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Las guerras y las calles (IV)

Written by | 23 February 2008 | Comments Off

Llovía. Y lo hacía con ganas, pertinaz, como si no hubiera llovido en todo el invierno, aunque con suavidad, tomándose su tiempo. Cuando llueve de noche parece como si cayera agua negra del cielo, petróleo casi, como lágrimas de rímel que se escurrieran furtivas sobre un rostro de asfalto. Lágrimas oscuras que la gente pisotea a su paso, torrenteras de llanto que reflejan destellos caleidoscópicos de farolas y neones, devolviéndole a la ciudad su propia imagen, aunque nublada de azogue fuliginoso.

Y así la lluvia cubre la realidad con un velo como de encantamiento, con rumores sostenidos que aletargan las agujas del reloj. La gente se recoge, se repliega hacia su interior, desaparece. Mientras la lluvia cae, la vida continúa, aunque sólo de puertas para adentro. Tal vez por eso las noches de lluvia invitan a reflexionar sobre quiénes somos. Y ocurre que, a veces, la respuesta puede llegar a saber amarga en el paladar.

Siempre llueve la noche antes de la batalla. Dicen que también llovió sobre las murallas de Troya la víspera de su caída, la misma noche en la que Odiseo tejió el ardid, un atisbo de cáncer, que arrasaría el imperio troyano desde sus entrañas. Porque las noches de lluvia son el descanso del guerrero. El combate se paraliza. Cada cual se retira a su cubil, depone las armas con las que porfía jornada tras jornada y firma una tregua consigo mismo. Bajo el ensueño del repiqueteo del agua, a la hora en la que los solitarios se lamen las heridas y los gatos duermen enroscados, el cristal de la ventana, cegado por las sombras de afuera, también nos devuelve, sin paliativos, nuestro verdadero rostro, que a uno nunca le termina de parecer perfecto, porque nada puede ocultarse a sí mismo. Esa cara que nos escruta entre las sombras al otro lado del cristal nos mira con ojos acusadores, desenterrando viejos fantasmas, y nos recuerda, una vez más, que estamos solos.

Es triste ver que la gente no sea capaz de soportar la soledad, siempre buscando el apoyo de otros, aun siendo banal, la mutua compañía, o perdiéndose incluso en la vorágine del tener. Y si esto no les satisface caen en terribles depresiones o en adicciones que suplan la vida que no saben vivir. No se dan cuenta de que la soledad es dulce compañera, que nos permite encontrarnos a nosotros mismos, descubrir nuestra esencia. Y no es que reniegue de las compañías, muy al contrario, pero sí es cierto que las valoro tanto como las soledades. No en vano Teseo penetró en el corazón del laberinto al encuentro del Minotauro en soledad consigo mismo. Los mitos son palabras mayores, saberes antiguos.

Aun así, nunca se está solo del todo. Si en el profundo vacío de la madrugada uno es capaz de pensar en alguien, a quien extraña, y le dedica su último pensamiento antes de abandonarse al sueño, entonces no está solo.

Entonces la lluvia abandonó. Se rindió. Se retiró dejando un campo de batalla ensangrentado con la oscuridad de los eclipses, esa oscuridad ambigua e indecisa que busca la luz sesgada de las estrellas. Salí a dar una vuelta, cuando advertí asombrado que el cielo parecía querer amanecer a deshoras. La luna brillaba vigorosa en su cenit, redonda y plena como la luz de un faro que rasgara las tinieblas de una noche cerrada mar adentro, y la luz que desprendía se reflejaba en las nubes dispersas que acababan de descargar su lluvia, de modo que el cielo adquiría tonos blanquecinos y azulados, que se antojaban como los albores de un nuevo día. Poco después, las sombras fueron inundando la luna, como si un cáncer de tonos ocres la consumiera. La Tierra, interpuesta entre la luna y el sol, sombreaba la superficie de su satélite y refractaba los rayos solares tangentes, que doraban los valles y cráteres lunares.

Era un espectáculo hermoso y amenazador al mismo tiempo, porque le hacía a uno reparar en su insignificancia frente a las fuerzas del universo. Uno nunca se para a pensar en lo expuestos e indefensos que nos encontramos ante su energía titánica. Otra guerra perdida de antemano: la de la humanidad contra su propio planeta. Los hombres, lobos para sí mismos, cáncer para todo lo que les rodea, embriagados de desdén y triunfalismo, infravaloran el poder del suelo que los sostiene.

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