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Las ciudades de la luz: Un poeta americano en París (y III)

Written by | 08/06/2010 | Comentarios desactivados en Las ciudades de la luz: Un poeta americano en París (y III)

Las extrañas circunstancias que envolvieron su muerte han dado pábulo a todo tipo de interrogantes y especulaciones sobre lo que en realidad pudo haber pasado en aquella habitación de hotel. Tal vez obedezca a esa incertidumbre el hecho de que la tumba de Jim Morrison sea el enclave más visitado de Père Lachaise, adonde sus seguidores acuden a rendirle homenaje y acercarse lo más posible al enigma del hombre, aunque sólo sea físicamente.

También se caracteriza por tratarse del único lugar vigilado del cementerio. Dos guardas de seguridad velan por la integridad de la sepultura del músico al otro lado de las vallas de aluminio durante el día y, por la noche, varias cámaras de infrarrojos se encargan de que sólo los gatos merodeen por los alrededores. En el pasado, la tumba fue objeto de varios intentos de exhumación por fanáticos de lo esotérico y el misticismo procedentes de las cuatro esquinas del mundo, que saltaban los muros del perímetro para celebrar misas satánicas, comulgar con drogas, culminar los ritos con orgías y llevarse de recuerdo todo aquello susceptible de arrancarse o ser desenterrado. A la mañana siguiente la tumba devenía en vertedero, el paisaje tras una batalla. Los guardas se encontraban el lugar cubierto de basura, botellas de licor, agujas, jeringuillas y graffiti, y para evitar males mayores, la administración del cementerio decidió colocar una plancha maciza de granito sobre el enterramiento. De este modo, por vez primera, el nombre de Jim Morrison figuró grabado sobre una piedra en Père Lachaise.

La plancha fue robada al poco tiempo, y más tarde también desapareció, después de sufrir continuos ultrajes, un busto esculpido por un artista croata que conmemoraba el décimo aniversario de su tránsito. Hoy sólo queda allí una pesada losa con una placa metálica, cuya inscripción, obra del padre de Morrison y discutida a lo largo de las décadas, reza en griego mayúsculo algo así: «Fiel a su propio daimon». Mientras que algunos han visto connotaciones satánicas al epitafio, otros achacan a aquellos demonios interiores la causa de que hoy yazca bajo esas palabras de bronce. Quizás esos demonios adoptaran la silueta alboreada de aquellos indios que había visto tirados en la autopista cuando era pequeño. El coche de sus padres pasó de largo, pero la instantánea quedó registrada como una sombra indeleble en la retina del niño. Constituyó un trauma que lo acompañó toda su vida y lo marcó hasta la madrugada que ésta se le licuó por las fosas nasales. Ya había aludido a ese episodio con anterioridad en varias de sus canciones:


Indians scattered on dawn’s highway bleeding.
Ghosts crowd the young child’s fragile eggshell mind.

«Indios desangrándose, esparcidos sobre la carretera del alba. / Los fantasmas hostigan la mente del niño, frágil como un cascarón».

Tiene sentido. Pero lo más sensato, a mi juicio, es pensar en la denotación socrática del término, en la que el daimon encarna la voz de la conciencia, el imperativo del propio destino, la voz de un dios invisible que susurra al oído, la fidelidad a uno mismo, a ser quien se es en realidad. Supongo que el padre sospechaba que su hijo se había dejado la vida tirada en el camino que desde aquella mañana de su infancia se sentía llamado a recorrer.

El de Père Lachaise, sin embargo, no es su lugar de reposo definitivo. Eso tiene en común también con Molière, La Fontaine y Wilde, a quienes trasegaron las sepulturas por capricho. No falta mucho para que la concesión de la parcela de Morrison en Père Lachaise prescriba, y la administración del cementerio no ve el momento de expulsar de su paraíso la tumba que más quebraderos de cabeza le ha provocado al hilo de treinta años. Así, los ramos de flores, las cartas, los poemas, los discos de vinilo, los cigarrillos, las botellas de whisky y los preservativos que actualmente recubren la memoria terrosa de Jim Morrison volarán con lo que quede de sus huesos de nuevo a América, a la ciudad de Melbourne, en Florida, y abandonarán su largo exilio para volver a casa, disolviéndose junto a los túmulos de sus padres junto a un árbol solitario en la tierra de sus antepasados, la misma tierra humedecida por la sangre de aquellos indios esparcidos sobre el asfalto, la misma sangre del seno materno que cobijó su cuerpo cada vez más frío en sus últimos espasmos con un abrazo inmortal.


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Filed in: Embriagado en París, Música, Viajes

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