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Las abuelas y los Reyes Magos en el mundo de Francisco Umbral

Written by | 05/01/2018 | Comentarios desactivados en Las abuelas y los Reyes Magos en el mundo de Francisco Umbral

Fotografía de Umbral en su escritorio, de Eduardo Martínez Rico

Poco antes de las fiestas de fin de año, viajé al pueblo de una amiga en Castilla la Mancha y conocí a su entrañable y vital abuela quien, pese a sus 94 años me redescubrió la fragancia de «mi infancia fugaz en la voz dura y armoniosa de las abuelas»[1] que concentran la esencia de la niñez sin retorno, en los juegos y regalos de otros tiempos y la memoria nos devuelve la postal congelada de «una acuarela que se moldea despacio a sí misma […] como el último telón para olvidar las Navidades»[2].  En medio de esta áurea festiva me pareció oír el refrán castellano: “Por los Reyes lo conocen los bueyes” que Umbral escuchaba repetir a su abuela Luisa, «mujer [matriarcal] de un solo Kempis»[3], en aquel paradisíaco diciembre/enero vallisoletano que no volverá. Consciente del paso del tiempo, el escritor, el ávido lector y el niño sartriano reconocía que ha «aprendido más con ellas que con los informes oficiales de Madrid»[4] o durante su corta estancia en la escuela.

En sus libros y columnas periodísticas de El Mundo todo gira alrededor de las abuelas como protagonistas de la historia y las historias: «las abuelas siguen siendo abuelas, porque no están fraguadas en la corriente del tiempo, sino en la figura de la Historia»[5]. Al igual que Proust, para Umbral la pervivencia «de su abuela, poderoso personaje, le otorga al novelista una referencia muy noble e impresionante sobre la mujer mítica en su etapa final y misteriosa»[6]. Da la impresión que los ecos cascados de su abuela llegan hasta hoy «con su temperamento y su gemido de voz dura y recitativa»[7] para transmitirnos su sabiduría, anunciarnos su muerte, proclamarnos sus desvelos y no su resurrección que, en el fondo es lo que lo desearíamos porque su imagen permanece en nosotros «como un perfume antiguo, aún después de la muerte»[8] y no quisiéramos perderla nunca. Para Umbral, las abuelas han existido como las montañas que «se comunicaban a través de las cumbres», según Nietzsche, porque ellas «sí que tienen el secreto de todo, son la voz general de un pueblo [como] la voz solemne y sabia de las abuelas vascas»[9].

Las abuelas son los troncos de la genealogía familiar y heredan una enérgica y estoica presencia que funciona como motor del relato, al margen de las épocas. A través de ellas se refuerza y justifica la idea del matriarcado dentro del clan familiar: «En ese matriarcado me crié yo, y por eso en la vida he sabido conocer un poco a las mujeres»[10]. Estas mujeres constituyen el referente intenso y evolutivo de los acontecimientos históricos de finales del siglo XIX y del XX. En la narrativa umbraliana, las abuelas o bisabuelas tienen un perfil predominante en los libros autobiográficos o memorialísticos, correspondiente a la etapa vallisoletana. Su presencia es constante, reiterativa y aunque aparecen con distintos nombres, en sí, se trata de una sola y arquetípica abuela/bisabuela recreada una y otra vez: Leonisa, Mónica, Luisa, Socorro, Eloísa o, simplemente, como «abuela» o «bisabuela»: «mi abuela en Valladolid, tenía palacio heredado, o cuando menos casona, casa grande y un poco desguazada»[11], donde «bendecía la abuela los manteles»[12]. El personaje de la abuela/bisabuela engloba un todo, una enciclopedia histórico, social, cultural y familiar. Su complejo perfil se va armando como piezas de un puzzle en el conjunto de su obra, en distintos espacios y tiempos: «La abuela de Los helechos arborescentes se había enfanatizado a sus cien años. La abuela de Las ánimas del purgatorio se había inmortalizado»[13]. En suma, las abuelas ascienden al olimpo de arquetipos universales y perpetúan la oralidad familiar, de generación en generación.

En Carta abierta a una chica progre nos recuerda el significado de estas mujeres centenarias: «La abuela es la referencia más remota que hay en tu familia […] La abuela lejana y milenaria, […] es el globo femenino que cruza como una bandera negra las habitaciones de la casa, en la que tú ya no vives, y más que la revolución contra tu madre la estás haciendo contra tu abuela […] que todavía tuvo el empaque de doña Emilia Pardo Bazán[14]. Estas arquetípicas abuelas recuerdan la actividad que salvó a las familias del frío y del hambre en la España de guerra y posguerra: «mi abuela en el chiscón de las modistas, inclinaba su edad sobre la máquina Singer, cosía y cosía»[15]. Ellas representan la resistencia inexorable del tiempo no solo en el micro mundo de la cocina y «en el taller vacío de las costureras, como persistiendo con aquella tarea femenina […], en su condición de hembra fuerte de otro tiempo»[16]. El escritor las proyecta como adalides de la acción y del cambio de la sociedad hacia un futuro esperanzador, a través de «la costura interminable que quería prender el pasado al presente, o el pasado al futuro»[17].

Un ligero paralelismo con las abuelas de la actualidad nos muestra algunas diferencias abismales con las míticas abuelas de otros tiempos cuando estaban «en sus orlas hogareñas, lejanas y míticas, dictatoriales y necrológicas, mirándote cuando estudias, cuando haces el amor, cuando haces la guerra y te ven desde su valle de Josafat, como te veían desde la solana, en los veranos del pueblo»[18]. Sin embargo, Umbral parece adelantarse al tiempo para lanzar su crítica voz a las generaciones actuales que viven detrás de las pantallas del ordenador, la televisión y de espaldas a la abuela que está en el sofá de la casa o en la residencia de ancianos. En estos días de la llegada de los Reyes Magos, los niños de hoy quizá no conocen la historia de las abuelas de antaño, ni «conocen este salón de otoño del paisaje, del campo en invierno, y por eso nunca lo echarán de menos»[19], es necesario recordar a los padres que narren las historias de las abuelas y recuperen su figura, su preeminencia y las saquen del olvido de las residencias donde las han confinado. Que vuelvan a disfrutar de sus nietos, contagiarse de alegría, juventud y vida porque lamentablemente «el español ha pasado de tener a su madre “en un altar” a tenerla en una residencia»[20], como señalaba Umbral.

Para él, escritor visionario, los «niños de hoy son la infancia estafada a quienes se les da gato por hamburguesa en las tiendas del ramo, y concejal de derechas por negro de África. Estamos creando una generación que mañana no creerá en los valores y sospechará que detrás de todo concejal hay un negro y detrás de todo negro hay un concejal […] el Rey Negro ha venido en realidad, pero el espíritu consistorial prohíbe el paso como todos los días se lo prohibimos a la negritud inmigrante […] Todos esos mendigos son reyes y todos son Magos»[21]. Veintiséis años después de estas palabras proféticas de Umbral, aún se sigue con el modelo de “cabalgata tradicional” sin verdaderos Reyes negros «Yo tuve que venirme a Madrid para ver unos Reyes Magos con toda su monarquía»[22]. Y ahora, sin abuelas, aunque quieran reemplazarla por los juguetes como a los Reyes magos con papá Noeles, porque «la industria de la juguetería está desplazando a los Reyes Magos […] Quiere decirse que los irreales Reyes Magos van perdiendo realidad a medida que Papá Noel cobra corporeidad»[23]. Aunque no podemos negar que la historia se repite para algunas familias que, arrasadas por la crisis actual, se han puesto “a sagrado” en casa de las abuelas que siempre tiene las puertas abiertas, el puchero caliente y el calor concentrado de otros tiempos.

En estas circunstancias que la violencia machista sigue sembrando desolación en muchas familias españolas, aún oímos la voz ronca y unánime de nuestras inquebrantables abuelas que, desde la plaza protectora de su clan gritan un rotundo ¡¡Basta ya!!

Ana Godoy Cossío
Doctora en Literatura Hispanoamericana
Universidad Complutense de Madrid



[1] Ibíd.

[2] “Los bueyes”. El Mundo, 07/01/2006.

[3] “Los bueyes”. El Mundo, 07/01/2006.

[4] “Las abuelas vascas”. El Mundo, 13/12/2006.

[5] El fulgor de África. Barcelona: Seix Barral, 1989, p. 156.

[6] “En busca del sexo perdido”. El Mundo, 03/06/2007.

[7] Ibíd.

[8] Ibíd.

[9] “Las abuelas vascas”. El Mundo, 13/12/2006.

[10] Las señoritas de Aviñón. Barcelona: Planeta, 1995, p. 21.

[11] Los helechos arborescentes. Barcelona: Planeta, Umbral, 1999, p. 42

[12] El hijo de Greta Garbo. Barcelona: Planeta, 1988, p.153.

[13] El hijo de Greta Garbo. Barcelona: Planeta, 1988, p.161.

[14] Carta abierta a una chica progre: Madrid: Irreverentes, 2003, p.18.

[15] Ibíd.

[16] Las señoritas de Aviñón, Barcelona: Planeta, 1995, p. 137.

[17] Ibíd.

[18] Carta abierta a una chica progre. Madrid: Irreverentes, 2003, p.18.

[19] “Los bueyes”. El Mundo, 07/01/2006.

[20] “El español y su madre”. El País, 10/06/1986.

[21] “Concejales y negros”. El Mundo, 05/01/1991.

[22] “De Monarquías”. El Mundo, 05/01/2004,

[23] “Papá Noel”. El Mundo, 06/01/2005.

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