposada y permite un acceso más íntimo al cerebro del protagonista; y es, de una forma curiosa por no planificada, más despiadada y divertida.

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Selecciono una frase del texto de contraportada: «Una sátira [...] sobre la maquinaria financiera que nos aplasta». ¿Es Sí importa… una novela de tesis?

Siento poca atracción, como lector, por las tesis o las pizarras. Cuando, a través de la lectura más bien oscura de cierta literatura económica disidente, descubrí la maquinaria oculta del sistema financiero y cómo funciona el mundo detrás de la cortina −o, para ser más precisos, debajo de la alfombra−, encontré una mecánica matemática milenaria, directamente satánica, que no tiene que ver con visiones políticas o ideológicas ni con teorías económicas, sino con un planteamiento diseñado con inteligencia perversa para esclavizar al hombre.

¿Ese planteamiento se aprovecha de la codicia inherente al ser humano?

Cuando uno accede al sistema de generación del dinero a partir de la deuda, se da cuenta de que ni siquiera hace falta codicia para que el propio sistema derive en un inevitable colapso cada setenta o setenta y cinco años. No obstante, la codicia es un magnífico catalizador que aumenta la velocidad de las cosas. No hay ninguna posición en la novela, por ejemplo, contraria al dinero. El dinero es un elemento neutro. Tan neutro como la energía o la sangre. Pero es un enorme potenciador, de modo que una persona generosa puede, con dinero, ser diez veces más generosa y una persona codiciosa puede, con dinero, serlo diez veces más.

La literatura y la mitología están plagadas de pobres diablos, como Martín Circo, que aspiran a los dones de los dioses −la inmortalidad en la mayoría de los casos− y fracasan en su intento. La codicia suele esconder el miedo a la muerte, una voluntad de perpetuarse en la acumulación de objetos materiales. ¿Es ése el problema de Martín Circo, dado que se presenta a un concurso?

Siempre he concebido a Martín como una marioneta, el personaje más objetivamente mediocre que he escrito, cuya única virtud es poseer la suficiente honestidad consigo mismo como para describirse en términos implacables. Incluso aquello que hace «voluntariamente» responde a algún tipo de programación, a una ubicación involuntaria en el mundo. No creo que su motor sea la codicia, sino la inconsciencia.

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En A las 3 son las 2 sostienes que: «Sólo hay dos temas: la vida y la muerte» (p. 82). Concursante comienza presentando a Martín Circo ya muerto. Y al principio de la novela, ya desde el índice, podemos ver que la estructura coincide con las etapas del duelo. ¿Trata Sí importa…, pues, sobre la muerte?

Yo diría que no, lo cual no me confiere ningún crédito. Es cierto, sin embargo, que la muerte y la seguridad de su llegada es lo único que nos permite contemplar con cierta objetividad la vida. Es el único lugar en el que nada importa, ya nada hay que defender −ni siquiera la propia imagen− y uno puede expresar lo que ha hecho con absoluta limpieza porque no hay ningún motivo para no hacerlo así: ya no hay nada que ganar, ya no hay nada que perder. Imagino que cuando uno mantiene la perspectiva constante de su muerte segura es cuando logra el grado de impunidad necesario para tomar las riendas de su vida y seguir adelante de forma eficiente.

Sin embargo, el miedo tan relacionado con la muerteestá muy presente en la novela. Martín confiesa: «Me da miedo cualquier cosa que no controle, que no domine o pueda acotar…» (p. 51). ¿Es precisamente el miedo al descontrol, al caos, a la muerte en última instancia, una de las mejores formas de mantenernos controlados?

El miedo es exactamente eso: la incertidumbre de enfrentar lo desconocido. Ésa es la razón por la que hacemos esfuerzos tan denodados por no cambiar: para no tener que adentrarnos en un terreno ignoto. Quizá sea ésa la razón por la que en ocasiones la vida, si no lo hacemos nosotros voluntariamente, nos obliga con violencia a dar un giro. Para reevaluar la situación y cambiar, de una vez, algo.

Otro mecanismo de control: la culpa. En A las 3 son las 2 hablas de la culpa como eficiente «fuente de energía» (p. 110), y en la novela Martín dice que: «El arma de manipulación más habitual es la culpa, así es como nos tienen atrapados» (p. 151), ya que nos han hecho sentir injustamente culpables de haber vivido, como suele decirse, por encima de nuestras posibilidades. Sin embargo, ¿no debería haber prevalecido el sentido común?

El sentido común es un objeto ejemplarmente flexible que solemos esgrimir ante cualquier contingencia, y que, por alguna razón mágica, es diferente en cada uno y obedece a lo que a cada uno conviene. Cuando uno va a juicio, por ejemplo, el sentido común está casi siempre de su lado y, curiosamente, del lado de quien a él se enfrenta, que también lo blande como una espada.

¿Y qué hay de la responsabilidad individual a la hora de conducirse uno mismo?

«Cuando existe la responsabilidad individual, en general no hay culpa»

La culpa es un arma de destrucción masiva porque consigue que, con la implantación de una pequeña semilla, uno haga el resto del trabajo y se convierta en su propio policía y en su propio carcelero. Basta con recibir un pequeño decálogo y el resto del trabajo lo hacemos nosotros. Es una forma de tortura que en gran medida invita a la inacción, porque uno asume una especie de pecado original que hace que todo sea incontrovertible e inevitable, lo que, paradójicamente, queda en las antípodas de la responsabilidad. Sin embargo, cuando existe la responsabilidad individual, en general no hay culpa. Hay, como mucho, la interpretación objetiva de lo que uno ha hecho mal y, si uno se hace responsable de ello, puede tomar las medidas necesarias para tratar de paliarlo o tomar, a partir de entonces, un nuevo camino. La culpa, sin embargo, nos ancla en el pasado y anula en gran medida esa posibilidad.

Martín Circo reconoce al principio de la novela cierta complacencia en formar parte del engranaje de la sociedad (p. 50). ¿Es esta ilusión de pertenencia a algo más grande que uno la que nos mantiene aletargados?

Sí, porque da gustito. (Risas) Y el gustito aletarga. No creo que sea posible la responsabilidad individual sin un gran componente de sacrificio y esfuerzo, que en gran medida implica un camino de renuncia, porque supone hacerte dueño de tu propio destino. No sucede cuesta abajo ni por inercia ni dejándote llevar por el curso de las aguas. Sucede más bien remando en su contra. Y remar en contra no da gustito.

En un momento dado, el protagonista de la novela afirma: «Me creo alegre porque otros me creen alegre. Y por nada más.» (p. 49). ¿En qué medida nos definimos por la proyección que otros tienen de nosotros?

En toda medida. Nuestra existencia social se determina por la opinión del otro. Eso es lo que define si uno es brillante, si es buen pintor, si es egoísta o si es un conversador excelente. Sucede, sin embargo, que el mundo social y el mundo real, el íntimo, apenas se tocan. Pero cuando hablamos de la vida pública de alguien, siempre hablamos de la consideración de otros sobre él, que es la que lo define y lo ubica en el espacio.

A continuación, en esa misma página, Martín habla del mundo tal como su óptica lo proyecta: «Los demás son exactamente lo que yo pienso que son. [...] Es posible, naturalmente, que un día cambie de opinión [...], sin ninguna razón, [...] pero no necesitaré admitirlo porque [...] automáticamente cambiarán ellos también junto con mi percepción» (p. 49).

Martín hace constante gala de su mediocridad. En gran medida, Martín es la voz de lo que somos, no de lo que deberíamos ser. Hay autores que crean, muy legítimamente, héroes ideales que responden a lo que ellos querrían ser o a lo que creen que el ser humano debería responder. No es el caso Sí importa…, que asume un personaje lleno de debilidades y le permite expresarlas para que escuchemos cómo funciona nuestra radio interna. La función de esos pasajes no es ejemplarizante; en el mejor de los casos, funcionan como espejos.

Rodrigo Cortés entrevista

 

Antes has hablado de la vida pública. Al principio de Sí importa… citas a John Baines (p. 11): «Exteriorizarse cotidianamente de manera inevitable hasta perder la propia identidad, alejándose obligatoriamente de sí mismo para fundirse con lo externo». Sin embargo, esta época se caracteriza precisamente por una exacerbación del yo, de la marca personal, de la imagen virtual… De la individualidad, en definitiva.

La medida real de uno mismo no sólo está al margen, como decíamos, de esa consideración general de los otros, sino que también está al margen de uno como ser social. Cuando decimos «el yo», definido en esos términos, hablamos del «falso yo». No estamos hablando del «yo profundo» y real, que generalmente es un enorme desconocido para nosotros mismos, porque no tenemos la menor posibilidad de acceder siquiera a él, hasta tal punto vivimos en un estado de aletargamiento. De modo que hablamos de otro tipo de individualidad: ese «falso yo» egoísta que todo lo gobierna y del que ninguno puede sustraerse por completo.

La máscara. ¿Somos acaso el reflejo infinito de dos espejos enfrentados: el «yo» que tratamos de forjar y el «yo» que nos viene impuesto socialmente?

«La hipocresía no ha sido un problema en ninguna etapa histórica»

Es inevitable, por un lado, dado que cualquier persona −y esto se potencia y se multiplica en una figura pública− tiene que expresarse a través de una máscara, entre otras cosas porque no sería muy prudente mostrarse de forma vulnerable. Vivimos −no se le escapa a nadie− en tiempos en los que esto se exacerba, y lo que en un momento eran defectos que uno escondía como podía, a menudo de la forma más hipócrita, dado que la hipocresía no ha sido un problema en ninguna etapa histórica, ahora no suponen ningún problema: cada vez hace falta menos esa máscara y esos defectos se convierten en virtudes. Lo vemos incluso en la publicidad, que en cualquier spot actual podría atreverse a usar un eslogan como «Sé egoísta», por ejemplo, y convertirlo en la línea de acción de una campaña.

Retomemos la cita de Baines, esta vez entresacando las partes que a este entrevistador interesan: «Perder la propia identidad, [...] fundirse con lo externo» (p. 11). ¿No suena a misticismo, todo lo contrario de lo que su autor pretende?

Ése es el signo del hombre moderno: perderse en lo que no le es propio, diluirse y perder para siempre su esencia, a sí mismo.

Me refiero a que esa disolución del «yo» se parece mucho a la visión mística de las filosofías orientales, aunque en éstas esa pérdida de la individualidad se alcance mediante la consciencia, no por lo contrario.

Al usar palabras tan polisémicas, y todas lo son en alguna medida, nos encontramos con ese problema. Cuando uno analiza diferentes disciplinas filosóficas, encuentra en todas ellas palabras muy parecidas. Incluso el publicista cínico del que hablábamos utiliza las mismas palabras para expresar ideas opuestas. Las palabras, al final, acaban por significar poco sin un trabajo de profundización detrás de ellas. No soy ningún experto en filosofía oriental ni en disciplinas de conocimiento, pero imagino que te refieres a esa pérdida de la importancia personal para diluirse en una especie de consciencia cósmica (que no colectiva). En literatura, Arthur C. Clark explora esa idea como un paso evolutivo deseable. Baines, sin embargo, habla, creo, de otra cosa: de la pérdida de uno mismo por mor de la hipnosis y la programación mecánica externa, y la dilución del hombre (su pérdida definitiva) con los estímulos sociales del entorno, que carecen de entidad real.

Al menos retóricamente, en este caso particular, ambos extremos consciencia e inconsciencia se tocan.

Hay categorías que sólo difieren en grado, porque están hechas de la misma esencia, como el frío y el calor. Es inevitable que se toquen, porque hay un punto donde se crea una barrera difusa e imprecisa en que uno se convierte en el otro. Pero a la vez son opuestas y sus motivaciones y funcionalidades son, por necesidad, también opuestas. Dudo que un ser humano pueda avanzar desde la inconsciencia, que es desde donde avanza, sin embargo, la especie. Imagino que en eso consiste ese «verdadero yo» del que hablábamos, en hacerlo consciente, en ser tú quien piensa, en lugar de reenviar el mail de otro o hacer un corta-pega. Cada vez que abrimos la boca y nos analizamos con una mínima honestidad crítica, nos damos cuenta de que casi nada de lo que decimos o pensamos responde al propio procesado del entorno o de la realidad, a la digestión personal, sino a la emisión de una formulación ajena eufónica que hemos asumido de forma más o menos conveniente como propia.

Rodrigo Cortés entrevistaLa publicidad ha salido a relucir ya en un par de ocasiones en esta conversación. Eso me recuerda a la alegoría de la anciana y el televisor, cuando se apaga el aparato y ella cae inconsciente en uno de los pasajes de Sí importa… (p. 118). ¿Funcionamos como la perra de Pavlov? ¿Tan independientes nos creemos que repetimos patrones una y otra vez?

Es de lo que hablamos y de lo que habla la novela. Creo que sí, salivamos cuando suena la campanilla y, aun dudando de que exista una voluntad superior y unívoca que lo pretenda, el resultado es el mismo. Somos el resultado de millones de fuerzas e intereses contrapuestos que crean un equilibrio inestable producto de nuestros pecados y virtudes particulares y generales, sí, pero en la práctica reaccionamos por estímulos condicionados.

En otra escena de la novela aparece un adivino que por mentir cobra más, pero así lo aseguraba otro personaje«merece la pena» (p. 126). ¿Necesitamos mentirnos a nosotros mismos? ¿Deseamos que nos engañen para mantener la ilusión de orden en mitad del caos?

Para eso nos compramos una radio, para eso compramos el periódico cada mañana, para eso prendemos la televisión: para saber qué pensamos. Y para aceptar estrictamente aquello que coincida con nuestra posición en el mundo. Cuando alguien reafirma nuestras posiciones, lo asumimos con naturalidad y decimos: «Tiene razón», o ni siquiera lo registramos, pero cuando eso no sucede experimentamos una respuesta de irritación casi física. De modo que sólo aceptamos aquello que previamente pensamos, o creemos que pensamos. Por eso el adivino le viene a advertir al personaje de Laura, la pareja del protagonista: «Podría decirle la verdad, pero sería un verdadero problema para usted. Si quiere, le puedo mentir; cuesta un poco más, pero le sale a cuenta». (Risas)

En la novela se plantea la hipótesis de la realidad como «un mundo pequeño, mezquino y engañoso» (p. 104), sujeta a «un plan trascendente que escapa a las dimensiones de nuestro teatro de guiñoles» (p. 155) y observado a través de un cristal por «un pequeño dios en formación» (p. 42), «un demiurgo despreocupado» (p. 156) que toma notas. ¿Piensas que la realidad en que vivimos es, en esencia, perversa?

Esos pasajes no hablan de la realidad pura, que es incognoscible, sino de nuestra realidad: del tablero, del terreno de juego en el que nos toca vivir. No creo que sea en esencia perversa, creo que es, fundamentalmente, neutra, pero es imposible que Martín Circo Martín, nuestro protagonista, la viva de otra manera precisamente por la falta de asunción de sí mismo, que lo convierte en víctima de otros y en alimento de dioses. Ese tablero varía: a veces gana un extremo y a veces otro, pero al final hay, supongo, un equilibrio. De otra manera, se descompondría todo.

Volvamos a la cita a John Baines, que se completa con: «… Paradójico destino es el de esta criatura alucinada: saber cada día más y comprender cada día menos» (p. 11). ¿El conocimiento produce vértigo?

Aquí sería pertinente diferenciar el conocimiento de la información. Probablemente, tenemos más información que nunca, y eso, lejos de permitirnos entender más, probablemente nos aleje más y más del conocimiento, porque crea una barrera de ruido entre la teórica verdad y nosotros. Acumulamos cada vez más datos, más información muerta sobre acontecimientos que en puridad no nos importan ni nos afectan en ningún sentido, y eso nos impide siquiera escucharnos. El conocimiento es otra cosa. Seguramente sería la destilación de todo eso; la digestión real, individual, responsable, de esos estímulos, que dejan de ser información y se convierten, por un proceso casi homeopático, en algo que uno de verdad comprende, con valor significativo, que forma parte de lo que uno es, que es conocimiento operativo.


Edmundo abre a Martín los ojos a la realidad en Concursante (2007)

 

En la novela, Edmundo, la figura paterna que guía a Martín Circo, le dice: «El ser humano es extraño: sabe las cosas y las ignora al mismo tiempo. Es peor que un animal ignorante, pertenece a una especie híbrida, un cruce entre hombre y animal sin la pureza de éste ni la inteligencia de aquél, condenado a una vida de frustración hasta que decida abrir los ojos, aprenda el precio de ser libre y comience a pensar por sí mismo» (p. 151). ¿El conocimiento, pues, nos libera?

Quizá en parte, pero es doloroso; es renunciar a lo que uno cree que es. Y matar algo −especialmente a uno mismo− es necesariamente doloroso. Hay una película que trata este tema de manera muy poderosa y creo que no se le ha reconocido: El club de la lucha (David Fincher, 1999). Creo que la película, en el fondo, habla de eso: del enorme precio que hay que pagar por tomar las riendas de la propia vida. Y lo hace de una forma muy poco amable, sin ninguna condescendencia, con gran violencia; hace falta una actitud implacable con uno mismo para retirar esa venda, esa lente que difumina las cosas y las amabiliza. Pero, volviendo a tu pregunta, ver, despertar, abrir los ojos, implica, sí, liberación; o como mínimo es una condición sine qua non para tratar de acceder a la libertad, sea ésta lo que sea.

Rodrigo Cortés entrevistaMe interesa lo que dices sobre el dolor. Y estoy pensando no sólo en el descensus ad inferos de Martín Circo en Sí importa…, sino también en Luces rojas, particularmente en la escena de la pelea en los servicios (donde el protagonista es linchado), que termina precipitando la asunción de su condición verdadera y de lo que ello significa.

Pronto descubrí que esa escena sacaba a muchos de la película. A muchos les molestó, por considerarla excesiva o fuera de tono; yo nunca la vi de esa manera: siempre me pareció que la única posibilidad de que ese personaje volviera a nacer pasaba por matar cada centímetro y gramo de lo que era antes, que había que reducirlo a pulpa para darle la oportunidad de acceder a aquello que es, enterrado a lo largo de años de voluntaria y activa inconsciencia. Para mí no tenía ningún sentido que nada nuevo pudiera salir de la crisálida si el gusano no era antes reducido a cenizas.

En la novela, sin embargo, Martín contradice el consejo del guía antes referido: «Mi conocimiento no me libera, me esclaviza más que a los otros porque me hace sufrir. He aprendido a esperar el dolor, pero no a enfrentarlo» (p. 155). ¿El conocimiento puede provocar neurosis?

Sucede que, en el caso de Martín y su ejemplar mediocridad, el hecho de abrir los ojos sólo le pone las cosas más difíciles, porque le hace ver la realidad contra su deseo. Es como aquel hombre de Matrix (Hermanos Wachowski, 1999), Cifra, que sólo pedía que le dejaran escoger la píldora azul, que le convirtieran en actor famoso, o algo así, aunque fuera ficticio, y que, sobre todo, le hicieran olvidar del todo cualquier rastro de recuerdo de la puta realidad. (Risas) Por eso digo que el despertar es una condición sine qua non para alcanzar la libertad, tal como la estamos denominando, pero no suficiente: hace falta esa fortaleza de carácter y ese deseo poderoso e innegociable y responsable de hacerse cargo de ello.

Ésa es la definición del héroe.

Exacto, aunque imagino que casi todos los héroes lo son a su pesar. En el caso de Martín, en gran medida despierta a la fuerza, de un modo muy poco heroico, sólo porque es golpeado en el momento más inoportuno, pero no tiene ninguna voluntad de sujetar el timón.

¿Entonces el conocimiento nos acerca al mundo real o, por el contrario, nos aleja de él? ¿No existe el peligro de que, de tan lúcidos, nos convirtamos en unos cínicos?

En un pasaje de la novela, Martín dice a sus alumnos: «Un cínico es mala presa», que es una forma de expresar que, desde una determinada perspectiva de las cosas, es difícil ser una víctima. Pero no es el comportamiento que personalmente recomendaría. Es complicado el equilibrio. Del mismo modo que para una persona sin moral la inteligencia puede empeorar las cosas, ver la realidad puede ser una maldición si no se tiene la voluntad de hacerse cargo de ella. El cinismo profundo, desposeído de poesía, implica más que distancia: implica una desafección relativista que niega la empatía y en la que nada importa.

Hay más cinismo en el libro: «Todo es empeorable», dice otro de los personajes (p. 16). Y unas gotas de fatalismo, de nuevo por parte de Martín: «¿Debo dedicar mi tiempo a absorber conocimientos que sólo me abren los ojos a lo inevitable?» (p. 150). ¿Acaso no es posible cambiar el mundo?

En gran medida, no: no podemos cambiar el mundo. Uno puede tratar de comprender la forma de las cosas, las leyes que operan detrás de acontecimientos aparentemente arbitrarios y, de este modo, adquirir una visión más ubicada del mundo y de sí mismo. Pero es probable que una de las primeras cosas que comprenda es que el tablero no se discute, que es el que es y toca jugar en él haciendo la mejor jugada con las fichas que uno tiene, sin voluntad de cambiarlo, sino, en todo caso, de cambiar uno. Porque el tablero es quizá el que te convenga para poder avanzar en el sentido que la vida considere más oportuno. No recibimos lo que queremos, sino lo que necesitamos.

Rodrigo Cortés entrevistaLa prueba de que el mundo no puede cambiar es que Concursante, cuyo guion se publicó el mismo año de su estreno (Ed. Delirio, 2007), advertía de que: «La economía es un arma. El mundo está al borde del colapso económico», pero nadie te escuchó. Curiosamente, el adivino de la novela se llama Laoconte, como el sacerdote troyano que avisó a sus compatriotas de que el caballo que habían dejado los griegos como ofrenda podía ser en realidad una trampa.

Pero éste con una sola o, porque ni siquiera sabe escribir Laocoonte. (Risas)

Precisamente, al Laocoonte original, con doble o, se le atribuye la célebre frase: «Desconfío de los griegos incluso cuando traen regalos», que para el caso del protagonista de Sí importa…, ganador del mayor premio de la historia de la televisión, está muy bien traída. ¿Es la publicación de la novela una reivindicación de las virtudes proféticas de la película?

Como curiosidad: la escena del adivino estaba en el guion original del que parten tanto Concursante como Sí importa…, por lo tanto se escribió en 2005, pero se quedó fuera de la película. La novela, por tanto, no pretende ser ninguna reivindicación de nada, porque la perspectiva moral de la película no era en absoluto mesiánica, sino estrictamente cinematográfica. Me interesaba conseguir un telón de fondo fundamentalmente inédito que permitiera acceder a un mundo sobre el que se sabía muy poco y del que nadie hablaba. Aprendí mucho con las reacciones a la película: me di cuenta de que la razón principal por la que era imposible atender a su fondo residía en que ni siquiera teníamos el vocabulario ni el contexto necesarios para poder hacerlo, de modo que tanto quien la detestaba como a quien le fascinaba la colocaba en cajones de lo más extraños, convirtiéndola o bien en una sátira capitalista o en una exaltación comunista, o en un ataque al dinero, temas de los que ni la película ni la novela hablan en absoluto y conceptos que, propiamente, ni siquiera se tratan. Pero tendemos a meter las cosas en aquellos cajones prefigurados que más se parecen al objeto nuevo al que nos enfrentamos. A veces encajan mejor, otras veces hay que apretar mucho, arrancar flecos, cortar; y cerrar el cajón entre cuatro, empujando con fuerza, que es lo que sucedió, quizá, con aquella película. Más tarde, Concursante fue saludada como una especie de anticipación adivinatoria de lo que iba a suceder después, pero, personalmente, no intentaba ejercitar el oficio de sibila. En absoluto. Simplemente seguí los puntos que había trazado gente más inteligente que yo, y al conectarlos, se configuraba una recta que parecía dirigirse hacia lo matemáticamente inevitable; a lo que sucedió; al colapso del sistema.

¿Sientes que Concursante no fue suficientemente valorada?

En absoluto. No tengo ningún trauma por el comportamiento de la película. Se ha convertido, eso sí, en una película de culto, que es como se llama a las películas que no ha visto nadie. (Risas) Y las razones por las que no tuvo éxito son muy naturales: era, para empezar, mi primera película y nadie sabía de mí ni de ella. Además, no hubo una estrategia de promoción ideal, ya que no había dinero para hacerlo ni la película tenía, para un vendedor tradicional, valores comerciales evidentes. De modo que lo que le pasó era, seguramente, lo inevitable. La película, sin embargo, fue muy útil para mí, no cayó en terreno estéril: crucé la línea que separa el cortometraje del inicio de una carrera y me acercó mucho a Buried: es la película por la que Ryan Reynolds aceptó entrar en el ataúd y la que me acercó, por ejemplo, a mi actual agente en Los Ángeles. Ésta es una carrera de fondo, de largo recorrido: cada paso te conduce al siguiente y no debes considerar ninguno como definitivo ni fiar a cada uno de ellos tu vida entera, sino comprender que forman parte de un camino accidentado.

Rodrigo Cortés entrevista

 

¿Por qué publicar la novela ahora?

No tenía el menor sentido publicar la novela justo después de estrenar Concursante, una película que nadie conocía y que no había tenido ningún éxito. Existía el riesgo, además, de que se percibiera como la novelización a posteriori de una película, aunque, stricto sensu, Sí importa… no lo sea (su primer borrador se concluyó antes del rodaje de la película). La novelización de una película de éxito tiene al menos sentido como ejercicio cínico, pero la novelización de una película que no ha visto nadie sería… (risas) la objetivación de lo inútil. Sin embargo, el editor de A las 3 son las 2, Fabio de la Flor, sabiendo de su existencia, quiso leerla, y su reacción, para mí inesperada, propició su publicación, porque yo, francamente, la tenía acumulando polvo en un cajón y no tenía ninguna intención de devolverla a la vida.

«Reescribir es quitar», sostienes en A las 3 son las 2 (p. 36). ¿Cuánto hay de reescritura en Sí importa… respecto a la primera versión del guion de Concursante?

Hubo un trabajo profundo de expurgación, pulido y reescritura; no se ha publicado, como es natural, tal como fue escrita inicialmente. Pero, por primera vez en mi vida, ni yo mismo tenía claro lo que tenía entre manos hasta que se publicó, hasta que comencé a percibirla a través de los ojos de otros, porque mi cabeza estaba tan contaminada por la propia película, a la que dediqué tanto tiempo, por las reacciones que suscitó, que cada vez que me enfrentaba a Sí importa… ni siquiera era capaz de valorarla como literatura, sino como un período de mi prescindible historia.

Curiosamente, al igual que muchos de tus cortometrajes, el tono de tus libros es satírico, en contraste con la gravedad de las últimas películas en las que te has implicado.

Mis cortos, en realidad, siempre han explorado la comedia. 15 días tiene un gran componente satírico: un hombre vive de forma profesional de la Teletienda, devolviendo antes de quince días todo aquello que compra para que le devuelvan el dinero. O Yul, la historia de un idiota objetivo incapaz de sintonizar con la frecuencia a la que emite el planeta. O incluso esas pequeñas piezas que hice para el NoTodoFilmFest, como Por activa y por pasiva (2013), en la que un grupo de niños se expresa con la modélica vacuidad de cualquier contertulio. Para mí, el humor siempre ha respondido a una cuestión de mirada, muy relacionado con el drama en su vertiente más cruel. Siempre consideré que Buried era una comedia escrita por Kafka, al menos en términos estructurales. Pero es verdad que, con la excepción de Concursante, que tiene más humor, aunque muy negro, mis películas hasta ahora han explorado el terreno del thriller, la tensión, incluso la angustia. Siempre he sentido, por otro lado, que humor y angustia son caras de la misma moneda. Conviene observar la realidad con cierta distancia, o, idealmente, con cierta altura, para evitar una implicación absoluta con lo observado y verlo, de esta forma, con más neutralidad. Y sobre todo, no juzgar, no atribuirle significado a las cosas de forma inmediata. La comedia permite esa mirada.


Cortometraje 15 días, de Rodrigo Cortés (2000)

 

Kafka no sólo resuena en Sí importa… y en Concursante, también lo hace en Buried y en Luces rojas. ¿Es Kafka la mejor metáfora de nuestro tiempo o al menos de tu visión del mundo?

«Kafka anticipó nuestro mundo, o simplemente las cosas no han evolucionado»

Lo que uno absorbe en su adolescencia en gran medida lo conforma para siempre, a veces a su pesar. Si bien Kafka es esa puerta que luego te lleva a Bruno Schulz y luego a Walser, el origen, y desde luego mi origen como lector, está en Kafka, un autor que me obsesionó durante mucho tiempo, con el que sentí una afinidad muy inquietante y al que no podía evitar leer en blanco y negro. Aún me sucede. Mi segundo cortometraje en Súper-8 se llamaba Siete escenas de la vida de un insecto y estaba basado en La metamorfosis de Kafka. Pero esa visión del entorno inclemente que convierte al hombre en un títere sin que uno sienta particular conmiseración por él, ya que en cierta medida lo considera responsable del circo cruel al que se ve arrojado, tiene mucho que ver con nuestro mundo, como si Kafka lo hubiera anticipado o como si sencillamente las cosas no hubieran evolucionado en absoluto, lo cual es mucho más probable.

En prácticamente todas tus historias, el protagonista al final alcanza la lucidez.

«Por algún motivo inconsciente, cada cosa que he hecho trata sobre el despertar»

Creo que, por algún motivo inconsciente, cada cosa que he hecho trata sobre el despertar: sobre una programación adquirida que impide a los personajes ser ellos mismos y los hace responder a un plan que no han escrito. Y de cómo de repente son zarandeados de forma inclemente y cruel por la vida hasta obligarles a liberarse de esa programación a la fuerza y a encontrarse a sí mismos, a menudo demasiado tarde. (Risas) Admito que hay poco optimismo en esta visión, aunque la mía es fundamentalmente optimista y cree profundamente en el ser, en la oportunidad individual, mientras que el avance general o social es una causa perdida hace mucho tiempo. Nunca he intentado expresarme de forma literal a través de mis personajes, sino que mi pretendida visión se filtre, por resonancia, de forma menos categórica, más general.

¿Crees que la lucidez es la meta del arte?

«En el verdadero arte se transmite conocimiento»

Si hablamos de la función del arte, asumiendo por anticipado que se me escapa el alcance de su significado, siempre he pensado que, cuando es verdadero, es capaz de transmitir información concreta que no se aprehende de manera racional e intelectual, sino con otros volantes, ofreciendo una interpretación única que el cuerpo entiende bien, aunque en los debates posteriores pueda crearse la apariencia de disensión. Así que creo que hay mucho más en él que recreo estético. Creo que en el verdadero arte se transmite conocimiento.

Tú eres un reconocido estilista y además buscas en cada obra sacudir las conciencias con un discurso estructurado y poderoso, de lo contrario no estaríamos aquí hablando sobre filosofía y metafísica. ¿Son ambos aspectos del arte fondo y forma igualmente importantes?

«A través de la tesis el autor transmite lo que cree; a través del estilo, lo que es»

No sólo tienen la misma importancia, sino que creo que con su fusión se define el estilo. Y lo que define a un creador, por encima de cualquier otra cosa, es su estilo, que no debemos confundir con la envoltura, con la apariencia. Creo que, a través de la pretendida tesis de su obra, el autor transmite lo que cree –que es, en la práctica, irrelevante−, mientras que a través de su estilo transmite lo que es. Pensemos en una película como JFK (Oliver Stone, 1991), para no hablar de Miguel Ángel y Leonardo y bajar a la tierra: a cualquier espectador puede afectarle para siempre a través de su estilo. La tesis (es decir: que detrás de la muerte de Kennedy estaba un clan mafioso cubano) es irrelevante. Y de hecho nadie la recuerda. Pero hay algo que su estilo consigue transmitir al espectador, algo más elemental e importante: que nada es lo que parece, que siempre hay una versión oficial que oculta la realidad, que el mundo se mueve cuando alguien tira de un hilo cuyo origen siempre será desconocido… Eso no lo expresa, al menos no de forma eficiente, la tesis de la película, lo expresa su montaje implacable, su cambio de iluminación y tratamiento del color, el modo en que hace sentir al espectador su formato de crónica y reportaje, la emocionalidad incontrovertible que crea la manipulación formal de los datos…, y todo eso impresiona al público como no lo haría una redacción ensayística impecable. Cuando, por poner un ejemplo muy diferente, uno ve The Grandmaster (Wong Kar-Wai, 2013), entiende que puede ser afectado por la película en términos estrictamente sensoriales. Si la viera en chino, sin entender nada, habría −es incuestionable− información que se perdería y, sin embargo, una enorme cantidad de ella se filtra a través de su piel, de su mirada, de sus huesos, de sus músculos, de sus oídos. Wong Kar-Wai logra afectar al espectador a través, una vez más, del estilo. Digamos que es el arma que usa el creador, consciente o inconscientemente, para codificar el conocimiento profundo que posee de las cosas, que no tiene nada que ver con la información que tenga.

¿El arte llega entonces a través de la emoción, de lo sensorial, de nuestras reacciones psíquicas y fisiológicas básicas?

Desde luego. A través de la emoción. Incluso cuando uno ve una película tan aparentemente fría e intelectual como 2001: Una odisea en el espacio (1968), se da cuenta de que le está afectando en términos emocionales y que está ignorando, porque no le son útiles, los racionales. Está teniendo que hacer uso de músculos que generalmente no mueve, y eso siempre es interesante. Hay autores para los que son tan importantes las preguntas como las respuestas, si no más, y, aunque no te lleven a ningún lugar concreto −que es lo que uno, sin querer, demanda−, te obligan a hacer un viaje, te obligan a hacer los deberes. Y eso es importante.

Siempre he pensado que la música es el canal artístico más perfecto, o al menos el más inmediato, porque toca nuestra esencia como ningún otro.

Es seguramente el que de forma más inmediata logra afectarnos emocionalmente, el más capaz de provocar emociones directas y profundas y hacer vibrar el cuerpo en frecuencias concretas.

Rodrigo Cortés entrevista
Rodrigo Cortés da indicaciones a Robert de Niro durante el rodaje de Luces rojas (2012)

 

Todas tus historias son eminentemente subjetivas, es decir: predomina la perspectiva del protagonista sobre las demás. ¿Es esencial el conócete a ti mismo, tal como rezaba el frontón a la entrada del templo de Apolo en Delfos?

Nunca he tratado de que una elección temática respondiera a determinadas premisas, pero a la vez es inevitable que la obra de cualquier creador acabe pareciéndose al creador mismo. No soy particularmente consciente de las razones que animan mis actos, y menos en mi trabajo, pero con el tiempo he acabado aceptando que siento una atracción particular por las historias con un punto de vista sólido, único y unívoco. No sé muy bien por qué. Me entusiasma Robert Altman, que hace exactamente lo contrario. Me gusta mucho lo coral en las películas de Paul Thomas Anderson o de Berlanga. Pero por alguna razón, al menos hasta la fecha −no tengo precisamente un corpus inabarcable−, he acabado recalando en historias que se han convertido en gran medida en experiencias y que lanzan al lector y al espectador al cerebro en fuga de un personaje que se ve sometido a fuerzas superiores a él. Creo que, en el caso del cine, tiene que ver con que me interesa mucho, como cineasta, la fisicidad, si tal palabra existe, de las cosas. Me gusta afectar físicamente al espectador, hacerle sentir la angustia, o la falta de oxígeno, o la alegría, o la esperanza, o la oscuridad, o el sudor. De modo que salga de la sala afectado de forma específica, que la película no le salga completamente gratis, que, le guste o no le guste, la película pase por él. El subjetivismo de la primera persona lo convierte en actor, no espectador, de una experiencia. Ignoro, insisto, por qué me interesa esto, y trato, además, de no reflexionar demasiado en ello por si la luz le da más de la cuenta y la magia se desvanece.

Mientras hablabas, se me venían a la mente conceptos como mímesis, catarsis, sacramento. ¿Es tu intención configurar ritos iniciáticos con tus obras?

Sólo puedo decir que los que has mencionado son temas que forman parte mis intereses y obsesiones, de mi mirada de las cosas, así que parece inevitable que lo que a uno le constituye acabe formando también parte de aquello a través de lo cual se expresa.

Rodrigo Cortés entrevista

 

«Sí importa el modo en que un hombre se hunde». Esta frase aparece tanto en Sí importa… como en A las 3 son las 2 (p. 23). Me recuerda al centinela de Pompeya que permaneció en su puesto durante la erupción del Vesubio. ¿Es la dignidad −y no la esperanza− lo último que debemos perder?

Es una bonita reflexión. Hay algo de eso detrás de la novela, porque ni siquiera muestra una visión tranquilizadora, no dice que siempre hay una posibilidad de salir con bien de las cosas, sino que, incluso cuando todas las opciones son malas −como sucede cuando una lengua de lava es más rápida que tú−, incluso entonces hay una elección posible. Incluso hundirse es algo que podemos hacer o no de la forma correcta.

Sin embargo, ante la llegada inminente del río de lava, muchos intentos de hacer acopio de dignidad suelen malograrse, desembocando en el patetismo, y éste es una clave principal del humor que tú cultivas.

Entre otras cosas porque no veo gran diferencia entre la gravedad, la solemnidad y el patetismo. Tengo la impresión de que la verdadera seriedad tiene que ser alegre, que la ubicación real y responsable de uno mismo en el mundo tiene que ser alegre, y que incluso cuando uno sabe que todo se desmorona, la responsabilidad individual pasa por aceptar sujetar las riendas mientras tanto y, en cierta medida, celebrarlo. Cuando la visión de las cosas, por negras que sean, se hace grave y solemne, es casi indistinguible del patetismo: implica una falta de humor que sólo engrandece la propia imagen. Hasta el ridículo.

Dices en A las 3 son las 2: «Vivir no es durar» (p. 31). Ortega y Gasset afirmaba que: «El valor supremo de la vida como el valor de la moneda está en gastarla está en perderla a tiempo y con gracia». ¿No hay ética sin estética?

Volveríamos al estilo. El otro día escribía en Twitter: «El problema no es la ética: es la sintaxis», que sería otra manera de formularlo. No hay ética sin estética si consideramos la segunda como algo que va más allá de lo estrictamente formal o de la falsa apariencia. Y al igual que la información no es conocimiento, la vida no es tiempo. Es qué haces con el tiempo. Nunca es importante lo que te sucede, sino qué haces con lo que te sucede. Sin desvelar el final de la novela, yo no diría que Martín triunfe en ningún aspecto, ni siquiera en el personal. Tengo la impresión de que tiene una vocación gozosamente proactiva hacia el sueño, y que incluso cuando la vida lo despierta a golpes él hace lo posible por dormirse cuanto antes, algo que también se ve en Luces rojas: incluso cuando Tom, el personaje que interpreta Cillian Murphy, no tiene más remedio que enfrentarse a sí mismo convertido en una masa sanguinolenta, da la impresión de que, a la mañana siguiente, hará de nuevo lo imposible por enterrar cuanto es.

Rodrigo Cortés entrevista
El presonaje de Ryan Murphy sale al fin de la crisálida en Luces rojas (2012)

 

En la última página de la novela hay, literalmente, aplausos. ¿No podemos sustraernos de la presencia del público en nuestras vidas?

Creo que tiene que ver −y sólo pienso en esto ahora que me lo preguntas− con la percepción personal que tengo de la vida como un circo en el que, además, se diluyen y confunden verdad y ficción. En 15 días trataba de establecer que todo es mentira, que el cine también lo es, como lo es la pretendida realidad, y que pocas cosas hay más mentirosas y manipuladoras, menos inocentes, que un documental que asegura estar libre de pecado. 15 días introduce instrucciones como «¡Corten!» o «¡Acción!» en el propio montaje, devolviendo al espectador la conciencia de lo que ve, para, de inmediato, seguir adelante como si nada, sin afectar en absoluto la atención del público. Como autor, puedes convertir cualquier drama en una pequeña representación en la que todo concluye al cerrarse telón, y donde incluso la muerte patética de un personaje merece un aplauso final.

La palabra «circo» ha salido ya en muchas ocasiones a la palestra en esta entrevista. Hagamos asociación de ideas: «Martín Circo Martín», nombre capicúa del protagonista de Concursante y Sí importa…

Muy sutil, ¿verdad? (Risas)

Sigamos con las asociaciones. En un momento dado, en la novela se dice: «Nos abren la cabeza y juegan con nuestro cerebro, introduciendo en él información falsa, alterando las conexiones y rellenando los huecos con entradas para el circo» (p. 151). Y en A las 3 son las 2: «¿A vosotros, cuando vais al circo, os pasa también que no vais?» (p. 59). (Risas) ¿Eterno retorno? ¿Nihilismo? ¿Es esta entrevista también una entrada para el circo? ¿El espectáculo debe siempre continuar, bajo cualquier circunstancia?

Es sólo mi perspectiva sobre las cosas, y es una perspectiva poco relevante. A menudo se habla de la vida como un teatro, pero siempre me ha parecido más interesante verla como un circo, tomar aún más distancia y comprender que carece de la solemnidad que antes mencionábamos, que se trata de un espectáculo eminentemente cómico. Es difícil mirarse al espejo y no ver la nariz roja, la peluca desmañada, la cara pintada de blanco. Es difícil contemplarse con la más elemental honestidad y no romper a reír ante el espectáculo desesperado con que uno trata de engañarse a sí mismo mientras espera a que comience a sonar la banda y dignifique, al menos, la situación.

[Aplausos]

Javier Redondo Jordán

Rodrigo Cortés entrevista

 

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One Response to “Rodrigo Cortés: «La culpa es un arma de destrucción masiva»”

  1. María José Deán
    11 November 2015 at 14:23 #

    Me he quedado sin palabras. Sencillamente, espectacular.