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India (XXXII): Bosquejo de ensayo social

Written by | 07/05/2008 | Comentarios desactivados en India (XXXII): Bosquejo de ensayo social

Durante más de tres mil años, el sistema de castas ha existido en el subcontinente. Se trata de un sistema hereditario de estratificación social en el que las clases sociales se definen por un número de grupos endogámicos conocidos varnas. Las castas se multiplicaron debido a cambios introducidos en la ley brahmánica y a diversidades regionales que establecieron profusas subdivisiones denominadas jāti (familia). Las castas nacen, como todo en la India, de la religión: el hinduismo enseña que los seres humanos fueron creados de las diferentes partes del cuerpo del dios de la creación, Brahma. En función de la parte del cuerpo de Brahma de la que surgió cada hombre se distinguen cuatro castas básicas, que definen su estrato social y la clase de trabajos al que puede dedicarse.

Las cuatro castas principales o varnas, procedentes cada una de ellas de una parte del cuerpo del dios creador, son: los brahmanes (sacerdotes), la casta más alta, nacida de la boca de Brahma; los chatrias (políticos y militares), de los hombros; los vaisias (comerciantes, artesanos, agricultores y ganaderos), a partir de las caderas; y los sudras (esclavos), provenientes de los pies de Brahma. Apartada del sistema de castas, se encuentran los llamados intocables, los parias (dalits), gentes sin casta a quienes se les trata con infinita menor consideración que a los esclavos. Los hindúes consideran a los dalits tan bajos como los excrementos, algo fuera del cuerpo de Brahma.

La fe hinduista promulga la creencia en la reencarnación, por la cual la esencia o alma individual (atman) de cada ser vivo permanece inmutable cuando el cuerpo muere y vuelve a encarnarse en el interior de otro cuerpo cuando éste es concebido. Los actos de cada cual a lo largo de su vida serán juzgados al final de su existencia; si sus acciones han sido nobles, se reencarnará en un ser superior, de lo contrario lo hará en un ser de rango más bajo, incluida la posibilidad de reencarnarse en un animal. El proceso de reencarnaciones, que puede ser eterno, tiene como objetivo romper la rueda del samsara, alcanzar la iluminación, disolver la propia individualidad en la colectividad, unirse al Todo y pasar a formar parte del Uno, de la Luz Divina que emana de Brahma.

Es aquí donde entran en escena el sistema de castas y dos términos esenciales en la vida hindú: karma y dharma. El karma representa el juicio de las almas, y es inapelable e inevitable: cualquier acción realizada en esta existencia tendrá sus consecuencias en las vidas futuras; del mismo modo, la existencia actual de uno es resultado de los actos de vidas anteriores. Producto de nuestro karma, surge el concepto de dharma: el deber ético y religioso con el que cada cual, prefijado por la situación en la que ha nacido, ha de pechar durante toda su vida. De ahí el origen del sistema de castas. Si un hindú cumple correctamente con el dharma que le ha correspondido por nacer en el seno de una determinada casta, en su siguiente reencarnación volverá a ver la luz del sol como miembro de una casta superior.

Dado el determinismo feroz de tales creencias, no es de extrañar que la sociedad hindú se ahogue en su resignación. No existe la posibilidad de medrar, porque hacerlo iría en contra de los preceptos que le corresponde a uno cumplir como miembro de su casta. Debe conformarse uno con ejercer el trabajo que le ha tocado en suerte al nacer y realizarlo lo mejor posible, aun a disgusto, de lo contrario perjudicaría su karma y repercutiría negativamente en su próxima reencarnación. Asimismo, sólo podrá casarse con otro miembro de su casta. Según las sagradas Leyes de Manu, este orden es sagrado y nadie puede aspirar a pasar de una casta a otra en el transcurso de su vida.

A pesar de que algunos dirigentes indios han tratado de abolir el sistema de castas, la sociedad rechaza todo cambio. Religiosidad, tradición, analfabetismo, ruralismo, pobreza, una extensión de más de tres millones de kilómetros cuadrados y casi mil cien millones de habitantes impiden cualquier modificación en un país que en poco se diferencia del que era hace quinientos años. Aunque los miembros de las clases más altas ya no consideran a los pertenecientes a las clases más bajas como impuros, los matrimonios entre castas, aunque no son ilegales, no son reconocidos todavía. El sistema de intocabilidad, sin embargo, fue oficialmente prohibido por la ley, aunque en la práctica no haya sido erradicado por completo debido a la lealtad de clases, sobre todo en las zonas rurales.

Ante un panorama tan desolador, el indianito que viene al mundo no tiene más alternativa que practicar la resignación para la que le han educado, acatar las normas propias de su casta y encomendar su alma a los dioses para que en su próxima vida pueda disfrutar de cierta libertad y felicidad. Al final la pescadilla termina mordiéndose la cola y el círculo vicioso de sistema de castas y espiritualidad se sustenta en la paradoja. ¿Está el sistema de castas cimentado sobre la famosa espiritualidad india? Parece lo más sensato pensar de ese modo, pero ¿no es más cierto que es precisamente la excesiva opresión del sistema de castas lo que conduce al hindú a una espiritualidad exacerbada como mera vía de escape? La promesa de una vida mejor en lugar de mejorar la presente. El conformismo determinista que ata al hindú de pies y manos, que lo ancla en su estatus social y en su condición, le hace sumergirse en la espiritualidad como único consuelo, puestos los ojos en la próxima vida, ya que ésta que le ha tocado vivir es un trámite, un valle de lágrimas hacia la próxima reencarnación, que de seguro será dichosa. Esta obsesiva religiosidad, a su vez, les exime de prestar excesiva atención a los asuntos terrenos, para qué si la bonanza les vendrá dada en su próxima existencia. Así las cosas, ¿cómo puede avanzar un país como la India hacia el futuro?

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