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India (XXXV): El legado de San Francisco Javier

Written by | 21 June 2008 | Comments Off

Pero Benarés no son sólo ghats y templos prohibidos. Toda una ciudad se extiende en la orilla oeste del Ganges hacia el interior. Detrás de los siniestros callejones mediante los cuales se accede a las márgenes del río, la Benarés turística y céntrica, polvorienta y bulliciosa, comercial y poluta, se abre ante los ojos del viajero como una flor de loto en mitad de una laguna negra.

Existe una calle sin nombre que ni siquiera aparece en los mapas de Benarés, sin embargo se encuentra entre sus arterias más transitadas por peregrinos y viajeros, curiosos y falsarios, creyentes e infieles. Se trata de una vía peatonal y empedrada, flanqueada por toda clase de vendedores con la mercancía expuesta en puestos y trapos, desde los sempiternos inciensos, polvos de colores y guirnaldas aromáticas para las ofrendas hasta verduras, frutas, hortalizas y comistrajos, pasando por sedas, ropa y complementos, imagen y sonido, fotografía, libros, perfumes, artesanía, figuritas de dioses y demás merchandising sacro, que conduce desde los escalones del Dasaswamedh Ghat hasta el centro urbano, desde el que se llega, tras unos minutos de caminata hacia el noroeste, a la mítica Grand Trunk Road, que conduce hasta Kabul, en Afganistán.

En el centro confluye todo el tráfico de la ciudad. Riadas de vehículos se agolpan alrededor de dos rotondas, separadas unos escasos cien metros de distancia entre sí, rodeándolas constantemente, como un torbellino ensordecedor de taxis, rickshaws, graznidos, tuk-tuks, bicicletas, mugidos, peatones, cláxones, timbres, gritos y ladridos. Uno no puede cruzar la calle sin temer por su vida.

Como es norma en la India, no hay semáforos, éstos han sido suplantados en el centro de Benarés por un guarda de circulación en cada glorieta. Pero poco o nada puede hacer un guarda de tráfico contra las fuerzas desatadas de la naturaleza. Por aquí y por allá se ven algunos agentes de policía uniformados que observan la vorágine con expresión de aburrimiento y desaire. Uno se acerca a ellos en busca de orientación en los círculos infernales y obtiene monosílabos, gestos ambiguos, síes que se antojan noes y noes que aparentan ser síes por toda respuesta. Pregúntale a un indio y te contestará que la policía es mala hierba, que está corrupta, que tenerlos cerca sólo trae problemas.

Si el Ganges se antoja la laguna Estigia, el límite último del Hades, el centro de Benarés se encuentra entonces del lado del infierno. No sopla un hilo de aire, un sol brutal y cegador oprime la cabeza, el ruido confunde a los sentidos y uno cree por momentos respirar efluvios de azufre en lugar de aguas fecales, orines, humo, polvo, flores, fritanga, basura y sudor.

Las fachadas de los edificios a ambos lados tienen ese aire decimonónico y decadente de las construcciones de las colonias. Lástima que no las hayan tocado en todo este tiempo. Sorprende que se hayan mantenido en pie hasta hoy por sí solas, sosteniendo sobre sus tejados el peso de los años. Dondequiera que uno mire encuentra casas que amenazan ruina, muros descascarillados y paredes ennegrecidas y mugrientas.

La polvareda y las moscas envuelven todo el escenario y dejan en la piel una fina película de polvo que se mete en los ojos y empaña las gafas, lo que unido al sudor por el calor ambiente produce una masilla inmunda y grasienta en la cara que escuece los ojos y puede, en ocasiones, incluso llegar a formar costra. No son pocos los viajeros que se llevan a casa de recuerdo una conjuntivitis o una faringitis seca de su visita a Benarés.

Buscábamos la iglesia de Santa María, la única representación cristiana entre los santuarios de la ciudad. Me atraía la perspectiva de visitar el último reducto de la fe de Cristo en la ciudad infiel más fervorosa del mundo.

Ubicada en el barrio de Cantonment, su torre gótica de aguja, rematada por una cruz, sobresalía entre el caos de las calles como un elemento extraño del decorado que no terminaba de casar con su entorno. Nos acercamos a la verja de acceso a la iglesia, pero fue en vano. Estaba cerrada. Colgaba de la cerradura un viejo candado de grandes dimensiones asegurado con gruesas cadenas que daban vueltas alrededor de los barrotes. Sus eslabones estaban manchados de óxido y mugre, y el candado parecía a punto de deshacerse con sólo tocarlo. La verja no presentaba mejor aspecto.

Adentro, la vegetación se había comido la fachada blanca de la capilla, que ahora se veía surcada de enredaderas, manchas de verdina y regueros de humedad. La naturaleza, cuando se le suelta cuerda, no pierde la oportunidad de extender sus dominios. Así, jaras, matorrales y florecillas silvestres ocupaban hoy lo que en tiempos había sido la senda que conducía a las puertas de la iglesia. Sin duda, aquélla no había abierto las suyas en años. La madera se veía descascarillada por las inclemencias del clima indio. Al fondo del patio, las cruces y lápidas de un antiguo cementerio decimonónico se distinguían entre musgo y buganvillas. En esto había quedado el legado de San Francisco Javier, el Apóstol de las Indias. Aquel templo era un elefante muerto en soledad lejos del cementerio de elefantes, un pecio varado en medio de ninguna parte, en un mar caótico cuyas aguas embestían con fuerza sobre su mascarón de proa crucificado, carcomido por la nostalgia de un padre que, esta vez sí, lo había abandonado definitivamente.

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