8:47 am - martes noviembre 19, 2019

Escribo, luego vuelo

Written by | 16/05/2019 | Comentarios desactivados en Escribo, luego vuelo

 
Literatura y novela

En la casa de verano de mi editor hay un enorme jardín que comparte con un par de zorros y con un millón de mosquitos. A las dos de la mañana, cuando apagamos las bombillas, se enciende de repente el firmamento. Resulta angustioso levantar la cabeza y hacerte minúsculo entre tantas estrellas. Es necesario, para sacudirnos nuestra pequeñez, encontrar algo que nos trascienda. Eso (para mí) es la literatura.

Definiremos la novela como una serie de puntos en un mismo plano. Da igual cómo se mueva esta línea (como una culebra, como una onda, como un buscapié) pero es imprescindible que avance ciegamente hacia su destino y que se rija siempre por la política de la tierra quemada.

Hagamos una lista con todas aquellas cosas que nos restan libertad. Paremos de escribir en el momento en que el bolígrafo se nos queda sin tinta. La novela es la llave que nos suelta los grilletes. No teníamos claro si seríamos capaces de caminar con esas heridas en los tobillos. Luego nos damos cuenta de que era un pensamiento absurdo. No nos hace falta caminar. Escribo, luego vuelo.

 
La rutina

Son las ocho y media de la tarde (aquí, de la noche) y la cafetería cierra todos los días a las ocho. Llevo media hora (cuatro, desde que llegué) escribiendo en un rincón oscuro, mientras los camareros terminan de recoger las bandejas, de limpiar el suelo, de contar los billetes de la caja y de poner las sillas encima de las mesas, excepto de la mía. Kamila, la encargada, se acerca hacia mí con una expresión amigable (hasta donde un checo puede tener una expresión amigable) y me dice que ya debo salir a la calle porque se disponen a encender la alarma del local. Guardo mis papeles en el bolsillo del abrigo y camino hacia la puerta. Tengo que agacharme para pasar por debajo del cierre metálico. Es una situación que se repite cinco días a la semana, invariablemente, durante los años que ando con una novela entre manos.

 
La documentación

Debo documentarme sobre mí mismo. La primera idea es solamente el síntoma más pequeño de una enfermedad mayor. Mi labor de documentación consiste en tirar del nervio hasta llegar a esa infección que está llenando de pus todas las oquedades del alma. Estaré más cerca del diagnóstico cuantos más textos estrujados (esa suerte de venda manchada de betadine) contenga mi papelera. Los capítulos muertos en mis manos y los personajes abortados en los primeros meses de gestación serán la evidencia de que voy por el buen camino. La experiencia dice que deben pasar largos meses de desaliento hasta que se produzca la deflagración que ilumina el mundo interior y vea claramente el origen del mal, que es, también, la palanca de arranque de la máquina creadora. Todas las fuerzas de la novela, entonces, se confabulan para hacer frente a la infección. La medicina es amarga y la terapia duele y salgo exhausto de cada una de las sesiones. Pongo el punto y final en el momento en que se me doblan las rodillas y me desplomo en el suelo, completamente curado.

 
Los personajes

En una isla olvidada, en medio del mar del Norte, la NASA ha instalado una antena gigante para escuchar el vertiginoso silencio del universo. Cabe la esperanza de que un día se detecte la voz de auxilio de una remota civilización o la respuesta de una remota civilización a nuestro grito de auxilio. De la misma forma (aunque [afortunadamente] con más probabilidad de éxito) el autor se va rodeando de sus personajes. Van apareciendo y desapareciendo como las luces de un árbol de Navidad. También son voces que susurran detrás de ti y que no están cuando te das la vuelta. A veces, mientras duermes, respiran a tu lado y se esfuman cuando despiertas porque son criaturas que pertenecen al bestiario de las sombras y todavía quedan muchos meses para que se dejen iluminar con tu resplandor y años enteros para que se pongan delante de tu objetivo  y sonrían a la posteridad.

No debemos forzar a los personajes. Mostrarán su fidelidad (si quieren) acompañándome allá adonde vaya y (después) invitándome a traspasar esas mil puertas que me alejan de lo cotidiano y me aíslan del ruido y del olor de lo banal. No es que yo, durante el proceso creativo, esté pensando en otra cosa, sino que yo, durante el proceso creativo, no estoy: he atravesado el largo puente que lleva a la orilla de la magia y lo he atravesado lleno de terror porque sé que esa magia no sale de la varita de un hada, sino de las agujas del vudú, de los huesos humanos del palero o de las vísceras calientes de una bestia moribunda.

No saldré ileso de la aventura. El precio de esos 1500 días de viaje a mi centro de la tierra será el estupor ante el abismo y la pérdida del ideal, el hollín del tiempo en el blanco de los ojos y un trozo de hielo en la palma de la mano que fue un helado de fresa y antes de eso, la felicidad. A cambio, habré hecho literatura, la única arena en la que la muerte hunde sus patas de caña y se ve obligada a caminar más despacio.

 
La realidad y la ficción

Más allá de la novela habita la gran mentira de la existencia. Dos caminos opuestos, prolongados hasta el infinito, fatalmente en el infinito se encuentran. Cuando hablo de la virtud, estoy hablando del pecado y viceversa. Puedo decir lo contrario de lo que estoy diciendo e igualmente seguirá siendo verdad. Yo, como el de Ítaca, me ato al mástil de la literatura y escucho los gritos del desconsuelo sin correr el riesgo de unirme al coro.

 
La estructura

Me arrodillo en la tierra y escarbo un agujero. Los dedos deben quedarse sin uñas y debe saltar a la cara la húmeda peste del aire subterráneo. En ningún caso habrá que ahorrar en cimientos. Elegiremos un material a prueba de termitas y de terremotos. Afianzamos el esqueleto de un edificio que aspira a permanecer en la memoria de los nietos de mis bisnietos.

He aprendido a resignarme. No hay máquinas que me liberen del trabajo y las líneas del mapa no llegan adonde llega mi imaginación. Martillo en mano y clavos en la boca. Esas serán mis condiciones laborales.

Levantaré la casa tan alto como pueda. La idea es romper el paisaje urbano y tender una sombra helada al resto de edificios. Admiración u odio. Y que nadie elija mi calle para poner un cajero. Nada más.

Consideramos la decoración como el arte del fingimiento y nosotros no tenemos nada que esconder. Paredes sin cuadros, ventanas sin cortinas, habitaciones sin puertas. Veréis que no hay muebles. Dormiremos en el suelo. No encontraremos biodramina para el vértigo al vacío. Puede que nadie quiera venir a visitarnos. Esta casa no quiere huéspedes. Quiere monjes de clausura.

 
La crítica

Hace frío en la ciudad. Entro en una cafetería y pido un café con leche. En la mesa de al lado hay una pareja que a veces se ríe y que a veces discute. Su murmullo me acompaña hasta que termino el café y salgo del local.

David Llorente

 

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