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Lección de vida

Written by | 02 April 2014 | Comments Off

cementerio Madrid sacramental san Justo Larra Espronceda Campoamor Rosales

Es pronto, temprano. Apenas ha amanecido. Lo mejor que se puede hacer a estas horas es escribir. Tengo pendiente un artículo, un artículo especial, y voy a empezar a escribirlo ahora, sin más rodeos. El domingo pasado, un domingo de finales de marzo, con buen tiempo, primavera reciente, fui con mi madre y con Daniel M. Sáez, compañero de Facultad, profesor y fotógrafo, a la Sacramental de San Justo, aquí en Madrid. El inicio fue Larra, quería ver a Larra, como quisieron verlo los del 98, por ejemplo, pero tras Larra vinieron muchos más escritores e intelectuales, bien vivos, uno detrás de otro, demostrando que la gran lección de la muerte, al menos para mí, es una lección de vida, que la muerte enseña vida y que la una implica la otra.

Hasta hace muy poco no me han atraído las tumbas especialmente, pero he cambiado, ahora sí. Me gusta pensar en los muertos, en nuestros muertos, sentirlos como digo muy vivos, pensar en ellos, y, si son escritores, al llegar a casa buscar sus libros y leerlos. Me parece muy bien rezar por los muertos, pero si son escritores creo que lo mejor que se puede hacer por ellos es leerlos. Desde luego así cobran vida, toda la vida, pues un escritor cuando está más vivo es cuando se mueve, con sus palabras, en las páginas de sus libros y de sus artículos.

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Qué vivo está Larra en su tumba, en el Panteón de Hombres Ilustres de la Asociación de Artistas y Escritores. Según entiendo, y según cuenta Umbral en La noche que llegué al Café Gijón, encima de Larra colocaron el cuerpo de Ramón Gómez de la Serna. Umbral termina su libro con la muerte y el entierro de Gómez de la Serna, al que tanto admiraba. Al lado de esta tumba está la de Espronceda. Ahora he leído alguno de sus versos, magníficos. En la carrera nos decían que era el mejor poeta del romanticismo español.

Hace poco leí un artículo muy interesante, en El Mundo, de Pedro García de Cuartango, sobre la tumba de Proust, las tumbas de escritores y las tumbas en general. Era un artículo muy bonito. Decía Cuartango que es muy curioso observar cómo las tumbas responden a cómo se ha vivido, y es muy posible que tenga razón. Pero unas son las tumbas que te corresponden, digamos, cuando estás vivo, y otras las que te da la posteridad, como algunas de las que visitamos en San Justo, como la de Larra, por ejemplo y la de tantos otros que son trasladados en su vida de ultratumba. Porque hay una vida después de la muerte para algunas personas, para algunos escritores. La vida de la fama, de la que hablaron los antiguos, nunca es muy boyante (en el fondo, ¿cuántos leen hoy a Cervantes, cuántos le conocen más allá del nombre y de la autoría del Quijote?), pero es suficiente como para que una persona como nosotros que visita o se encuentra alguna de estas tumbas, tenga curiosidad, interés e incluso amor, amor por la literatura, el pensamiento o el arte, y busque algún libro y recupere a ese autor o autora.

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Eso pienso, por ejemplo, cuando abro los libros de Gregorio Marañón, libros que tengo en casa desde hace mucho tiempo pero que no leo, sabiendo el gran personaje que fue Marañón, el gran escritor que fue… A los escritores les tiene que llegar su momento. Mi abuelo Carlos admiró mucho a Marañón, incluso lo visitó en su cigarral. En mi familia se le admira mucho a Marañón, pero yo apenas lo había leído. Sin embargo después de visitar su tumba en San Justo, una tumba grande pero sobria, tal vez muy representativa de cómo fue, aunque la comparta con otros miembros de su familia, me apetece leerle y saber más de él. Abro, por ejemplo, Amiel o su biografía que escribió Marino Gómez-Santos. Hay una frase de Marañón que coloca Gómez-Santos entre las primeras de su libro, una frase que me gusta mucho: «Yo sólo sé las horas de insomnio con que he comprado los favores de mi buena suerte».

Algo parecido siento cuando nos encontramos con el nicho de Ramón Menéndez Pidal, que vivió nada menos que 99 años. Pero con Ramón Menéndez Pidal tuve trato muy estrecho y continuado cuando escribí mi novela Cid Campeador, y disfruté profundamente de La España del Cid. Qué gran libro, qué gran investigación, y qué divertido me resultó dentro de lo mucho que trabajé en él. Ya no se puede leer igual a un escritor después de haber permanecido un tiempo delante de su tumba, mayor o menor. Me acuerdo ahora de la tumba de Cela, en Iria Flavia, o la de Pablo Neruda, en Isla Negra, que tanto me emocionaron. Los muertos dejan todo su rastro de vida en los que los conocieron, y en este caso en los que los leyeron. Nada muere cuando algo está dispuesto a hablar de nosotros.

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Era un domingo, un bello domingo de arranque de primavera. Muy poca gente en el cementerio. En España le tenemos mucho miedo a la muerte, me decía mi madre. La tenemos escondida, arrinconada, todo lo que podemos, y con ella a nuestros muertos. Casi siempre. A mí también me ha ocurrido. Pero a la muerte, a los muertos, hay que descubrirlos. Pronto dejan de estarlo y su vidas se mueven en la eternidad. ¿No se mueve en la eternidad acaso Cervantes, con su rocambolesca vida y su genial obra? ¿No está eternamente vivo Lope y su peripecia, su arte para la vida y para la literatura? ¿No es la propia escritura una negación de la muerte, o más que nada una aleación poderosísima con ella, una aleación de vida? Daniel M. Sáez me comentaba días después de nuestra visita a San Justo que un escritor no puede entrar en el canon hasta que ha muerto, y se habla, añado yo –la idea es común-, del purgatorio, ese espacio intermedio entre la vida y la vida de la fama, ese espacio que separa a un escritor, a un gran escritor, de ser un clásico. Y son los vivos, los sucesivos vivos, los que van eligiendo a estos escritores, como una cadena en la que se van relevando unos a otros. Muchas veces son los propios escritores, los primeros lectores, los que van marcando el camino, iluminando lo que podríamos llamar el camino de los clásicos.

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Aquel domingo vimos muchas tumbas y nichos: Campoamor, Altolaguirre… Algunas no las vimos y me hubiera gustado verlas, porque estaban en San Justo, como la de Julio Camba. A mí me sirvió para reflexionar profundamente y para sentirme afectado por el tema que me había llevado al cementerio. Mi conclusión es que la muerte no divide nada, y que incluso, científicamente, el paso de los genes de una persona a otra, de un padre o una madre a su hijo, ya niegan la muerte. Todo es una continuidad. Y por supuesto hay padres e hijos literarios, hay genealogías literarias. Hay una línea literaria, por ejemplo, la de artistas de la palabra, heterodoxos, etc., que es la de Quevedo, Larra, Valle-Inclán, Cela, Umbral. Y antes que ellos, quizá, el Arcipreste de Hita, y en pintura, Goya. Todo está relacionado, si se sabe ver. Los parentescos son constantes. Todos venimos de unos y vamos a otros: la muerte es una frontera de aire.

Me da la impresión de que en otros países, y en otras ciudades –sobre todo París, quizá-, los cementerios y los muertos tienen mejor prensa. Creo que nos equivocamos. No sólo venimos de ellos, y esto ya es suficiente, y son nuestros mejores maestros y valedores, sino que sus vidas cerradas son el mejor ejemplo, la mejor guía, absolutamente ejemplares, con sus errores por supuesto, tan humanos, tan vitales, la mejor guía para nuestras vidas, para nuestro viaje por esta tierra que algún día acabará, como les pasó a ellos, en el sitio en el que se encuentran. Cuánto se aprende visitándolos, qué gran lección de vida la de la muerte.

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Eduardo Martínez Rico
Fotografías: Daniel M. Sáez

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