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La muerte de los días

Written by | 27/12/2012 | 1

arbol navidad negro

Son tristes, especialmente para quienes no tienen niños cerca, las dos semanas que transcurren entre el solsticio de invierno y el advenimiento de los magos. A pesar de todo, algunos encuentran la felicidad en la adoración del becerro de oro a largo de las fiestas navideñas. Llueven los millones y se descorchan botellas de champán barato en la televisión, la gente se echa a la calle a la caza de regalos, los políticos prometen dinero que no hay y las rebajas se adelantan por si les cae alguna migaja más del pastel.

A medida que pasa el tiempo la Navidad va perdiendo para uno su escaso significado. Poco importan ya las cenas de Nochebuena o de Nochevieja. Se han convertido en una cena más, una noche más, un año más. Los silencios, eso sí, son más ensordecedores. Incluso pueden escucharse los susurros de los espectros del pasado. Los muertos vuelven a sentarse a la mesa cada año la misma noche de invierno, mientras los comensales fingen felicidades que se ven enturbiadas por el recuerdo de los ausentes.

Para aquéllos que hemos dejado de ser niños y todavía no hemos concebido descendencia, la navidad es cosa del pasado. Si existe ésta, es para representar ante los niños la pantomima de que el mundo es tal cual lo leen en los cuentos. Creer en su propia inmortalidad los hará felices en tanto no sospechen que la amarga realidad es que nadie se descuelga por la chimenea ni se bebe la leche de los camellos en esas noches mágicas. Un niño descubre que va a morir en el preciso instante en el que desenmascara a unos reyes magos de maquillaje corredizo y barbas postizas, como todo el decorado que sus padres han dispuesto para sostener sus frágiles ilusiones infantiles. Es entonces cuando la niñez deja de ser pura, cuando las manijas del reloj de la muerte comienzan su pálpito irrefrenable.

Por otra parte, es terrible la perspectiva de pasar la noche de san Silvestre en cualquier discoteca asaltando la barra libre. Por mucho que uno intente resistirse siempre acaba asilvestrado y a gatas por las esquinas, jugando al dominó en un bar de viejos con los últimos borrachos que buscan churros con los ojos inyectados en sangre a las diez de la mañana. Cuando amanece los vampiros se conducen con una impredecibilidad pasmosa.

De sobra es sabido que lo mejor de la Nochevieja es el día de año nuevo, cuando, reunidos los amigos en el bar, resaca mediante, se intentan poner en común los pedazos perdidos de la crónica de la noche anterior. Suele ocurrir que el alcohol desborda las lagunas de la memoria de algunos. Mejor marcharse de viaje esos últimos días del año para quitarse de en medio y ahorrarse los detalles escabrosos.

Todo el mundo celebra nacimientos en estas fechas. Acaso sea uno el único que vea las largas noches de diciembre vestidas de un luto fúnebre y la nieve ―que nunca cae― envolver la ciudad helada como el sudario de los cadáveres. Las navidades constituyen un período de dulce letargo, el de una muerte lenta, cálida e indolora. El brasero, los anuarios de la televisión, los villancicos enlatados de la megafonía en la calle, los carteles de cotillones, los alumbrados, los árboles, los adornos, todo invita a cerrar los ojos, taparse las orejas y acurrucarse en el regazo del sofá, con el embozo bajo la nariz, a la espera de la caricia glacial de la Parca. Algo muere en el interior cuando tañen las campanas de la Misa del Gallo. Doblan por las ilusiones perdidas, por los sueños rotos, por las oportunidades desperdiciadas. El tiempo se agota y quienes nos rodean se impacientan. Se desvanece el aliento en el eco de las campanas de la madrugada.


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Filed in: Opinión

One Response to “La muerte de los días”

  1. 19/09/2013 at 16:54 #

    Realmente esto es increíble. Los felicito! ustedes hacen la diferencia y por ello los sigo.