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India (XXIV): En el interior del templo prohibido

Written by | 16/06/2007 | Comentarios desactivados en India (XXIV): En el interior del templo prohibido


Patio circundante del Templo Dorado

Cuando atravesé la puerta el detector ni se inmutó. Un guardia, no obstante, extrañado, me cacheó para comprobar que mis bolsillos estaban, tal como indicaba el cacharro, vacíos. A uno siempre se le pone un poco cara de culpable cuando un policía le palpa los costados. Acto seguido, ya libre del peso de la culpa, me adentré en el patio del Templo Dorado con el espíritu ligero, casi volátil por la mezcla de estímulos que se respiraba en el aire. Se sentía uno como el niño travieso que es consciente de que va a hacer una buena trastada. Iba a intentar colarme en un templo prohibido, vedado para todo aquél que no profesara la fe hindú, una muralla espiritual contra extranjeros. A todo eso se añadía, y aún bullía en mi cabeza, aquella noticia que, al poco de llegar nosotros a la India, había caído como una losa sobre los periódicos de todo el país, de que las autoridades religiosas de Puri, en el este de la India, habían destruido comida preparada como ofrenda para los dioses por valor de un millón de rupias —más de 17.000 euros— al considerarla impura [sic], porque en el templo Jagannath, también prohibido, había entrado un turista extranjero. Transcurridas algunas semanas yo también correría mis propias aventuras en el templo de Puri, pero ésa es otra historia y será contada en otra ocasión.

Desde la entrada al patio circundante podían verse los reflejos dorados que el sol arrancaba de la bóveda del templo. Los ojos se me iban de un lado a otro. Intentaba imprimir en la película de la memoria cada detalle, por mínimo que fuese, de aquel mundo desconocido que se abría ante mí. El patio no era tal, sino que se trataba de un pasillo angosto que conducía a las distintas puertas de entrada al templo central. Todo el espacio, de dimensiones muy reducidas, se veía salpicado por la muchedumbre que iba y venía, empujándole a uno de un lado a otro. Sentadas con la espalda apoyada en las paredes, vendedoras de ofrendas para el culto religioso que se producía intramuros voceaban cadenas florales, pinturas vegetales y frascos de leche y arroz mientras me abría camino hacia una de las puertas de entrada al templo.

Aquel templo dorado de Vishwanath, además de encontrarse en Benarés, la capital espiritual de la India, y en la orilla occidental del Ganges, el río más sagrado para la religión hindú, es también el templo más sagrado de la ciudad. Estas tres condiciones hacen que, para millones de hindúes, sea uno de los mayores y más eminentes centros de la fe, y también por ello prohibido a los profanos. Si por algo es importante el Templo Dorado es, sin duda, por albergar en su interior el llamado Jyotirlinga (templo) de Shiva, integrado en el conjunto de templos dedicados a otras deidades del panteón hinduista, que se considera como uno de los templos más santos de la India. Éste, a su vez, encierra entre sus paredes uno de los lingams (falos) de Shiva más venerados del país. Se cree que un simple vistazo del jyotirlinga es una experiencia de pura catarsis para el alma del creyente, que transforma su vida, poniéndola en el camino del conocimiento y de la bhakti (dedicación). Tanto es así que un solo darshan (visión) de este jyotirlinga se considera más valioso que el de cualquier otro jyotirlinga de la India.

Por todo esto, que sabía uno de antemano, era inevitable no sentir la travesura como una experiencia estimulante y rayana en lo criminal. Llegué al umbral de una de las entradas al templo. Otro control. Me miraron con desconfianza. Yo procuraba poner gesto adusto, como de indio. Tantas semanas bajo el sol de la India habían dotado a mi rostro de un aspecto atezado, y junto con la barba de casi un mes y mis ropajes indios debía de parecer ante los guardas un ejemplar cuando menos extraño, aunque no menos que otros de similar ralea que floreaban entre la feligresía. Me registraron de arriba abajo y supongo que finalmente me darían el beneficio de la duda, si no es que no se comprende cómo logré cruzar el umbral del segundo control. Accedí a una sala pequeña donde había sentados más guardas y civiles que no habrían podido salvar los controles. Apostada a la salida de la sala una mujer policía me esperaba para volver a cachearme. Cuando pasé a su lado, franqueando el último obstáculo para alcanzar el interior del templo prohibido, me interrogó con la mirada. Una mirada que me había desenmascarado, pero que tal vez me juzgara inofensivo.

A partir de ese momento los recuerdos son confusos, acaso por la desorientación al ser engullido por las muchedumbres. Pero cuando lo racional se anula los estímulos prevalecen, y eso es lo que me queda de todo aquello. Recuerdo con nitidez mis pies mojados y el suelo anegado alfombrado de flores de las ofrendas. Los sacerdotes limpiaban el suelo con mangueras y arrastraban las flores hacia las paredes del templo, donde yacían exangües. Recuerdo también el interior del templo, a cielo abierto, más pequeño de lo que en un primer momento pudiera parecer dada su importancia. Era de piedra, separado en templetes, de los que sobresalían, como apéndices, colas caóticas de infinidad de personas en busca de bendición.

Me coloqué en la cola más numerosa, la que se internaba en el templo central, el Jyotirlinga de Shiva. La atmósfera era sofocante, con el sol del mediodía sobre nuestras cabezas y la cola retorciéndose como una serpiente entre los vaivenes de la inercia. A eso se añadía los efluvios somnolientos de inciensos, sudor, mugre y flores que exudaban las tripas del templo. Supongo que la línea que separa el éxtasis del aturdimiento producido por el ambiente religioso ha de ser muy delgada. Había más guardas en la puerta del templete, aunque ya uno, a tales alturas, no tenía miedo de ser descubierto. Fue justo en ese momento cuando me delaté. Un sacerdote me bañó los calcetines blancos con la manguera y se acercó con el gesto burlón, señalándome los pies. Yo me encogí de hombros, no sabía que me regarían los pies antes de entrar en el templo, aunque era preferible a andar descalzo por donde lo hacen millones de indios cada día y llevarme en las plantas una buena población de hongos. El sacerdote me preguntó de dónde era, le contesté y pareció darse por satisfecho. Se marchó con su manguera sacudiendo la cabeza, quizá se jactaba de mi insensatez: entrar en un templo con calcetines, a quién se le ocurre, son estúpidos estos turistas.

Siempre bajo la mirada vigilante de los guardas armados, mezclados entre la caterva para controlar al personal exaltado, accedí al templo de Shiva. Lo que allí vi me resultó tan sugestivo que apenas pude moverme, tan honda fue la impresión que dejó en mí la visión de hombres y mujeres enloquecidos, llorando, aullando por abrirse camino a pie, a gatas o a rastras hacia una de las esquinas del habitáculo, que no pasaría de los cinco metros cuadrados, donde se encontraba sentado un anciano de largas barbas blancas frente a una pila circular excavada en el suelo, llena de un líquido blanquecino cuajado de flores, del que emergía, trágica y solemne, una gran piedra negra, brillante y aovada. Aquello era el gran lingam de Shiva. Los fieles, presos de una locura que no les impedía reparar en los cuerpos que pisoteaban para alcanzar la roca negra, vertían bruscamente sus ofrendas de dinero, leche, arroz y flores, mientras otros pugnaban por tocar la piedra o lamerla. A cada uno el viejo sacerdote, que permanecía en todo momento impasible, le bendecía y le apuntaba la frente con la tikka ceremonial, dando por finalizado el rito de paso, nunca mejor dicho. A continuación, un guarda sacaba con rapidez arrastrando al feligrés si éste no lo hacía voluntariamente. Petrificado como estaba ante aquel pandemónium que en realidad estaba ocurriendo a tan sólo un metro escaso de donde me hallaba, no acerté a reaccionar hasta que alguien me empujó y caí de rodillas frente al anciano. Saqué un billete de diez rupias y éste me hizo la señal de la tikka en el Ajna, el chakra del tercer ojo. No me demoré allí, de modo que no me echaron a patadas, sino que me aparté hacia la esquina opuesta del templo y allí me quedé, observando aquel espectáculo patético al que la religión y la superchería puede rebajar al ser humano, a qué extremos puede hacernos llegar el fervor religioso. Sin duda, aquélla fue la manifestación de exaltación mística más apabullante que jamás hubiera contemplado. En todo mi viaje por la India no volvería a ver nada parecido.

Un vigilante me descubrió allí pasmado y me ordenó que saliera. Obedecí, caminando a ciegas, con los pies calados, aturdido por lo que acababa de presenciar. Sólo quería salir de allí. Aún me pregunto cómo logré encontrar la salida.

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