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Fotografiando la Transición (II)

Written by | 24/09/2013 | Comentarios desactivados en Fotografiando la Transición (II)

alberto garcía alix

«El dolor de la ausencia es insondable. Pero la muerte es cotidiana». Volteo aquella idea, mientras paseo por la playa. Se diluye en mi mente el estruendo del mar y la fotografía obsesiva. Después de todo, pienso, es un poco confuso.

Sentado frente al océano, estrujo la arena allí donde el mar se transforma en tierra movediza, como si fuese tiempo de vendimia y estuviese yo con los dedos pisando uvas. Dejo que el minutero de las olas desgrane el tiempo, mientras un mar rompiente de espuma se desploma con el último reflejo del poniente. Mis manos se entretienen en tironear un descosido de la bragueta y es entonces cuando decido abandonar la orilla.

Una hora después, de vuelta a casa (la de mamá), cuando abría la puerta vidriera, descubrí un ventilador de aspas horizontales colgado del techo del salón que arrullaba el ambiente con su zumbido de colmena hacendosa. Lo apagué. Entonces advierto la presencia de Luisa, que en el entornado de un postigo de la ventana me observa por encima del hombro en la luna del armario, a hurtadillas, en un gesto entre divertido y asombrado.

Luisa y yo nos conocimos en el verano de 1960. Era yo charlatán empedernido y empedernido jugador de póquer. Fundíamos la noche de claro en claro, conversando como posesos. Ella atendía, con los ojos desmesuradamente abiertos como bocas voraces, a mis disertaciones sobre el amor, la justicia, la belleza, la fotografía… ¡Luisa adoraba la fotografía! Momentos así, que se repetían noche tras noche, valen por una vida.

La recuerdo joven, de insinuación burlona, cabellos finos, castaños y escarolados que serpenteaban en el aire, con el macuto en bandolera y varias cámaras fotográficas colgadas al cuello, manos pequeñas y pálidas, la nariz y los pómulos mechados por una constelación de pecas. Solía vestir sucias faldas agitanadas y blusas que inflamaban su tela y entreveraban sus pechos bamboleantes, como las telas de araña agitadas por la brisa. Cabellos finos, castaños y escarolados que barrían el aire. Pero todo aquello fue tinto de verano, melopea de estío. Se desvaneció enseguida y más pronto que tarde me olvidé de aquella muchachita.

-Hola, César. ¿No me reconoces?

Su voz enredada en humo, casi inaudible, consigue martillar mis sienes. Lo que antes era una exótica alarma, se torna ahora plomizo e insoportable. En estos instantes tan sólo deseo comenzar a cultivar laboriosamente esa soledad pétrea y voluntariosa que suele atribuirse al escritor, pero al parecer éste no es el momento de emprender tan ardua tarea.

Acodada en el alfeizar de mi ventana, medio cuerpo sobre la encimera de la caótica cocina, inmóvil, como una cariátide de piedra que sostuviera con su frente un capitel, me observa mientras preparo el frugal almuerzo. Entonces repara en una papelera rebosante de estrujados folios mecanografiados y empieza a preguntarme: «¿Qué son esos papeles?» «¿Ahora eres escritor?» «Podrías explicarme algo y así de paso me entero de tu emocionante pasado. Me servirá para el reportaje…»

Redactora ocasional y nada vehemente en la revista gráfica que dirigía su madre –ex esposa del señor Maruzen, el de la funeraria-, me expuso el desganado propósito de hacerme una serie de entrevistas para un reportaje que, según dijo, había cobrado hacía ya cuatro meses. Nadie espera con excitación una sesuda crónica sobre mi vida y mi más que sucinta obra debido a la escasa ambición profesional de mi vieja amiga.

Estoy seguro de que Luisa desconoce el odio visceral que tengo a ese tipo de conversaciones megalómanas. Hablar de mí es lo que más me aburre en este mundo.

Le pongo al corriente de estas y otras cuestiones, mientras le muestro el resto de la casa. De fondo el bramido del mar, coplero enronquecido.

El viejo domicilio de los Pecourt sigue igual, tan abandonado como siempre, menguado y acomplejado entre los nuevos y ciclópeos bloques de apartamentos. La fachada de aquella antigua casa de pescadores se había cuarteado como la tierra en un terremoto.

No hay tabiques en la planta inferior. Se trata de una casa acondicionada para el veraneo, con una galería encristalada al fondo del comedor, por la que se filtra un halo de luz escarlata de aliento salobre y yodado, que roza con suavidad las mejillas al transitar el pasillo. Casa solariega con gruesas paredes de piedra y adobe, encaladas y un descuidado jardín trasero, que comunica con la cocina. Al abrir la puerta del comedor, la insoportable ardentía te golpea como un bofetón indoloro, como el sulfuroso aliento del dragón.

Cierro la puerta apaciguando el ambiente y es en ese mismo instante cuando siento cómo los labios de Luisa buscan mi cuello. Se deslizan suavemente como boas relucientes, casi resbalan. Los vientos gruñones y vespertinos agitan la cristalera del comedor, mientras mordisquea mi oreja. La dulzura de aquella mujer de azúcar y acero da paso a un frenesí descomunal y apoteósico.

Así, la arrojo sobre la mesa, que parece una cacharrería, donde se agolpan los objetos más peregrinos: calcomanías, huchas de barro, matasuegras, plumieres, canicas de piedra y cristal. Esta intensidad incomparable da al traste con el Gran Bazar de Estambul. Empiezo a desnudarla hasta descubrir un sujetador de seda anaranjada, hinchado por la inconmensurable robustez de los senos. Ella misma se arranca la prenda mientras la muerdo ávidamente, aprisionando sus pezones entre mis fauces decididamente feroces.

Ya en el piso de arriba, agarro su cabeza con ambas manos, la trasteo y la atraigo hacia mi erección, obligándola a recibirla en pleno rostro. Ella intenta desasirse, cierra obstinadamente la boca, huyendo del embite de mi miura. Le taladro la boca a una velocidad cada vez mayor hasta que siente el sabor resbaladizo y el olor penetrante del esperma arrojado. Así descorcho mi orgasmo, sin que Luisa haya sido capaz de atisbar el suyo.

Se levanta sin decir nada y se encamina de nuevo a la salida, cruzando el escenario de la humillación. Escucha una voz que le pregunta por qué se va y qué ha sucedido entre ellos, a lo que se limita a responder que se verán en Madrid si se tercia la ocasión. Procura no ser oída por el resto del vecindario, cuyos ojos imaginaba fijos en ella. Sentí un brusco ramalazo de compasión por Luisa.

Fotografía de Alberto García Alix

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