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‘Gregor Samsa’, de David Llorente: el espectador ante el espejo

Written by | 19/10/2018 | Comentarios desactivados en ‘Gregor Samsa’, de David Llorente: el espectador ante el espejo

 

Uno piensa que la buena literatura acaba de cocerse en el horno de la poesía. Creemos que la palabra que rebasa su significado, que reconstruye el mundo y que arroja luz a las sombras que oscurecen al ser humano, es la cota más alta de la creación.

Pero el teatro es el único género literario que vulnera el texto escrito, que se descose por sus propias puntadas y que salpica de agua limpia los cristales mugrientos de la vida real. Las mañanas de ensayo tienen un color y un ritmo especiales, como si le hubieran puesto palas al sol y el ruido del tráfico sonara desde el fondo de una gramola, pero nunca me había parado a preguntarme por qué. Imaginaos que vuelco un libro y que toda la ficción que hay en sus páginas se cayera encima de la mesa. Eso es lo que sucede con el teatro: La magia se hace carne.

La historia de Gregor Samsa comienza mucho antes de que salga a escena el primero de los personajes. Mi imaginé una chica que tuvo que soportar el doble impacto del abandono de la madre y la muerte de la hermana, que extendía los brazos hacia ella y le pedía que la sujetara a la vida mientras se hundía para siempre en lo oscuro. Seguí pensando en esta chica y me di cuenta de que ese doble golpe le causó esas dos heridas que se infectan mutuamente: el odio y la soledad.

Supuse que todas las tardes, cuando las sombras se extienden por las paredes y se hace fuerte el virus de la melancolía, la chica se acerca a la estantería, coge La metamorfosis y se sienta a leer la historia de un hombre que se convierte en un insecto y que sufre el desprecio y la violencia de su familia y me pregunté con quién se identificaría ella, con el escarabajo o con la fuerza aplastadora. Y a qué le inspiraría, a buscar compañía o a hacerse con una víctima propicia con la que ejecutar el tormento del desquite.

El teatro es un cepo. El público corre detrás de un trozo de queso y acaba (debe acabar) aplastado por un hierro que no le deja respirar. Por eso los actores se ponen tan nerviosos y tienen tantos rituales y acarician tantos amuletos antes de salir al escenario, porque saben que, en la batalla que comienza al tercer timbrazo, ellos encarnan la crueldad del ejército invasor y todo lo que no sea una masacre, será una derrota.

** Las butacas del teatro deberían estar reforzadas con planchas de acero porque no solamente deben soportar el peso del espectador, sino el de todas las certezas equivocadas y el de todos los prejuicios que acarrea encima de sus hombros. A nadie le asombra que una deformidad física haga metástasis en el alma y transforme al hombre enfermo en una bestia amenazante, de manera que el insulto, el maltrato y la violación formen parte de su identidad. Nos parece bien que el monstruo busque el subsuelo y se pudra allí abajo porque es allí abajo donde lo queremos tener. A veces nos da pena con la misma condescendencia con la que nos da pena el mendigo que pide en la acera de enfrente.

La chica no representa lo contrario que el monstruo. La chica no es ni la luz ni la belleza ni la bondad. La chica encarna lo más terrible de la obra: la normalidad. Y el espectador, que se cree normal (cuando, en realidad, está normalizado) corre a identificarse con el personaje de Misa. Al espectador no le importa (ni oye siquiera) que la chica sea una criatura traumatizada por una doble pérdida ni que se ría del monstruo cuando le dice que «pensaba que te habías ido» ni que le pregunte si «los monstruos coméis plátanos o eso son los monos» ni que le diga que no le ve la chepa (enorme como una torre) ni que imite su mueca torcida y su manera renqueante de moverse. El espectador ya ha tomado partido por Misa y cuando se da cuenta de que es una criatura taimada que busca la sumisión del otro mediante la estrategia de observar y pelear al contraataque, ya es demasiado tarde y descubre que ha sido engañado, o mejor, desenmascarado. Por eso, cuando termina la función, muchos espectadores se quejaban de que no existía un motivo que justificara el giro hacia la maldad del personaje femenino, cuando, en realidad, no existe tal giro y lo único que desea el espectador (atrapado en el cepo) es una explicación que reconstruya las certezas que se le acaban de desmoronar y de esa manera, como todas las noches, irse a la cama con la conciencia tranquila, pensando: «El mal está fuera y siempre hay un factor que lo desencadena». Muchos espectadores me preguntaban: «Entonces, ¿quién es el monstruo?» Y a mí se me quedaba en la punta de la lengua una respuesta becqueriana: «¿Y tú me lo preguntas?…»

Y de esa manera hemos intentado que el teatro cumpla con la terrible función que le fue encomendada: Ser el dedo que sale del escenario y que señala directamente al espectador para decirle lo siguiente: «La obra no habla de dos seres horribles que pugnan por destruirse. La obra (hablando de eso) habla de ti y, durante un segundo, quizá menos, te has dado cuenta y has sentido un escalofrío».

David Llorente

 

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