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Las ciudades de la luz: Un poeta americano en París (I)

Written by | 02/06/2010 | Comentarios desactivados en Las ciudades de la luz: Un poeta americano en París (I)

Si se continúa por los caminos empedrados hacia el sur, aparece la parte más antigua de Père Lachaise, un laberinto de sendas mezcladas y ensortijadas por entre lápidas y criptas. Allí, lejos de las grandes avenidas del cementerio, ocupando el centro de un gran círculo en el que no hay más muertos de renombre, se halla el lugar donde descansa Jim Morrison, líder y solista de los Doors, el único grupo estadounidense de los sesenta capaz de plantar cara al éxito transatlántico Beatle.

Y descansa, verdaderamente, porque en vida nunca encontró reposo. Se trata de otro caído más en la historia del rock. Junto a Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin y Kurt Kobain, forma parte del denominado Club de los 27, ese grupo de jóvenes leyendas ahogadas en su propio vómito a los veintisiete años de edad, consumidos por la estela de la heroína como las estrellas fugaces, como el fósforo de una cerilla.

Había huido de Estados Unidos al ver cernirse sobre él la amenaza de una condena de cárcel por escándalo público durante un concierto. Viéndose entre rejas, hizo lo que tal vez debería haber hecho Wilde tiempo atrás si la suficiencia de los genios no le hubiera nublado la claridad, el equipaje. Así pues, tomó el siguiente vuelo al exilio, dejó abandonados a sus compañeros de grupo y se plantó en Europa para dedicarse a escribir poemas bajo la luz inspiradora del París de las algaradas estudiantiles.

Como a Molière, a Chopin y a Wilde, su mala salud le había traído hasta la capital francesa para morir. Tosía toses tuberculosas sin padecer la enfermedad, como el personaje del dramaturgo, y arrastraba por las mismas callejuelas parisinas que el escritor irlandés setenta años antes las ascuas humeantes de los creadores cuando el fuego se apaga. Que confundiera la cocaína con la heroína a la hora de meterse una raya no fue sino una forma más entre las posibles de correr el telón. Murió por una hemorragia nasal en un apartamento de la Rue Beautreillis 17, en el Barrio del Marais, sedado en la calidez de una bañera de sangre.

Apenas una semana antes él mismo había paseado por entre las tumbas de los artistas de Père Lachaise, y le había manifestado a un amigo su gusto por ser enterrado allí llegada la hora. Ese día, a finales de junio, el sol brillaba con la tibieza de los resplandores de La Ville Lumière, filtrándose entre la espesura de los limeros, como oro a través de un tamiz sobre las barrigas de los gatos del cementerio. Poeta y aprendiz de los maestros, no hacía mucho se había alojado en la habitación del hotel que vio morir a Wilde, en la Rue des Beaux Arts 13.

Allí también pasó sus noches parisinas Jorge Luis Borges entre 1977 y 1984. Así lo indica la placa que flanquea, junto a la dedicada a Wilde, la entrada principal del viejo Hôtel d’Alsace. A Borges le fascinaban la evocación literaria y el lujo de sus interiores, que siempre le parecieron fruto del trabajo minucioso de un ebanista. Como a todos los demás moribundos ilustres que le precedieron en sus respectivos exilios, París se le antojaba el enclave adecuado para batir las alas hacia la posteridad, y la habitación que solía ocupar en L’Hôtel, el nombre con que se lo conoce hoy, la materialización de su lecho de muerte. Así lo había expresado alguna vez, de pie con su bastón sobre la estrella de veinte puntas en el centro del vestíbulo circular, tal como aparece en una de sus fotografías más célebres, elevando sus ojos nublados, al igual que un día hicieran Wilde y Morrison antes que él, hacia la luminosidad de la claraboya allá en lo alto de las cinco plantas del edificio, cuya arquitectura se asemeja a una escalera de caracol al Parnaso. Sin embargo, la última visita al hotel nunca llegaría a hacerla, porque sólo dos años más tarde lo sorprendió el puerto definitivo en Ginebra, «la ciudad más propicia a la felicidad», aseguraba, adonde había regresado en pos de la luz temprana de su memoria de adolescencia.


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