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Francisco Umbral y Mario Vargas Llosa: crónica de un encuentro anunciado

Written by | 03/03/2020 | Comentarios desactivados en Francisco Umbral y Mario Vargas Llosa: crónica de un encuentro anunciado

 
El 2020 no solo parece ser la conjunción numérica perfecta, sino también un hito histórico-literario, a raíz del Premio Francisco Umbral concedido a Mario Vargas Llosa, por Tiempos recios. El galardón otorgado por la Fundación Francisco Umbral al mejor libro del 2019, representa otro nexo más entre dos autores-planetas que orbitaban en galaxias paralelas interconectadas por ciertos puntos cardinales en el cosmos vital. Lo mismo que las dos cifras semejantes del peculiar año bisiesto, este acontecimiento se alza como la crónica de un encuentro anunciado y el vínculo entre los dos continentes.

Para mí, este hecho sin precedentes corona, una vez más, la inevitable interrelación entre ambos, como demuestro en el ensayo comparativo que intenta ser el puente entre dos aparentes islas, ancladas sobre las mismas aguas literarias: Arquetipos femeninos: Francisco Umbral  y Vargas Llosa. Obras y vidas paralelas (Dalya, 2019). En el libro se evidencian las múltiples conexiones bio-bibliográficas y arquetípicas, así como, la “complicada dialéctica amor-odio” y la secreta influencia bidireccional, ejercida el uno sobre el otro, confirmada por la propia voz del Premio Nobel en la entrevista que sostuvimos. La infancia/niñez/adolescencia es la fuerza motora que les impulsa a reinventar el microcosmos que los marcó a los dos, como hijos que padecieron la ausencia paterna, el desarraigo y las dictaduras. Los orígenes de la cosmología arquetípica que anida en ellos, nace de la “devoción/obsesión por lo femenino”, a partir de la madre, como eje del paraíso, entre otras figuras femeninas relevantes del árbol genealógico de sus libros.

El edificio que totaliza sus vidas/obras como novelistas, ensayistas y periodistas se sostiene no solo en la genialidad y abundancia de sus producciones, sino en los cuadros femeninos que, de un modo u otro, delinean la historia española, hispanoamericana y universal. Similar a las figuras femeninas de Toulouse, Renoir, Munch, El Bosco o Picasso, Gauguin, en sus textos encontramos los trazos más profundos y los distintos matices aglutinantes de la mujer de todas las edades, etapas y perfiles. Sus holográficos libros parecen proyectar todos los lados femeninos en 3D. En sus mundos novelados, todo es posible e imposible: la hoja de la verdad crece en el tronco de la mentira; las mujeres se polinizan unas a otras como las flores; reinan y desvarían las tías/abuelas ubicuas; se enferman, mueren y se mitifican las madres/tías; desde el enjambre de tías/primas se enamora a los sobrinos, se marchitan las muchachas en la flor de la soltería. Sin embargo, la niña-mujer permanece intacta en el huerto de sus narrativas, como la fruta más deseada, igual que Thérèse de Balthús, nombre coincidente de sus primeras novias y figura representativa de sus obras.

Aunque La llamada de la tribu (2018) fue un anticipo de acercamiento a Las palabras de la tribu de Francisco Umbral, también fue la respuesta para esclarecer sus concepciones y filiaciones políticas e intelectuales, de los pensadores liberales que esculpieron sus pensamientos, entre los que Ortega y Gasset marca otro punto de encuentro entre ambos. Al fin y al cabo, como buenos discípulos, los dos coinciden en proyectar las influencias de sus maestros, prioritariamente franceses, que determinaron el rumbo literario, intelectual o ideológico: Flaubert, Proust, Sartre, Camus, Víctor Hugo, Malraux, Dumas, Verne, aparte de otros tantos. En suma, dos abejas más del inmenso panal de la literatura que han libado la miel de sus modelos y con ella han creado su propio panal. Dos “pasajeros de la eternidad” literaria.

Tiempos recios es la pieza que completa el trípode de novelas sobre el poder, la violencia, la conspiración, la traición, la tiranía, abordadas en Conversación en la catedral y en La fiesta del chivo. Se une al caudaloso río temático de la dictadura que atraviesa las fronteras del tiempo y del espacio, la ficción y no ficción. En estas corrientes noveladas se enfrentan la vida y la muerte, el amor y el odio, la fidelidad e infidelidad, lo evidente y lo oculto, lo cierto e incierto, la razón y la sinrazón hasta sobrepasar los límites de lo factible.  Resulta llamativo que la historia se inicie con el paralelismo entre Edward Bernays y Sam Zemurray, “las dos personas más influyentes en el destino de Guatemala”. Dos personajes antagónicos “por su origen, temperamento y vocación” que, sin embargo, coinciden en ser hijos de inmigrantes judíos, cuyos destinos se unen para “formar un buen equipo”. Esta comparación es una suerte de vaticinio que anuncia el acoplamiento de sus nombres, a través del premio.

Como en sus otras novelas, los arquetipos femeninos de relieve se complementan en Tiempos recios: madre/hija, amante/esposa, niña/mujer. Una de las protagonistas centrales es Marta que, coincide en ciertos rasgos, con la prima Marta umbraliana, cuyo perfil aglutina varios arquetipos: tía/prima, amante/tía, novia/viuda de los militares en El fulgor de África y en otros libros. Marta/Martita vargasllosiana, llamada Miss Guatemala es el nudo que ata casi todos los hilos del argumento, a través de sus varias fases. Además de amante de Castillo Armas y Johnny Abbes, en su ADN se perciben las características de Hortensia, conocida como la Musa de Conversación en la Catedral, la coquetería y audacia de la niña mala y el coraje de la Retaquita, periodista de Cinco Esquinas, novela que retrata la manipulación de la prensa amarilla durante la dictadura fujimorista.

En Tiempos recios desenmascara las distintas caras del ser humano y, sobre todo, las máscaras del poder, a modo de las novelas umbralianas de la dictadura franquista Leyenda del Cesar visionario y Madrid 1940. La clave de la conquista narrativa de Vargas Llosa está en “mentir con conocimiento de causa”, al recopilar, desvelar, tejer, armar, tallar, afinar y pulir la verdad. Una especie de Sherezade de inagotable creatividad, que salva la realidad, a través de las mentiras de la ficción, a pulso del auténtico novelista que hace y rehace las vidas de uno y mil modos, empujado por sus recónditos demonios.

Igual que Borges en Everything and nothing, Mario recuerda: “Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare y entre las formas de mi sueño estabas tú, que como yo eres muchos y nadie”. En realidad, él es un ciudadano universal, en cuya vida confluyen muchas vidas que, aunque reales parecen salidas de la ficción. A punto de cumplir 84 años, su novela Tiempos recios es un campanazo al tiempo que demuestra que la edad no es ningún impedimento para embarcarse en nuevas aventuras. Para él, no son tiempos recios, sino todo lo contrario, es tiempo de cosechar lo sembrado, con disciplina y arduo trabajo. Como para Umbral, toda su obra “es un botín múltiple”.

Por ello, este premio es la celebración de llegada a la meta, después de la larga competencia intertextual y vital que ambos han jugado en el tablero de la escritura como defensores de la libertad. Los dos representan las dos caras del mismo mundo literario de España y Perú. Sin duda, este encuentro marcará una nueva etapa de mutuo reconocimiento y sellará la firma del tratado de concordia, en favor de la literatura. Me pregunto, ¿qué diría Francisco Umbral al saber que su premio ha recaído en su homólogo, ganador también en la competencia por la vida? Seguro que lo suscribiría, como confirmó el Nobel, aunque quizás plasmaría el insólito hecho reescribiendo otras Memorias de un hijo del siglo sobre Vargas Llosa, a quien Umbral admiró como ensayista, cronista e intelectual.

Ana Godoy Cossío
Doctora en Literatura Hispanoamericana
Universidad Complutense de Madrid

 

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