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India (XXX): Ofrendas jainistas

Written by | 11/04/2008 | Comentarios desactivados en India (XXX): Ofrendas jainistas

Antes de partir de Bikaner, Gurupal, nuestro conductor, nos llevó a las afueras de la ciudad a visitar un templo pequeño y solitario. Se trataba de un santuario jainista conocido como templo de Bhandasar.

El jainismo representa en la actualidad una ínfima parte de la feligresía india. Es una religión muy minoritaria, dispersa en núcleos de escasa envergadura sobre territorios aislados al oeste, en el centro y en el sur del subcontinente. Se estiman unos cuatro millones de fieles jainas en todo el país. Estadísticamente, ocupa el séptimo puesto entre las distintas religiones que se profesan en la India en número de devotos, muy por detrás de las más populares: hindúes (a la cual se adhiere casi la totalidad de la población), musulmanes suníes, musulmanes chiíes, cristianos, sijs y budistas.

La fe jainista, heredera y derivada de la hindú, se fundó en el siglo VI a. C. por Mahāvīra, vigesimocuarto Tirthankar (constructor de fuertes). Es una religión ateísta, que no reconoce la autoridad de las sagradas escrituras de los Vedas ni de los brahmines (casta superior india, la correspondiente a los sacerdotes). Para los jainas, el mundo es eterno y no tiene principio. No existe una divinidad personal, y todos los posibles dioses —las almas de los arhat (divinidades humanas), por ejemplo— se agrupan en la Unidad, el Todo, el Absoluto. Sostienen que toda la realidad es vida. El universo está vivo, como una totalidad, y por ello todo ser posee un alma que forma parte de la totalidad. De manera que todos los seres que habitan el universo son dignos de respeto. Para el jainismo, el mayor pecado es causar daño a un ser vivo, por lo que practican la no violencia, el ayuno y la mortificación del propio cuerpo, con la intención última de descargar su alma del peso del karma, quebrar la rueda del samsara y evitar posteriores reencarnaciones.

Éramos los únicos visitantes del recinto en aquel momento. En lo alto de la escalinata de acceso nos esperaba el sacerdote a cargo del templo. Nos saludó efusivamente, tomándonos las manos entre las suyas, con una gran sonrisa de labios afilados que le rajaban la cara. Nos pidió que le siguiéramos al interior del edificio. Los templos jainistas se caracterizan por el abigarramiento y profusión de minúsculos ornamentos en paredes y columnas, y aquél, dedicado al decimotercer Tirthankar, no era una excepción. Nos condujo a través de unas escaleras de caracol hasta su cúspide. Desde allí podía contemplarse una hermosa vista de Bikaner, con el fuerte de Junagarh dominando el horizonte.

He de decir que la amabilidad y el ademán melindroso del sacerdote me sedujo, y al bajar le propuse que me mostrara cómo hacer yo mismo una ofrenda al templo. Sonrió. Entonces me explicó que ellos no veneran a ningún dios, pues carecen de divinidades, sino que elevan sus plegarias a su profeta, fundador de la fe jaimista, Mahāvīra. Encendió una varilla de incienso y me la tendió para que ejecutara el ritual imitando sus movimientos: la mano izquierda sujeta el codo del brazo derecho, que está alzado, mientras la mano derecha describe con la varilla de incienso círculos de humo en el aire en el sentido de las agujas del reloj, nunca al contrario, siguiendo el movimiento de la esvástica.

Desde que el mundo es mundo, y desde que recuerda la Historia, la cruz ha sido el símbolo primigenio mediante el cual los hombres han manifestado su noción de la trascendencia, de la divinidad y de la impermanencia humana en el tiempo. Al igual que la cristiandad tomó la cruz como símbolo de su fe, en la India, desde tiempos inmemoriales, se utiliza el signo de la esvástica, o cruz gamada —cuya significación pervirtió el Tercer Reich en el siglo XX—, para simbolizar los cuatro elementos básicos del universo. Se dice que surgió como un medio primitivo y espontáneo de explicar el movimiento del sol, de ahí las estelas hacia la derecha que nacen de cada uno de los extremos de la cruz. Otros, más escépticos acerca de la visión trascendental en una época tan temprana de la Historia de la Humanidad, sostienen que la esvástica se originó como reflejo del surco que dejaban en la arena los palos de madera que los hombres utilizaban para hacer fuego.

Sea como fuere, terminé mi ofrenda a Mahāvīra depositando la varilla de incienso sobre un cuenco donde reposaban varillas de anteriores plegarias acompañadas de algunos billetes. Miré al sacerdote y éste me devolvió una cabezada sonriente de confirmación, así que me vi en la obligación de dejar allí un billete de cien rupias. Acto seguido nos condujo al recinto más sagrado del templo, que se ocultaba en un hueco en la parte central del santuario, tras una puerta de doble hoja. Abrió la puerta y descubrió una enorme escultura informe de mármol blanco con infinidad de filigranas y miniaturas. El sacerdote me contó que varias veces al día celebraba una ceremonia en la que bañaba la escultura con leche, manteca clarificada, jugo de coco y guirnaldas de flores. Y doy fe de que aquello ocurría como decía, porque en su parte inferior la escultura se veía rodeada de un enorme mortero, también de mármol, que recogía el líquido blancuzco, cuajado de pétalos, sobrante de otras ceremonias.

A la salida nos esperaba Gurupal, que cambió un par de palabras con el sacerdote que no llegué a comprender. Sobre el cobro de su comisión, supongo. De las cien rupias que introduje en aquel cuenco, ¿cuántas le corresponderían a Gurupal?

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