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La cultura como elección

Written by | 03 January 2016 | Comments Off

 

No se le escapa a nadie que, en la actualidad, los libros no son populares. Especifiquemos más; la literatura no es popular. Para un público que desconoce la cultura, ésta es representada como una enciclopedia “donde está todo”, o como un libro moderno repleto de referencias secundarias. La noción que nos viene desde muchos años es la de lo práctico. Todo debe completar el haber de la persona otorgándole un saber útil, y de ahí venían las suscripciones a enciclopedias, fascículos, y el acceso audiovisual a documentales y cursillos de introducción a la economía, la psicología, etc. Tampoco se le escapará a nadie la práctica, tan común en muchas casas, de llenar las estanterías de libros no leídos; forma parte del mismo fenómeno.

La literatura, a pesar de los esfuerzos de las instituciones, o quizá a causa de ellos, sigue siendo denostada. Es considerada como algo poco práctico, alejado de la realidad; nunca es vista como una herramienta, ni como un complemento a todo ese magma de cultura mal digerida. Tampoco es vista como una forma de conocimiento transversal que en realidad es útil pero que, aun exenta de utilidad, resultaría práctica como ocio (donde supera a un cine que ocupa el parcelado terreno de la novela).

Si se considera que las etapas tempranas de la educación son fundamentales para el desarrollo personal e intelectual del niño, no se puede comprender cómo se intenta culturizar a las masas haciéndoles leer clásicos literarios. Por muchas razones podemos ver que esta decisión está asentada en un error, y en cualquier caso a la literatura se debe acudir por voluntad propia; a nadie se le ha de obligar a leer una obra literaria, la cual debería ser un placer y no una pesada tarea. Es muy representativo que los planes de estudio consideren obligatoria la lectura de partes de El Quijote; un libro enorme, escrito en un castellano arcaico, y que es promocionado como el libro más importante escrito nunca en nuestra lengua. Es natural que la lectura de libros así sea vista como una carga de la que el adolescente podrá librarse una vez termine sus estudios. La literatura se revela como algo indeseable: el vocabulario incomprensible, la enorme extensión, y la distancia cultural y temática convierten a estas obras en un escollo terrible para la difusión de la lectura. La literatura es vista, desde este prisma, como un juego cultural de cadáveres históricos, el reflejo de un mundo pobre, opresivo y encerrado en sí mismo, con un lenguaje retórico que aleja mucho a un lector más acostumbrado a construcciones lingüísticas más funcionales (la sociedad de entonces era mucho más retórica y menos funcional que la actual). Los efectos de estas políticas son inmediatos. La tarea de difusión cultural se muestra como una trampa que destruye muchas vocaciones a su paso, y que podría ser corregida con unos objetivos, a priori, menos ambiciosos.

La casa no se puede empezar por el tejado, y la narrativa, que tanto interesa a los jóvenes, debe ser moderna, como lo es la del cine. El cine, tratando los mismos temas que la literatura, tiene un enorme poder para deslumbrar, y este poder le ha convertido en el arte de nuestro tiempo. Las vocaciones en este ámbito son muy numerosas, aun estando el cine excluido de los planes de estudio. El cine juega con ciertas ventajas, es más social, más inmediato y permite una pasividad mucho mayor; pero también cuenta con muchas limitaciones: es un arte complejísimo que necesita que su coordinador sea una mente maestra, sus producciones son caras, y su capacidad para producir bodrios es, en mi opinión, más grande. La ventaja fundamental es que el cine no es una obligación. Forma parte del ocio elegido de forma libre por las personas, y el gusto no es aniquilado con tediosos visionados que dejen una impresión imborrable desde edades tempranas.

No pretendo con esto afirmar tajantemente que estas conclusiones sean ciertas, ni tampoco que la educación pueda moldear a la gente e inocularle gustos, pero considero que el arte, y también la literatura, pueden llegar a calar en personas que se han alejado de éstas. La sensibilidad para el lenguaje está inscrita en formas de literatura oral que han sido las maneras en las que el genio popular se ha manifestado. Los cancioneros populares, o las frases hechas que tan buen resultado han proporcionado a la novelística de Cela, son ejemplos claros de sensibilidad o al menos de creatividad. Y esta es la frontera que separa a los lectores de historias de los lectores de literatura. La creatividad léxica separa al lector amplio del limitado. También es un reflejo de sensibilidad la canción e incluso el rap, y sin llegar a discutir sobre calidades son un reflejo del impacto que la palabra puede tener en los demás. Creo que estos ejemplos son suficientes para ilustrar el hecho.

La literatura tiene mucho más espacio y más géneros por explotar que el cine. Es la pura creatividad mental puesta en movimiento, y da cabida a todas las actitudes y formas que la imaginación permita. El siglo XXI es ya un desafío para la palabra escrita, transmitida en nuevos formatos, su masificación no es en ningún caso negativa, y aunque la capacidad de atención del lector de ordenador y móviles sea muy reducida, puede extender la cultura literaria como ha extendido otras formas de cultura. Llegados a este punto, no sería de extrañar que pudiese revelarse, ante los demás, como uno de los vehículos de expresión más importante: el que nos proporciona un mayor conocimiento sobre el hombre y su mundo.

Alan Romero

 

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