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India (XXXIII): Eklingji

Written by | 28/05/2008 | Comentarios desactivados en India (XXXIII): Eklingji

A unos veinte kilómetros de Udaipur existe un gran complejo de templos de gran antigüedad que sirve de culto a la deidad del viejo estado de Mewar, Eklingji, una de las múltiples representaciones del dios Shiva. La construcción del recinto, que contiene entre sus muros ciento ocho templos, comenzó en el año 971, durante el reinado de la dinastía Sesodia de Mewar. Como curiosidad, en su interior se levanta el único templo de culto de la secta Lakulish en toda la India, con más de mil años de antigüedad.

Este complejo de templos no figura en las guías de viaje. Sólo los conductores como Gurupal saben de su paradero. Fue cruzar el umbral de su puerta principal y respirar el ambiente de solemnidad reinante. Al vernos, un guarda de seguridad se acercó a nosotros y nos lo dejó muy claro: nada de fotografías, la cámara a consigna. Era la primera vez que se nos prohibía tajantemente introducir una cámara fotográfica en un templo, como mucho, en otros, había que pagar una tasa extra por la posibilidad de realizar fotos. Además, no sólo había que entrar sin calzado, sino también sin calcetines. Asombroso. Entrar en un recinto al que también acceden miles de fieles descalzos al día suele dejar el suelo cuajado de suciedad, uno no sabe lo que puede llegar a pisar, así que unos calcetines resultan de gran alivio a la hora de pasar por tales trances. Hasta ese día. O entrabas con los pies desnudos o media vuelta.

Desembarazados ya de cámaras, zapatos y calcetines, caminando sobre flores aplastadas, restos de comida, excrementos de pájaros y ratas y demás inmundicia, la piel nívea de nuestros pies deslumbraba a los ojos y delataba, desafiante, nuestra presencia. Al complejo se accedía a través de un largo pasillo donde una decena de mujeres vendían guirnaldas de flores anaranjadas que servirían de ofrendas en el templo. Deambulamos por los alrededores, siempre en el sentido de las agujas del reloj, con el mayor respeto posible hacia los devotos. Había gran número de ashrams, pequeños santuarios, generalmente de piedra, donde ascetas, gurús y saddhus se sientan a orar y meditar, aunque todos vacíos salvo uno. Un saddhu, en la posición del loto y ataviado con el hábito de los hombres santos, ocupaba el principal ashram, frente al templo más importante del complejo. Su semblante exudaba serenidad. Los rasgos relajados y el pecho inmóvil hacían dudar si no se habría quedado tieso en esa posición.

Un guardia de seguridad vino a llamarnos la atención, ya que no estábamos respetando el sentido de la esvástica, el de las agujas del reloj, en nuestras idas y venidas por el perímetro. Si bien habíamos seguido la dirección correcta al principio de la visita, la verdad era que se nos había pasado por alto poco después. Me disculpé ante el guarda y le prometí que no volvería a suceder.

Reconstruido hacia el siglo XV a partir de las ruinas del original, el templo principal, consagrado a Meera, está realizado de mármol y granito, con una bóveda piramidal de cuatro caras, en cada una de las cuales está representado un rostro distinto de Shiva en mármol negro. Bajo la bóveda se abre una gran estancia de pilares con minúsculas molduras y paredes de granito desnudo adornadas con flores. En su interior, mucha gente, tanto hombres como mujeres, recorría en círculo y en fila el perímetro del templo con paso lento, portando en las manos la ofrenda floral y entregándosela al sacerdote en el centro de la estancia al llegar a su altura. Mientras tanto, otro grupo de personas, sentadas en el suelo en el centro, entonaba cánticos y plegarias, y otro sacerdote, de edad avanzada, calvo y de barba canosa, se movía entre ellos dándoles a comulgar.

En esto, un hombre que en ese momento terminaba su recorrido oferente y se retiraba de la fila, tropezó con un escalón justo delante de mí. Hice el ademán de sujetarlo, pero recuperó rápidamente el equilibrio sin mi ayuda. Me sonrió y me dedicó un gesto de agradecimiento con la cabeza. Al poco volvió aquel mismo hombre para ofrecerme unos pequeños frutos, parecidos a uvas, aunque más alargados. Aquello era, creo, con lo que comulgaban. Le agradecí el detalle esbozando la mejor de mis sonrisas, junté las manos y le repliqué con un dhanyavaad (gracias) y una leve reverencia.

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