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Las ciudades de la luz: Inmortal y reclamo (I)

Written by | 17 June 2010 | Comments Off

El del Père Lachaise es el cementerio más popular, nutrido y extenso de París. También ostenta el título del más visitado del mundo, y sólo de pensarlo dan ganas de salir corriendo en dirección contraria. Allí descansan los restos de todo aquél que haya sido alguien en la intelectualidad francesa de los últimos dos siglos. Dicho de otro modo, de no encontrarse enterrado en el Panteón parisino, a cualquier muerto ilustre galo sólo cabe buscarlo en Père Lachaise.

Cuando se inauguró, en los albores del siglo XIX, nadie recordaba ya por qué se llamaba así. Nadie sabía que antes que camposanto había sido viña, y que hasta allí peregrinaban todos los obispos de París para abastecerse de vino para las comuniones. Con el tiempo la finca les sería donada a los jesuitas, y su administrador más célebre, el Padre François d’Aix de la Chaize, confesor de Luis XIV durante treinta y cuatro años, terminó utilizándola de picadero. Las correrías y los lances amatorios del Padre Lachaise son proverbiales, y quién sabe si hoy su fama no estaría a la altura de la de Casanova si hubiera empleado su vejez en escribir la historia de su vida, como más tarde haría el aventurero italiano.

Los privilegios con que los reyes del Ancien Régime compraban la complicidad del clero mantuvieron la loma virgen, fresca y roturada hasta que la turba arrasó Versalles. No sólo se conformaron los revolucionarios con sembrar los palacios reales de devastación, sino que aniquilaron también los cementerios de la nobleza, que se perdieron bajo la ceniza y las ruinas de su esplendor de antaño, y con la tierra removida las cabezas de los grandes nombres que un día habitaran las estancias de las casas señoriales, separadas para siempre de sus cuerpos en fosas comunes anónimas. Fue entonces cuando se pensó en aquella vieja hacienda de retiro a las afueras de París como ubicación óptima para el nuevo Cementerio del Este. Así, sin pretender la metáfora siquiera, el nuevo orden saqueaba las mansiones del antiguo para rendir su botín ante dioses de reciente cuño con pies de barro, y cubría su memoria del pasado bajo paladas de tierra sin epitafio.

Sin embargo, Père Lachaise quedaba un poco retirado del núcleo urbano de entonces, por lo que los ciudadanos de París evitaban dar sepultura a sus muertos en aquella colina apartada. No tardó demasiado en empezar a concentrarse un excedente de tumbas en Montmartre, Montparnasse y Passy, mientras que la falda del viejo viñedo al este de la ciudad permanecía inmaculada. Las autoridades, de ese modo, se vieron obligadas a tomar una determinación. No se les ocurrió disparate mayor que exhumar los mausoleos de dos ilustres peanas del santoral francés como Molière y La Fontaine, y trasladarlos a Père Lachaise, con la convicción de que de esta manera atraerían el interés de la gente hasta allí para enterrarse junto al dramaturgo y el fabulista. Y acertaron. Cuando los tiempos han perdido la cabeza, las apuestas absurdas siempre obtienen premio. Hicieron lo mismo con el sarcófago del sabio Abelardo y Eloísa, los Romeo y Julieta parisinos, para así captar también los amores fatales de las parejas románticas. Luego Balzac ambientaría una escena clave de su novela Papá Goriot en el nuevo camposanto y terminó de redondear la jugada.

De la noche a la mañana comenzaron a menudear los funerales y pronto podrían verse a diario, a lo largo de toda la extensión que la altura de Père Lachaise dominaba, largas hileras negras de dolientes andar el camino que ascendía desde París hasta el cementerio. Todo el mundo quería su tumba en Père Lachaise ahora. Entre tanto, las parras eran sustituidas por criptas y se levantaban árboles de granito. Cumplido su propósito, los administradores subieron los precios de las parcelas de tierra, y el viñedo del Antiguo Régimen volvió a ser lo que en tiempos era: un lugar de retiro exclusivo para las clases altas. Sólo que esta vez el retiro era eterno, aunque en algunos casos no del todo definitivo.

También el nombre de Balzac, que había introducido el enclave en el territorio imaginario del pueblo, terminó figurando entre las piedras grabadas de Père Lachaise, sobre el frontal de un monumento rematado por un imponente busto del escritor. Hubo un tiempo en que desde allí, junto a su efigie, podían verse los tejados, las buhardillas y los viejos mercados de París cuando la ciudad se extendía a lo largo y ancho del panorama como una ensoñación concebida en la mente de Renoir, antes de que el tiempo de los modernistas alzara las plantas de los edificios para ocultar la luz de La Ville Lumière que había inspirado al impresionismo.


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