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India (XXIX): El museo de sueños

Written by | 07/04/2008 | Comentarios desactivados en India (XXIX): El museo de sueños

A Joan Manuel Gisbert,
escritor de sueños inmortales,
por alimentar mis fantasías infantiles.

El chico, Kajal, nos esperaba a la salida. Nos condujo hacia otra casa, a la que accedimos con la consabida patente de corso. Aquélla no recordaba demasiado a las otras viviendas que albergaban havelis (frescos) en sus patios, era oscura, de techos muy bajos, como la casa del viejo pintor de sedas. Tampoco había ventanas, y la disposición de las habitaciones, que atravesábamos pisándole los talones a Kajal, era tan laberíntica que pronto perdí la orientación en la oscuridad casi total. Aquello empezó a olerme a chamusquina, pero no había vuelta atrás, sabía que no podría encontrar el camino de vuelta. Sólo quedaba seguir a cierta distancia el rumor de pasos de Kajal, que se movía como un gato entre las sombras.

Bajamos lo que se me antojaron unos escalones y penetramos en un sótano en penumbra repleto de estantes polvorientos. De un golpe de vista me percaté de que contenían infinidad de objetos de gran antigüedad, piezas viejas de hierro, cobre y bronce que parecían sacadas de un museo o de la tumba de algún maharajá. Una gruesa capa de polvo cubría documentos decimonónicos, libros acartonados por la humedad, vasijas de barro, vajilla de cerámica y metal renegrido, relojes de bolsillo con el cristal velado de rayones que aún funcionaban si se les daba cuerda, relojes de muñeca parados, relojes de cuco, figuritas de dioses de metal, viejos carteles publicitarios de otro tiempo, alfombras de todos los tamaños enrolladas sobre la pared, cofres recubiertos de óxido, lámparas de aceite, botellas, probetas, alambiques, barajas de cartas, piezas de desguace, herramientas, llaves, tuercas, destornilladores, martillos, sierras, cuchillos, puñales, espadas cortas, cimitarras… Aquello parecía el laboratorio de un alquimista, la armería de un sultán o el estudio de un hechicero, acaso todas esas cosas a la vez. Aquel sótano materializaba los sueños de cualquier niño que en verdad lo hubiera sido. No pude evitar emocionarme. Cuántas veces había fantaseado de niño con perderme en una cueva de las maravillas como aquélla, donde poder encontrar cualquier cosa, un lugar que sólo había existido en mi imaginación y en los cuentos de Las mil y una noches. Y ahora lo tenía frente a mí, era real. Si se buscaba con cuidado, tal vez pudiera uno toparse con una lámpara maravillosa que cobijara el sueño de un genio, o empuñar una espada mágica de fuego, o descubrir una pócima de invisibilidad olvidada en un tubo de ensayo, o abrir un cofre lleno de joyas y piedras preciosas, o activar un reloj capaz de detener el tiempo, o pisar sin querer una alfombra que empezara a levitar de repente, haciendo realidad el vuelo de tantas fantasías infantiles.

Aquel sótano me tenía cautivado. Súbitamente, uno volvía a meterse, después de tanto tiempo, en la piel de los héroes que poblaron las fantasías de su infancia, de Aladino frotando la lámpara del genio, de Alí Babá gritando «¡Ábrete, Sésamo!» frente a la cueva de los cuarenta ladrones, del ladrón de Bagdad surcando los cielos sobre la alfombra mágica y los mares a bordo de la nave de Simbad el Marino. No recuerdo cuánto tiempo pasé desempolvando recuerdos, recorriendo con la mirada humedecida sus alfombras mágicas, sus relojes del tiempo, sus cofres del tesoro, sus recipientes alquímicos, sus armas ígneas y sus lámparas maravillosas. Perdí la noción del tiempo, me encontraba en otra época, tan lejos de aquel lugar, hacía tantos años…

Cuando los ojos se acostumbraron a la oscuridad, un hombre emergió de entre las sombras. Era el vendedor de todos aquellos sueños. No dijo nada, simplemente se limitó a observarme, expectante, sentado con los brazos cruzados en un escabel. Al saberme observado, la magia de mis fantasías desapareció como un velo que cae, se evaporó en forma de humo blanco y denso, ése que utilizan los magos para desaparecer. Lo que veía ahora no eran más que chatarra y baratijas. En cualquier vertedero habría trastos viejos más valiosos que aquéllos.

Vi a Kajal a mi lado y le aseguré que no compraría nada, aunque me había gustado aquel lugar. Me dirigí al vendedor y le agradecí su hospitalidad. Se abrió una puerta y la claridad deslumbrante del desierto se adueñó de la estancia, bañando aquel museo de sueños con la refulgente luz del sol, que es cruel con las ilusiones, porque las delata, ridiculizándolas.

Es lo malo de los sueños: cuando se diluyen en el crisol de la realidad, los objetos que los evocaron se marchitan, yacen muertos ante nuestros ojos como cascarones vacíos, carentes del espíritu que los alentó.

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