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India (XXVIII): La mirada de la pobreza

Written by | 03/04/2008 | Comentarios desactivados en India (XXVIII): La mirada de la pobreza

Para cuando quise darme cuenta, el corazón de la India profunda me había engullido. Fue de improviso, de repente me vi en una callejuela sucia y angosta que ascendía en pendiente suave. La estrechez de la calle proyectaba una sombra balsámica, y el sol, que momentos antes pesaba como una losa sobre la cerviz, se escudaba oblicuo tras las fachadas. Entonces reparé en la gente. Hombres, mujeres, ancianos y niños nos observaban pasmados, expectantes, como si no hubieran visto a un occidental en su vida.

El olor me llegó como un derechazo en las narices. Era un hedor acre, sofocante, corrosivo, abrumador, que parecía adherirse a la piel y cegar los sentidos. Olía a inciensos, a putrefacción, a orines y aguas fecales, todo sincopado en una mezcla inmunda. No pude reprimir una mueca de repugnancia. Aquella emanación pestilente a todas luces provenía de los fluidos que humedecían y compactaban la tierra, y que se unían en un fino cauce en el centro de la calzada, fluyendo calle abajo, como un arroyuelo de aguas oscuras e irisadas.

Aquélla fue la primera vez que supe con certeza que habíamos errado el camino. Jamás un hombre blanco había pisado aquel lugar, eran las palabras que se traducían de los rostros que nos escrutaban. Todas las viviendas parecían chabolas hechas de adobe a punto de derrumbarse, las fachadas rociadas de podredumbre. Enjambres de moscas lo inundaban todo. Basura y despojos de toda índole invadían las calles. Las vacas pastaban inmundicia de las esquinas y a los perros, alimentados de excrementos de vaca, les tenía el cuerpo carcomido la sarna. Era una visión desoladora.

Envueltos en semblantes enjutos, tallados a cincel por penurias y necesidades, los ojos pétreos de aquellas personas, que miraban sin recato alguno, estudiaban nuestros movimientos. Quizá se cuestionaran nuestras intenciones, tal vez se preguntaran por el motivo que nos habría conducido hasta allí. Podría ser incluso que no pensaran en nada, que sus pensamientos yacieran congelados en simas tan profundas como sus miradas. No hay mirada capaz de desarmarle a uno el alma como la mirada de la pobreza. Es una mirada de una severidad terrible, animada por reproches silenciosos que atruenan los oídos de la conciencia. Una mirada reseca y enrojecida que te sostiene la tuya sin pudor, una mirada corroída por las moscas que no parpadea ante tu presencia, que no te esquiva los ojos, una mirada con un matiz desafiante y carente por completo de temor, porque nada tiene que perder quien lo ha perdido todo, o quien nunca lo tuvo.

Uno no había venido a la India a ver pobreza, a comprobar de primera mano que las imágenes de los documentales de televisión eran fidedignas, que se correspondían con la realidad; tampoco pretendía evitarla, sino que esperaba que la vida, con sus luces y sus sombras, le saliera a uno al encuentro. Y si bien esperaba este encuentro en todo momento, no significaba que no pudieran turbarme ciertas escenas. Nadie sale incólume de un enfrentamiento con la realidad a ras de suelo, lejos de la altura de las torres de marfil, hormigón y cristal.

Y lo cierto era que yo no sabía qué hacía en aquel lugar, perdido en medio ninguna parte. ¿Turismo? Me horrorizaba pensar que me tomaran por turista. Había llegado hasta ese pueblo por equivocación, me había extraviado, en modo alguno pretendía introducirme en sus vidas como un estúpido turista que, carente de respeto, pasea entre la pobreza que le rodea como quien visita un parque temático o, peor todavía, un zoológico. Al turista todo le parece curioso y quizá llegue a compadecerse desde su posición acomodada; luego echa la foto y se va tan contento. Para alguien como uno, su propia presencia allí, sin objeto, era bochornosa. No se trataba de que aquella escena infecta me provocara rechazo, al menos no se trataba de un rechazo de procedencia externa, sino que nacía en el seno de la propia conciencia. No te puedes entrometer en la vida de otros si no existe una razón de peso para hacerlo. Merodear, contemplar a estos hombres y mujeres en su pobreza, como a través del cristal de un escaparate, sin que sus penalidades nos influyan, sin que nos traspasen la piel, es denigrante, para ellos y, tanto más, para uno mismo. Entraban ganas de salir corriendo, huir de sus miradas acusadoras.

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PD: La fotografía de las niñas que campea sobre el texto no se hizo en la aldea a la que se refiere éste, pero el espíritu que la alienta es idéntico al que se respiraba en aquel lugar. Comprenderá el lector que no sacara la cámara fotográfica allí.

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