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Las ciudades de la luz: Inmortal y reclamo (y II)

Written by | 21 June 2010 | Comments Off


Chopin

Asombra verdaderamente la capacidad de atracción que la capital francesa ha poseído siempre para los melancólicos que notaban cómo la muerte les iba carcomiendo el alma. Uno de los monumentos más delicados de Père Lachaise es el mausoleo de Chopin, formado por un medallón con su perfil en relieve y una ninfa de mármol pálido que parece haberse quedado dormida en pleno llanto. Es célebre su relación tormentosa con la escritora George Sand, nom de plume de Aurore Dudevant, y la inestabilidad emocional que provocó en la vida del compositor. Príncipe del spleen, hacia el final de sus días había huido de la influencia insana de su musa para refugiarse en una gira inútil por el Reino Unido que minó su de por sí quebradiza salud y su voluntad de sobrevivir por mucho más tiempo. Tomó la decisión de regresar a de Londres a París por no morir en una ciudad tan triste, con tanta bruma y polvo de carbón. Cuando Sand fue a visitarle en su agonía, Ludowika, la hermana de Chopin, entendió el gesto como una perfidia obscena y no le permitió la entrada. Así, el pianista murió a los treinta y nueve años sin despedirse de la mujer que durante tanto tiempo le había clavado la daga en el pecho mientras le besaba la frente, acunándolo en su regazo. Justo antes de enterrarlo, alguien sustrajo el corazón de Chopin, y dicen que se guarda en la actualidad en el interior de un pilar de la Iglesia de Santa Cruz de Varsovia, cerca del pueblo que vio nacer al músico. Sin embargo, creo yo que tal vez habría que buscar ese corazón robado no en el interior de un templo de la capital polaca, sino en Francia, en la tumba de aquella mujer que se hacía llamar George Sand, bajo el jardín de su casa en la aldea de Nohant-Vic.

Cerca del mausoleo de Chopin, a una altura intermedia en la bajada de la colina, permanecen aún los sarcófagos originales de Molière, La Fontaine, Abelardo y Eloísa, rodeados de criptas blancas. En el caso de Molière, éste de Père Lachaise es el tercer destino en el que han reposado sus huesos. Antes lo hicieron en Saint Joseph, en la zona reservada a los suicidas y a los niños paganos, y más tarde en el Museo de los Monumentos Franceses. La legislación no permitía entonces, en la Francia de finales del siglo XVII, que los actores recibieran sepultura en la tierra santa de un cementerio. Días antes, la enfermedad de Molière concebida en letra impresa adquirió de súbito tintes de realidad en escena mientras representaba El enfermo imaginario, y a duras penas, entre toses que manchaban de rojo su camisón amarillo, pudo terminar su actuación vespertina. Mientras se cerraba el telón, sin embargo, el auditorio ya había contemplado el rostro de la muerte esbozado en los rasgos del escritor, que sucumbiría bajo su gélido abrazo escasas horas después. Prohibido su funeral por ley, su cuerpo permaneció insepulto tres días hasta que el arzobispo de París, por complacer al Rey Sol, admirador confeso de Molière, permitió el enterramiento. El funeral, no obstante, se llevó a cabo a las nueve de la noche y sin aparato ninguno por orden del arzobispado. Entre los asistentes figuraban amistades del dramaturgo como Mignard, Boileau y La Fontaine, quien sin saberlo acabaría de reclamo funerario y vecino en Père Lachaise del amigo cuyo ataúd llevaba a hombros en aquel momento.

No hay seguridad de que los restos en el interior sean auténticos en sepulturas tan antiguas y asendereadas. Durante la Revolución, algunos sabios republicanos decidieron fundir los huesos de los prohombres franceses muertos con la intención de fabricar copas consagradas a las honras populares. En el Museo de Cluny, valga el ejemplo, se conserva, entre los pocos despojos que pudieron salvarse de la locura revolucionaria, una mandíbula etiquetada como perteneciente a La Fontaine, quizá la única reliquia entre las suyas que ha sobrevivido.

Poco importa, en cualquier caso, pues en el transcurso de las sucesivas exhumaciones los cuerpos poco a poco habrán ido volviéndose ceniza que lleva el viento.

Ambas sepulturas, las de Molière y La Fontaine, viejos amigos en vida y en la perennidad de la piedra, reposan sobre una terraza que recibe la luz mortecina entre las ramas desnudas de los sauces. Las dos descansan en alto sobre columnatas, flanqueándose la una a la otra, separadas del abrigo de la tierra en un estado de provisionalidad perpetua, como dispuestas para otro traslado repentino si a París le surgiera la necesidad.


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