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La casa inteligente

Written by | 23 October 2016 | Comments Off

casa inteligente

El siglo XXI ha llegado. Vivimos en una sociedad post-industrial en la que todos los ámbitos de nuestra existencia están invadidos por la tecnología. Las pantallas, a través de las cuales observamos el mundo, ocupan el espacio que hasta hace poco se reservaba al papel o al plástico. Si miramos a nuestro alrededor localizaremos enseguida la pantalla del televisor, la del ordenador de sobremesa, la del portátil, la del móvil, la del iPad o la del e-book. Más allá del salón de nuestra casa descubriremos pantallas en las vallas publicitarias, en los escaparates de las tiendas, en las marquesinas de las paradas de autobuses y hasta en los menús a la puerta de los restaurantes. Sin embargo, a veces olvidamos que las pantallas constituyen sólo la mitad de la ecuación de la modernidad.

La otra mitad, que suele pasar desapercibida, la constituyen las lentes. Invisibles al otro lado de las imágenes proyectadas sobre nuestras pantallas, se trata de las lentes de las cámaras de los móviles con que nos hacemos selfies, de las lentes de las cámaras de vigilancia apostadas en cada esquina, de las lentes de las cámaras de nuestros portátiles, de las lentes de las cámaras de nuestras flamantes Smart TVs y de las lentes de las cámaras de Google que cartografían nuestras calles. Si las pantallas muestran la forma como vemos el mundo, las lentes de las cámaras enfocan la forma como el mundo nos ve a nosotros.

En 1999 Internet se masificaba exponencialmente. En ese año nació Gran Hermano. El programa tomaba prestado su nombre, voluntariamente irónico, del distópico 1984 de Orwell, en cuyas páginas se describía una sociedad totalitaria amenazada con una constante letanía que rezaba: «El Gran Hermano te vigila». Con los años y las sucesivas ediciones, reediciones y variantes del concurso en otras tantas casas, islas, academias, viajes y granjas, nos acostumbramos a pasar por alto que éramos testigos de un concurso en el que los participantes, carentes de privacidad, eran espiados, y su conducta, juzgada y condenada por la audiencia.

Gran Hermano, además, introducía el concepto de «la casa» como ámbito suficiente de la realidad y nos familiarizó con la idea de que ya no era necesario salir de casa para tener acceso a todas nuestras necesidades fundamentales. «La casa», como entidad cuasi consciente, proveía. Al mismo tiempo se popularizaban a gran escala los servicios a domicilio, que con el paso de los años se especializarían en todo tipo de mercancía hasta que, finalmente, Amazon acabaría por reventar el mercado. En Japón, un país donde los extremos surgen con facilidad, ya son célebres los denominados hikikomoris: personas, por lo general varones jóvenes, que deciden acuartelarse en sus dormitorios, aislados del resto de la sociedad, y cuyo único vínculo con el exterior es mediante internet. Una vez más, las pantallas y las lentes como hilo de Ariadna contra nuestros propios laberintos.

La realidad se ha domesticado, entendiendo doméstico como todo lo relativo al hogar. Podemos vivir sin salir al exterior. Podemos trabajar desde casa, tener como inspiración para salas multimedia el cine en nuestro salón, convertir nuestra cocina en la de un restaurante profesional, construir un plató en nuestro dormitorio, un estudio de grabación en nuestro despacho, un huerto en nuestra terraza, organizar un desfile de moda en el pasillo, montar una empresa en nuestro garaje y un gimnasio en nuestro trastero. Y todo esto se puede controlar a través del móvil, de la tableta o del portátil.

Un mundo entero a nuestro alcance sin levantarnos del sofá. Aún no se ha establecido, pero mediante todo este lenguaje publicitario poco a poco se nos está vendiendo la denominada «domótica», es decir, la casa inteligente. Nos hemos acostumbrado tanto al uso de estos aparatos tecnológicos que éste se ha convertido en irrenunciable. Somos cada vez más conscientes de que en ellos dejamos un rastro de información personal de fácil acceso al observador, pero estamos más dispuestos a renunciar a parte de nuestra intimidad que a los juguetes electrónicos que ahora gobiernan nuestras vidas

Esa casa inteligente del futuro no se antoja muy diferente a Gran Hermano. Quien escrute nuestras vidas no necesitará ventanas; bastará con que se asome a los aparatos de nuestra casa inteligente.

Javier Redondo Jordán

 

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