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España a la vuelta (II): Madrid

Written by | 11/09/2008 | Comentarios desactivados en España a la vuelta (II): Madrid

Llego a Madrid y me encuentro la casa sola, envuelta en un silencio sepulcral. Mi habitación está tal como la dejé, los objetos cubiertos con una finísima capa de polvo y un olor familiar encerrado en el tiempo, la esencia de lo que uno fue escapándose por la puerta entreabierta. Dejo caer la mochila al suelo y, aliviado por deshacerme de su peso sobre los hombros, me doy de bruces, tras un mes de ausencia, con la desoladora certeza de no saber qué hacer en mi propia casa.

Nunca había reparado en lo desnudas que resultan las paredes blancas. Sentado sobre la cama, mirando a mi alrededor, la habitación me devuelve ecos vacíos. Entonces recuerdo que llevo dos noches sin dormir en una cama, y ahora que la tengo tan cerca apenas me siento cansado. Es más, la calle me llama. Necesito salir a dar una vuelta. Supongo que será por la inercia de los viajes. Es cierto: sucede algo extraño durante estos periplos a los que se lanza uno. Se llega en ellos a un punto en el que no se siente agotamiento, sino que la fatiga es asimilada por el cuerpo como un estado normal y éste termina sometiéndose, sin apenas quejarse, a las órdenes de la mente. Más bien al contrario, el organismo, durante estos viajes, se ve extrañamente imbuido de una energía extraordinaria e irreal. Será que hay barcos que sólo navegan bien a la deriva.

De modo que el síndrome de abstinencia acciona los resortes oportunos para hacerme levantar de la cama y de un salto ganar la puerta. En menos de un minuto estoy en pleno centro de Madrid, aspirando con fruición el aire turbio de la ciudad.

Como está cuesta abajo, me dejo caer hasta la Puerta del Sol, como siempre. Allí me encuentro, también como suele ocurrir, el panal de muchedumbre de los fines de semana. Parece como si no existiera otro sitio adonde ir un domingo, y todo Madrid se concentra entre Callao, la Gran Vía y el reloj. Esta vez, sin embargo, desde la lejanía observo que la caterva no está en movimiento, no hormiguea como acostumbra, lo cual me intriga. Me acerco a la plaza y compruebo con espanto que hay una carrera de maratón ―organizada, según sabría más tarde, por una entidad internacional en quince países simultáneamente― que corta Madrid por la mitad, desde la calle Atocha hasta perderse en el horizonte de la calle Mayor. Genial, ahora no puedo cruzar hasta el centro. Imposible rodear la carrera sin adentrarme en la M-30. Durante unos minutos espero a pie de acera, por ver si se aclara un poco el chorreo de corredores y puede uno cruzar la calle, pero basta con que uno se lo proponga para que el caudal maratoniano se adense. Los momentos se eternizan, las sombras se alargan y afluyen en mi mente ideas de derrota, de volver a casa con el mono entre las piernas, todo por no ser capaz de atravesar una maldita corriente humana.

Recuerdo entonces la entrada de metro que queda a escasos metros de donde estoy, y en un arrebato de desesperación y españolía ―después de todo fuimos nosotros quienes hicimos de la picaresca un género literario― baja uno las escaleras, se interna en las tripas del asfalto saltándose el torno, mientras se justifica ante sí mismo que lo hace porque le están negando sus libertades más fundamentales. Tampoco necesita uno tanta moralina para colarse en el metro, la verdad. Busco la salida por Preciados, vuelvo a traspasar los tornos, veo la luz menguante del exterior, giro la vista y me consuela confirmar que la riada queda ya detrás de mí.

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