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India (XXXI): Extracto de Jaisalmer

Written by | 21/04/2008 | Comentarios desactivados en India (XXXI): Extracto de Jaisalmer

Alí nos condujo hacia el fuerte en primer lugar. Nos movimos entre sus callejuelas, entre vacas y perros, tenderetes y capazos de hortalizas y legumbres, inciensos y especias, telas y suvenires, bares y cibercafés para occidentales. Accedimos a los templos jainistas de Chandraprabhu y de Rikhabdev, y pudimos admirar desde su interior las havelis de varias mansiones repartidas por toda la ciudad. Merced al salvoconducto del que disfruta por contratar a un cicerone autóctono, uno puede penetrar en las principales residencias de antiguos mercaderes de fortuna y primeros ministros del colonialismo, tales como la Patwon-ki-Haveli, la Salim Singh-ki-Haveli y la Nathmalji-ki-Haveli. Desde la altura de sus azoteas el viento cálido de las dunas susurra al oído cantos de antaño, lamentos de tiempos heroicos, y se divisa la ciudad de Jaisalmer en todo su esplendor, tal como la vislumbraron los hombres que defendieron sus murallas durante siete largos años de muerte y sitio continuo por las huestes del emperador Ala-ud-din Khilji, como un manto de reflejos dorados de casas de planta cuadrada y materiales exiguos y toscos que se extendiera sobre las arenas de los desiertos infinitos.

De un tiempo a esta parte estaba teniendo problemas con las pilas de mi cámara fotográfica, así que le pregunté a Alí dónde podría hacerme con un cargador. Nos llevó por entre callejones empinados de pavimento sepia y desmenuzado que subían y bajaban hasta la tienda de fotografía de un comerciante que él conocía. Éste, en vista de que andábamos necesitados y seguro de que aquel día haría negocio, activó los ventiladores del techo y nos invitó a sentarnos en su pequeño local a tomar un té mientras se cargaban las pilas con el cargador que le íbamos a comprar. Se disculpó por ausentarse mientras esperábamos a que volviera con los tés. Cuando desapareció, Alí nos confesó que aquél era el comerciante más rico de Jaisalmer. Era muy inteligente, y había utilizado su capacidad para amasar su fortuna. Es el único que tiene tantas cámaras fotográficas digitales y recambios en Jaisalmer, afirmaba Alí.

Se estaba en la gloria allí sentados, al fresco de los ventiladores. A Alí se le veía un muchacho afable, honesto, de sonrisa pura y cristalina. Habida cuenta de la zona fronteriza donde nos encontrábamos, había reparado en que su nombre tenía más de musulmán que de otra cosa, y así se lo remarqué. En efecto, me respondió, profesaba la fe de Mahoma. Tenía veintiséis años, esposa y un niño de tres años, y se ganaba la vida como guía en varios idiomas, además de trabajar cuando le era posible en la tienda de artesanía de su hermano. Le pregunté qué tal se vivía en Jaisalmer, con tantos soldados armados recorriendo calles y carreteras. No había ningún problema, dijo, los militares estaban allí porque existe una base militar localizada en las afueras de la ciudad, cosa comprensible si tenemos en cuenta que Jaisalmer se encuentra a unos escasos cien kilómetros de la frontera con Pakistán.

Siempre ha habido tiranteces políticas entre la India y Pakistán debido en gran parte a hostilidades ancestrales y a la demanda de Pakistán de la zona de Cachemira, estado que pasó a formar parte de la India tras su independencia del Raj británico y que los pakistaníes reclaman como propio, pues lo habitan una mayoría musulmana. El territorio pakistaní actual formaba parte de la India originariamente, pero la independencia india trajo consigo la separación motu proprio de los territorios de Pakistán del Este (hoy Bangladesh) y Pakistán del Oeste (actual Pakistán), ambos de población musulmana mayoritaria, como estados soberanos. El conflicto entre estos dos países ha provocado ya dos guerras por el territorio, en 1965 y 1971, y a punto estuvieron en 1998 de desatar una confrontación nuclear, por no mencionar los cientos de atentados terroristas perpetrados por su causa. Así las cosas, no parece desmesurada la presencia militar, que obedece a la preservación de la seguridad de la población y de la frontera ante posibles ataques del enemigo secular.

También contaba Alí que en Jaisalmer, a pesar de encontrarse tan próxima a Pakistán, no había ningún tipo de fricción social ni religiosa entre hindúes y musulmanes. Como muestra puso el ejemplo del vendedor de aquella tienda de fotografía, que justo en ese momento hacía de nuevo aparición en escena con tres vasitos de té con leche hirviendo: el comerciante era hindú, mientras que el propio Alí era musulmán, y ambos tenían una relación cordial de amistad y respeto mutuo. Y de asociación, hubiera añadido uno, sin maldad, eso sí. En la India nada funciona sin comisiones. Si Alí iba a porcentaje con el vendedor, saldaría aquella jornada con un buen pellizco, porque el cargador de pilas no lo vendía barato. El dinero, como la guerra, engendra extrañas alianzas. Bendito sea el vil metal si es capaz de unir lo que Dios ha separado durante siglos. A esto, el comerciante, como si hubiera escuchado mis pensamientos, sonrió entre dientes y, tras un ademán de brindis, dio un sorbo a su vaso de té que debió dejarle la lengua escaldada.

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