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Lo que me imagino cuando pienso en la novela

Written by | 09/02/2019 | Comentarios desactivados en Lo que me imagino cuando pienso en la novela

El caballero aprieta las piernas contra su montura, levanta la espada por encima de su cabeza y se abalanza sobre el enemigo, al que decapita, ensarta o abre en canal. Un poeta épico, apartado (pero no lejos) del campo de batalla, observa las hazañas de su amo y las rima heroica, solemne, musicalmente en un papel. El caballero, después de lavarse la sangre de los otros en el agua del río, llama a su rapsoda y le ordena que le cante las estrofas de mayor angustia. El caballero sabe que morirá y que solamente quedarán esas líneas como testimonio de su paso por la vida. Y quien quiera saber de él deberá abrirse paso en el intrincado bosque de la ficción, donde crece, arrullado por las aves y fagocitado por alguna planta trepadora, el inconmensurable árbol de la verdad.

Lo contrario de la ficción no es la verdad. La ficción no es una mentira, sino una verdad inverificable. A estas alturas de la Historia ya sabemos que el león humilló la cerviz delante del Campeador, que la bonita milana descendía hasta el hombro de Azarías y que algunos molinos de la Mancha tienen muescas de antiguos lanzazos porque Don Quijote y Sancho Panza (como dijo el rector de Salamanca) son más reales que Miguel de Cervantes.

No he terminado el párrafo con Unamuno y con Cervantes de casualidad. Ambos dedicaron cientos / miles de páginas a afinar el silbido que atrajera hacia nosotros al huidizo pájaro de la libertad, esa ave de fuego en cuyo nombre nos está permitido matar (Cervantes), ese animal en llamas que, para existir, acaso requiera la inexistencia de Dios (Unamuno). El novelista tiene la obligación ineludible de escribir en libertad porque solamente de esa manera creará personajes libres. Ya es sabido que las criaturas de ficción, cuando no son libres, se rebelan contra el autor (Augusto intentando salir de la niebla) igual que el ser humano se revuelve contra Dios cuando, como dice la Biblia, no viene para dar paz, sino martillo.

El novelista comete un pecado mortal (penitenciado [cuando ya no esté in hac lachrimarum valle] con la ardiente caldera del olvido) en el momento en que escribe con la pluma orientada hacia el lector (esa borrosa sombra multiforme), cuando atiende las directrices de la editorial (esa impasible cosedora de párpados), cuando sigue el rastro de babas del comentarista literario (ese resbaloso limaco intelectual), cuando dispara su tinta hacia la agujereada diana del premio (ese abarrotado pozo de plumas fecales), cuando dice amén a ese encargo  que “no se puede rechazar” (esa manta que te descubre los pies cuando te tapas la cabeza / que te descubre la cabeza cuando te tapas los pies). La novela es una falla en el armazón del espacio-tiempo por donde se cuelan los dedos de la fantasía y levantan un mundo real (tanto como este que llamamos nuestro) en una dimensión diferente, pero hermana. El escritor (recipiente de este impulso creador) debe esforzarse en diseñar universos inexplorados, sin huellas que marquen caminos que llevan a sitios, infantilísimamente vírgenes, usando tan solo esos dos materiales de construcción que se adhieren entre ellos sin engrudo, como un improbable puzle de dos piezas: la libertad y la originalidad. El resultado de este experimento narrativo será un monstruo que repugna y que fascina, lo mismo que sucede en el tránsito de la vida diaria a la obra artística, ya que la belleza por sí misma solamente representa la moral.

El novelista es una criatura inmoral porque su tratamiento de la belleza no se atiene a las coordenadas del bien y del mal ni contempla ningún conjunto de normas encaminadas al adocenamiento de la sociedad. Y traicionará al lector que le pide más de lo de antes y alimentará de razones al que le odia y firmará un contrato de respeto eterno con aquellos que entiendan el principio básico de la literatura y le digan: «Escriba usted lo que le dé la gana».

La novela es una entidad cuántica. La novela contempla lo que no se ve y explica al ser humano desde lo no visible, desde la no localidad y desde el indeterminismo. El ser humano es inmensurable y alrededor del ser humano solamente habita el vacío existencial. De la misma manera que hablamos del «valioso vacío del átomo», debemos hablar del «valioso vacío del ser humano», ese abismo sin fin del que se ocupa la novela.

¿De qué habla El palacio de los sueños (Ismail Kadaré) sino del miedo que brota de la misma entraña del poder? ¿De qué otra cosa trata Ensayo sobre la ceguera (José Saramago) si no es de la corrosiva bacteria de la obediencia? ¿Cuál es el tema de Oh, esto parece un paraíso (John Cheever) si no el vértigo del presente que se nos escurre entre los dedos? De repente en lo profundo del bosque (Amos Oz) nos habla de la necesidad de romper las reglas para encontrar la verdad. Sin destino (Imre Kertezs) nos insta a preservar la memoria colectiva al mismo tiempo que la identidad individual. Cárdeno adorno (Katharina Winkler) nos sumerge en las arenas movedizas del dolor y de la injusticia. El defecto (Magdalena Tulli) nos sorprende con el poder de la clarividencia. Foxfire (Joyce Carol Oates) es la fuerza imparable que nace del desamparo. La persona deprimida (Foster Wallace) es una escalera que desciende al pozo del enfermo que chilla en un desierto. Spalovac mrtvol (Ladislav Fuks) es una luz sobre el rostro grotesco de la guerra. La presa (Kenzaburo Oé) solo necesita unas pocas páginas para retratar el horror del que nacen los ídolos.

Qoélet, en uno de los libros sapienciales de la Biblia, nos asegura que todo es vanidad bajo el sol. Está hablando del vacío existencial sin el cual el ser humano carecería de contorno y de silueta. Ese vacío insoportable que la novela, como hemos visto en los ejemplos del párrafo anterior, se encarga de llenar de inteligencia.

David Llorente

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