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Fotografiando la Transición (I)

Written by | 07/09/2013 | Comentarios desactivados en Fotografiando la Transición (I)

pueblos blancos encalados

Había estado trabajando casi toda la noche y a las siete de la mañana tan sólo tenía en el cuerpo dos horas de sueño. Me despierta la campanilla del despertador, que acompañada de la voz ligeramente alterada de la vecina, acaba de espantar mi sopor. Me llaman desde Algodonales, mi pueblo materno: «Ha muerto mamá». Erguida, como una espingarda, a los noventa abriles. Me visto como un sonámbulo, abandonando Madrid a lomos de mi rampante Ducati de 125cc., agradeciendo a mi profesión como fotoperiodista en Diario 16 el derecho a una cuota semanal de gasolina, ya que de lo contrario, habría tenido que viajar en bicicleta.

La sangre, después del viaje largo y cansado, empieza a circular en mis piernas entumecidas. Es Jueves Santo. En señal de duelo, los santos han sido tapados con trapos morados que son desempolvados semanalmente por las beatas. El pábilo de los cirios titila con el fragor del gemido del órgano. Parece una tenia revolviéndose de dolor. El cielo está congestionado de sol. La temperatura de la iglesia ha aumentado y el olor penetrante del incienso y la multitud apiñada me fatiga. El sudor me corre por las mejillas. Me enjugo el cráneo con un pañuelo que instantáneamente borra el efecto perlado de las gotas de sudor en mi frente. Luzco camisa a rayas con cuello y puños blancos. Corbata demasiado grande, de nudo en exceso pequeño para esta época del año. Zapatos italianos. Y en cuanto al peinado, pelo engominado y hacia atrás como los señoritos andaluces de toda la vida o los macarras de los años veinte. Mamá estaría orgullosa.

Pienso en mamá. En el momento de morir estaba irreconocible, caricatura y sombra de sí misma. Era pálida, menuda, frágil, de ojos espantados y lengua cáustica, huesecillos de gorrión, mujer de físico pluscuamperfecto y de un rubio bermejo digno de Boticelli. Así era cuando aún no tañían a muerto las campanas de la parroquia. Cuando murió, su piel era traslúcida, en ella se insinuaban las venas y la textura secreta de los músculos, mientras la carne se abrazaba con fuerza a la osamenta de aquella viejita.

¿Estaba ya muerta cuando murió? Quizás. A mamá la mató el alcohol y su carácter. Con un temple digno de funámbulo sin red, bailaba el «bugui-bugui» sobre la navaja de kohl de la muerte. No dormía nunca, apenas comía y en los últimos meses se había convertido en un endriago. Deslenguada y procaz, recogía el guante y se encampanaba con cualquiera, incluido el televisor.

El espectáculo era insoportable. No podía hacer nada, y en consecuencia, nada pintaba allí. Así que me fui.

Delante de la puerta parroquial está el coche fúnebre. Brillante y oblongo, hace pensar en una caja de zapatos italianos, impolutos, elegantes y azabachados como la carrocería de aquel Caronte motorizado. A su lado está el empleado de la funeraria, hombrecillo de traje ridículo y aspecto timorato e irrisorio. Hombre de orejas colgantes y mal bordeadas, cuyo color rojo sangre refulgía sobre una macilenta fisonomía adornada con una barba cerdosa y florida. Comprendo que es Maruzen. Mientras mesa su barba me pregunta: «¿Es su madre la que va ahí?». A lo que respondí: «Sí». «¿Era vieja?». Contesté: «Noventa años». Enseguida se calla. Subimos juntos al vehículo y emprendemos rumbo al velatorio. En un momento dado pasamos por una parte del camino que ha sido arreglada recientemente. El fango negro, la carne brillante y viscosa de la herida abierta del alquitrán zarandea el vehículo y a la zaga el ataúd, que silencioso se resitúa.

Fuera, el ambiente está henchido de polen y fragancia, hace ya tiempo que resuena el canto de los insectos y el crujir de la hierba. Paladeo el sabor salobre en la boca, el olor a mar en mi nariz y la humedad. Algodonales es un pueblecito gaditano, de callejuelas estrechas repletas de casas solariegas de cegadora blancura. Los ancianos, atolondrados con la calorina, se amontonan en las calles mirando fijamente, con la barbilla apoyada en el dorso de las manos callosas y acaso temblorosas aferradas al bastón, el tránsito fúnebre del cortejo que rompe la quietud y monotonía de la serranía andaluza, donde aún parece que no ha llegado la faldicorta y advenediza democracia. Percibo cierto nerviosismo en la mirada petrificada de los vecinos. Cada vez que un pensionista muere, los otros padecen un insoportable desasosiego durante dos o tres días.

Ya en el velorio atravesamos un patio donde había muchos ancianos, charlando en pequeños grupos. Callaban a nuestro paso. Y reanudaban con presteza las conversaciones detrás de nosotros. Un sordo parloteo de cotorras. Inclinan la cabeza con modestia, los labios sumidos en la boca desdentada, sin que sepa a punto fijo si se trata de un tic o de un disimulado saludo. Su piel tiene surcos y su voz asperezas. Los cordones del vestido ciñen la cintura de las mujeres resaltando aún más sus abultados vientres y las oleadas de calor me encrespan la sangre. Los hombres son flaquísimos, su tez es de un moreno empolvado y arcilloso. Sus ojos, brillantes como escarabajillos diminutos, son solamente un resplandor incrustado en un nidal de arrugas. Todos lloran con minúsculos jipidos y pucheros, regulares, como pareciendo que no se detendrán jamás.

En la puerta de aquel pequeño edificio, Maruzen me abandona: «Le dejo a usted, señor Pecourt. Estoy a su disposición en mi despacho. En principio, el sepelio está fijado para las doce de la mañana. Hemos pensado que así podrá usted velar a la difunta».

Le doy las gracias. Avanzo casi de puntillas y a paso de felpa, hacia una sala blanqueada a la cal, con techo de vidrio. El resplandor de la luz enceguecedora contra las paredes blancas me fatiga. Tomo asiento frente al féretro cerrado con la tapa, sin hacer crujir la silla. Observo las cubiertas pintadas de nogalina, sobre las que destacan, ufanos y relucientes, los tornillos.

Estoy en trance, ido, con la conciencia alterada por el ayuno. Zigzagueante, va y viene, sube y baja y parpadea: la inspiración. Y es en ese preciso instante cuando paralizo el monólogo interior, huyo del sentimentalismo y, con mirada frontal, sin ambages -de púgil- retrato el cuadro postrero de la muerte. Sí, mi mundo roza la sordidez y el lirismo a partes iguales. Soy un poeta de la imagen. Un fotógrafo. Lo que acabo de retratar me anestesia. Tablón de náufrago y bálsamo de tigre.

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