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La vocación del escritor frente a su superviviencia tras la burbuja literaria

Written by | 07/01/2013 | 1

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Hace unos días, llegado el fin del ejercicio fiscal literario, ha salido a la luz el Informe Nielsen de 2012, generando asombro en los lectores y levantando sarpullidos entre escritores y profesionales del mundo editorial.

De unos años a esta parte, el Índice Nielsen ha adquirido una creciente relevancia debido a que, al contrario de como se había hecho tradicionalmente, este informe publica las cifras exactas de ventas de libros. Hasta hace poco, las editoriales compraban los datos obtenidos por esta empresa alemana de auditoría de audiencias, sin embargo procuraban mantenerse en secreto y eran utilizadas como baremo de resultados y herramienta para predecir los movimientos y elaborar las estrategias de márketing para el año entrante. Ni los escritores ni la prensa, y mucho menos los lectores, tenían acceso a ellos nunca. De esta manera, los grupos editoriales podían ajustar sus apuestas a conveniencia, recortar sus pagos a los escritores en nómina si era preciso o inflar sus posiciones en las listas de los más vendidos por estimaciones de facturación o de tiradas.

Los datos de taquilla en el cine y del share en televisión son moneda común e inmediata en la era de la información en directo. Todo el sector del ocio se bandea en ese suelo de hielo quebradizo. ¿Por qué tendría el ámbito literario que gozar de mayores privilegios? Los tiempos cambian, y el velo de secretismo que antaño beneficiaba a las editoriales comienza a desprenderse.

Con la llegada de la crisis, desde 2010 los beneficios de la venta de libros han disminuido en España alrededor de un 20%, colocándose hoy día en niveles parecidos a los de diez atrás. Los editores, sin embargo, redondean las cifras en un 10-11% de diferencia respecto a años anteriores, lo que equivale a una facturación anual de 2.500 millones de euros en 2012, es decir, en torno a 300 millones de euros de pérdidas en un solo año.

El podio del Índice Nielsen lo ocupan obras acostumbradas a encabezar listas, algunas de ellas simple producto de márketing basado en el «efecto llamada» y otras que sólo se explican mediante la recomendación «boca a oreja». A nadie le sorprenderá, pues, encontrar ahí Cincuenta sombras de Grey, de E.L. James (Grijalbo); Misión olvido, de María Dueñas (Temas de hoy); El invierno del mundo, de Ken Follett (Plaza & Janés); El enredo de la bolsa y la vida, de Eduardo Mendoza (Seix Barral); y La vida iba en serio, de Jorge Javier Vázquez (Planeta). Las cifras de estos best-sellers se mueven entre los 50.000 y el millón de ejemplares vendidos. La sorpresa, sin embargo, ha sido El abuelo que saltó por la ventana y se largó, de Jonas Jonasson (Salamandra), que con 171.113 ejemplares vendidos se sitúa en el tercer puesto.

La cosa se vuelve más turbia cuando nos adentramos en los beneficios generados por los grandes escritores literarios españoles que, sin ser fenómenos desorbitados de ventas, siempre figuran varias semanas en las listas con cada una de sus novedades. En el margen de los 10.000-50.000 ejemplares vendidos se encuentran Lorenzo Silva (lo que demuestra que el impulso del Premio Planeta ya no es lo que era), Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte, Mara Torres (lo que demuestra que el impulso del Finalista del Premio Planeta aún tiene la fuerza suficiente) y Javier Cercas.

A partir de aquí, el Informe Nielsen pone de manifiesto que la inmensa mayoría de los escritores más conocidos, incluidos los extranjeros, no sobrepasa la cifra maldita de los 10.000 ejemplares. Haruki Murakami y Donna León son la excepción. Los demás apenas se acercan. Y eso salta a la vista si uno se pasea entre las mesas de novedades de cualquier librería. Donde hasta hace unos años había segundas, terceras, cuartas y enésimas ediciones de títulos por doquier, hoy las portadas de los libros permanecen silenciosas, vacías, sin fajas que engorden su empaque, sin reclamos, sin vida. El panorama es desolador. Seguimos leyendo poco, pero antes al menos comprábamos. Las grandes superficies vuelven a ser librerías íntimas, y la tristeza se instala en ellas como el polvo en sus libros.

Sabido es que los autores cobran aproximadamente un 10% de los réditos obtenidos con su obra. Con la calculadora en la mano, y siendo muy generosos, si se venden 10.000 ejemplares de un libro que, por ejemplo, vale 20 euros, nos arroja un resultado de 20.000 € de beneficio para el escritor. Pero ni el precio de los libros alcanza ya los 20 euros ni se venden, en general, 10.000 ejemplares de un solo título, de manera que la mayoría de los autores deberán conformarse como mucho con la mitad de ese dinero por ejercer su oficio.

Es decir, unos 10.000-15.000 € por libro publicado. Dadas las circunstancias, no es de extrañar que los escritores mediáticos busquen otras formas de financiación, en el mejor de los casos con colaboraciones en prensa, radio y televisión, cuando no con servidumbres del sector cultural o con un puesto de funcionario. Hoy en día pocos son los que pueden vivir únicamente de los libros que escriben. Las editoriales han recortado a 1.000 ejemplares las tiradas de sus nuevas publicaciones y apenas llegan a venderse. Es el momento de pluriemplearse. La burbuja literaria ha explotado.

Esa sensación de derrota puede sentirse también en el número de trabajos presentados a determinados premios literarios, como si se hubiera visto minada la vocación del escritor que aspirase a entrar en la Primera División de la pompa literaria. Así, no asombra comprobar que este año las obras que concurrían al Premio Nadal, cuyo ganador ha sido el periodista cultural Sergio Vila-Sanjuán con la novela Estaba en el aire, hayan caído un 27% respecto a la edición de 2011, un porcentaje sospechosamente parecido al de la disminución de ventas de libros.

El Premio Nadal pasa por ser un galardón de gran prestigio literario, no en vano se trata del más antiguo en las letras españolas. Con ese pretexto, la dotación económica es humilde: 18.000 euros. A la vista de las operaciones realizadas unos párrafos más arriba, nos sale que esa cantidad es más o menos lo que cobra un autor de primera fila por cualquiera de sus libros. Entonces, ¿que gana éste por presentarse al Nadal? ¿Prestigio? El prestigio no paga las facturas. Hay otros premios más cuantiosos a los que optar. Quizá sea ése el motivo por el que se han presentado 454 obras (cien más que el año anterior) al Premio Primavera de Novela 2012, el segundo mejor dotado de España, con 200.000 euros; y 785 originales (frente a los 608 presentados en 2011, es decir, un 30% más) al Premio Alfaguara de Novela 2012, cuyo ganador, Leopoldo Bruizuela, recibió 175.000 dólares.

Dicho de otro modo: casi 800 escritores, en el caso del Premio Alfaguara (450 en el caso del Primavera), que buscan publicar y vivir de su obra, y que no lo habrán conseguido. Y en cualquier caso, aunque sus novelas lograran ver la luz, ¿servirían para algo aparte de inflar el ego de quienes las han escrito? Quizá venderían unos pocos cientos de ejemplares, que les reportarían otros pocos cientos de euros. ¿Suficientes para compensar el tiempo y el esfuerzo empleados? Tal vez les dieran aliento para afrontar un segundo libro, pero no para un tercero. No hay vocaciones tan férreas. Esa historia lleva repitiéndose desde que el mundo se echó a rodar.

Así las cosas, ¿queda todavía alguien que quiera ganarse la vida como escritor?


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One Response to “La vocación del escritor frente a su superviviencia tras la burbuja literaria”

  1. 03/09/2013 at 21:54 #

    se agradece por la info. espero ver mas