9:58 am - martes noviembre 19, 2019

India (XXIII): El templo prohibido

Written by | 25/05/2007 | Comentarios desactivados en India (XXIII): El templo prohibido

Un par de días después me ocurriría una de las experiencias más fascinantes de todo el viaje. Sucedió que, en nuestros paseos por la ciudad —no sólo de ghats vive el visitante de Benarés—, seguimos el rastro de un famoso templo prohibido, el Templo Dorado Vishwanath, ubicado en el corazón del oscuro laberinto de callejuelas, mercados, casas y tabernas donde la huella de cualquier turista se pierde entre sus meandros como si nunca hubiera existido. Seguir un plano en la India resulta tarea casi imposible, puede uno orientarse únicamente por la forma de la calles, ya que éstas no tienen nombre, y por el sol, para no perder el norte; a eso se añade que en aquellas callejuelas, que son altas y terriblemente angostas, apenas penetren los rayos del sol, y, encima, para mayor desorientación si cabe, los planos de las calles son incompletos, imprecisos, si no abiertamente falsos, de modo que el plano termina flotando en cualquier charco de orines o en el buche de una vaca, alguna utilidad tenía que tener.

Decidí confiar en mi instinto, que pocas veces me juega malas pasadas, y hacer camino al andar. Más de una vez tuvimos que dar la vuelta porque una vaca de proporciones colosales, y con cuernos en proporción a su tamaño, ocupaba todo lo ancho de algún callejón. Nos sentíamos vigilados vagando por aquellas callejas. Desde la penumbra del otro lado de las ventanas entreabiertas, sentía miradas clavarse en mi coronilla. Sentados en el zaguán o apoyados de pie en las paredes, los indios nos observaban como debe de observarse a un extraterrestre que se presentase sin previo aviso en la puerta de nuestra casa. Reconocimos estar cerca del mercado incluso antes de llegar, por la algarabía que oíamos latir en aquella dirección. El mercado es el único lugar donde se pueden ver mujeres jóvenes, ese género tan raro que está prácticamente desaparecido en la India pública. Sólo van de su casa al mercado. Las mujeres desaparecen de escena cuando se casan, cosa que suelen hacerlo a edad muy temprana, y no vuelven a asomar la tikka tras el umbral de la casa de su marido hasta que no han doblado el otoño de su vida.

El mercado estaba atestado de gente, como sólo puede estarlo un mercado indio. Un buscavidas que por allí rondaba nos cazó nada más aparecer nosotros bajo los tenderetes. Era un hombre de mediana edad, curtido en la calle, los surcos de su cara eran testigos acusadores. Acertó a la primera: efectivamente, buscábamos el Templo Dorado. Él se ofrecía a llevarnos hasta allí. Los extranjeros sólo pueden entrar en el patio circundante, en el templo no, ¿lo sabéis?, nos avisó. No hay problema, le contesté, sólo queremos curiosear. Tampoco se pueden meter mochilas ni móviles, insistió, tendréis que dejarlas en consigna. Tú llévanos, le espeté, y ya veremos.

Nos condujo, esquivando a la muchedumbre como si fuese una serpiente, por aquel dédalo de infinitas esquinas sin seguir una dirección concreta, sino que unas veces nuestro guía improvisado se dirigía hacia el oeste, otras hacia el este, sin un orden cierto. Finalmente, desembocamos tras él en una calle perpendicular algo más ancha, abarrotada de gente, frente a una puerta sobria y sin pretensión alguna, que habría pasado desapercibida al ojo profano de no haber sido por el detector de metales que cubría su umbral. Varios guardas de seguridad ceñudos, armados con fusiles y cubiertos con chalecos antibalas del color del camuflaje, flanqueaban la puerta.

Tal como veis, la seguridad es cosa muy seria en el Templo Dorado, nos explicó el guía, no sería la primera vez que nuestros vecinos nos ponen un buen petardo aquí, donde más duele. A José le cambió el semblante. Recordad que no podéis introducir mochilas ni móviles, añadió, y que sólo tenéis posibilidad de entrar en el patio. ¿Qué vais a hacer entonces, eh? —El guía nos miraba con una sonrisa burlona—. Yo conozco la tienda de un primo mío que está aquí cerca, donde se puede ver el templo desde una segunda planta, desde allí… No, le corté, mientras sacaba cincuenta rupias de la cartera para él, puedes irte, muchas gracias. Siguió insistiendo durante un rato, mientras yo reconocía el terreno para una posible y más que probable incursión en el templo prohibido, pero al final, en vista de que no le hacíamos ni caso, se aburrió y se marchó en busca de otras presas.

Era cierto: cada persona que cruzaba la puerta lo hacía a través del detector de metales, y además era cacheada de arriba abajo. La posibilidad de un atentado justo en ese momento era plausible, y el temor a que en verdad se produjera, palpable. Miré a José. ¿Vas a entrar?, le pregunté. Él adujo que un templo prohibido no le despertaba demasiado interés. Posición respetable. Yo avisté el interior del patio al otro lado de la puerta, suspiré, muchos pensamientos se me vinieron a la mente, y recordé que la fortuna es sólo para los audaces. Me descolgué entonces el bolso de mano y se lo entregué a José. También le di el móvil, me descalcé y me puse en la cola, con el pasaporte entre los dientes, casi tan desnudo como Diógenes, entre la caterva de indios.

Javier Redondo Jordán

Lea el final de la historia en En el interior del templo prohibido

Más artículos del autor en www.viajeroenlaindia.com


Artículos relacionados

  • Llego a Madrid y me encuentro la casa sola, envuelta en un silencio sepulcral. Mi habitación está tal como la dejé, los objetos cubiertos con una finísima capa de polvo y un olor familiar encerrado en el tiempo, la esencia de lo que uno fue escapándose por la puerta entreabierta. Dejo caer la mochila al…
    Tags: la, de, en, el, se
  • El cielo amenazaba lluvia, y cumplió. Me desperté en aquella cama que no era la mía, en aquella habitación tan vacía de mí, bajo aquel techo desconocido, con el repiqueteo de las gotas de lluvia sobre el alféizar de la ventana. Vaya día de playa, pensé. Ese día, como casi todos los días que llevo…
    Tags: de, en, la, el, se
  • El sueño fue reparador. Después de algo más de treinta y seis horas sin probar una cama, uno se deja caer sobre el lecho, sea cual sea, como si fuese entre mullidos algodonales celestiales. Las chicas creo que se ducharon, pero para entonces ya había yo fundido en negro sin remisión. Sonó la alarma del…
    Tags: de, la, el, en, se
Filed in: Viajero en la India, Viajes

Comments are closed.