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‘Lolita’ en la librería de Mario Vargas Llosa y Francisco Umbral

Written by | 30 November 2017 | Comments Off

A propósito del estreno de la película La librería, escrita y dirigida por la cineasta española Isabel Coixet, basada en la novela de Penélope Fitzgerald, recordamos a Lolita de Vladimir Nabokov. Aunque en el film no se refleja con amplitud el verdadero “escándalo” que provocó este libro a nivel mundial, durante los años posteriores a su publicación, esta obra maestra fue la novela más polémica del siglo XX. Considerada como una de las más «complejas creaciones literarias de nuestro tiempo»[1], ha formado parte de muchas librerías y bibliotecas de lectores y autores, como Mario Vargas Llosa y Francisco Umbral. Novela calificada como «hito inaugural»[2], no solo universalizó a Lolita como personaje arquetípico de la historia literaria, sino rompió los paradigmas y concepciones de la sociedad en general e innovó una nueva definición para «la niña/mujer emancipada sin saberlo y símbolo inconsciente de la revolución de las costumbres contemporáneas»[3]. Vista desde la perspectiva actual, en Lolita confluyen el pasado, el presente y el futuro: «Sí, cumplidos los treinta, Dolores Haze, Dolly, Lo, Lolita sigue fresca, equívoca, prohibida y tentadora, humedeciendo los labios y acelerando el pecho de los caballeros que, como Hummer Hummert, aman con la cabeza y sueñan con el corazón[4]. Una novela clásica que ha dejado herencia y sigue dando frutos en el cine y en la literatura porque «el genio literario de Nabokov, ha dado nombre genérico a un personaje universal [y] «todos estuvimos enamorados de Lolita, que fue la dulce precursora de la mujer»[5]. Para ambos autores que han escrito sobre Lolita, ella no solo es símbolo, sino “semilla rubia” de sus huertos narrativos que ha dado nacimiento a un nuevo arquetipo de niña/adolescente/mujer en sus obras literarias, “nínfulas” o niñas-mujeres híbridas que rescatan la semilla de las “ninfas mitológicas”[6] portadoras de rebeldía, erotismo, embrujo e ingenuidad.

Desde su primer libro Tamouré (1965), Las vírgenes[7](1969), Las europeas (1974), Las Ninfas (1976) y en sus variados cuentos de Teoría de Lola (1977) Umbral proyecta a las adolescentes, españolas o europeas, de los guateques que se inician en el amor y en los bailes del momento como Lolita. En Mis mujeres (1976) traza el perfil de «la ninfa [que] nos lleva de la mano como Beatriz a Dante, por los infiernos, por los paraísos y por los purgatorios de más allá de la vida y del amor»[8]. En La bestia rosa, la relación de la adolescente efebo-andrógina Rimbaud con el adulto es, quizás, una de las mayores evocaciones a la novela. En Nada en domingo (1988), Flavia encarna a la niña/adolescente codiciada por un arquetípico personaje, un «Grock», cuya pasión no consumada nos recuerda al maduro seductor de Nabokov. En Spleen de Madrid, Umbral crea y recrea a la yogurina, un alter ego de Lolita, cuyo símbolo es el ombligo, como tatuaje de su «tribu urbana» que se divertía «a tiempo libre, no tiene problemas de feminismo ni machismo, pues los chicos de su generación se han educado en la misma pedagogía de la calle y la pastilla, de la noche y la goma»[9]. Aunque «Lolita era una sola y las del ombligo son todas»[10], en Travesía de Madrid y en otros libros ellas son las novias deseadas. En sí, sus personajes femeninos que recuerdan a Lolita aparecen en gran parte de sus textos narrativos y periodísticos.

En las obras de Vargas Llosa, el arquetipo de niña-mujer, interiorizado e implícito en los personajes de influencia nabokovniana está enfocado desde la mirada de un narrador omnisciente, por lo general, adolescente o adulto. Nos bastan dos ejemplos, La tía Julia y el escribidor, cuyas historias radio-teatrales de Pedro Camacho nos devuelven a Lolita parodiada, aunque detrás del telón prima la denuncia y la voz de las víctimas. El autor actualiza en cada niña-mujer, símbolo de la fruta prohibida cogida antes de madurar que todas llevan consigo en el espejismo de su literatura. En Travesuras de la niña mala nos inserta en el mundo miraflorino que representa el paraíso ambientado después de la segunda mitad del siglo XX. Es quizás el mayor guiño con que el escritor rinde homenaje a Lolita de Nabokov, a través de Lily, la arquetípica adolescente, un personaje polivalente que se transmuta a lo largo de la novela, sin embargo, sigue conservando la esencia seductora, frívola y encantadora de la ninfa/musa/Lolita. Además, otras protagonistas de distintos colectivos categorizados, bajo la compleja estructura socio-cultural y étnica del Perú y de Latinoamérica. Si la Lolita vargasllosiana lleva consigo el realismo crudo, el desencanto de un paraíso desestructurado, el transcurrir abrupto de cada etapa, en espacios distintos que se van desenredando del presente hacia el pasado, en un continuo círculo mítico del eterno retorno; la Lolita umbraliana retrata la década de los sesenta y, por lo general, la etapa de la transición española. Umbral la asocia con la criatura/fetiche: «Lolita, la niña/adolescente, es como todas las ninfas, el fetiche de la mujer que será»[11], aunque «era casi pornografía y hoy sólo es sociología»[12]. En sí, ambos autores rescatan no solo la sensualidad, la frescura de la fruta codiciada, la transformación de su cuerpo y de su mente, sino la esencia del perfil de niña-mujer que todas llevan consigo. Lolita transformó la mentalidad de las generaciones posteriores y generó una especie de revolución de la mujer, iniciada por las niñas: «Lolita, desde los oscuros tiempos de la posguerra mundial, ha conquistado la noche, las llaves de casa y mil duros, la píldora, la goma, el pastilleo y las películas»[13].

En suma, Lolita suscitó variadas connotaciones sociológicas, psicológicas y eróticas que devinieron en nuevos sentidos y dieron lugar a diversas obras alimentadas por esta fuente. Está claro la mujer siempre ha ofrecido plurales lecturas, tanto en la literatura, como en la vida real. Umbral parece adelantarse a esta época cuando plantea su teoría del ligue entre el maduro y la ninfa: «Lolita, hoy, se nos queda un poco vieja, porque sus sucesoras han crecido y han avanzado mucho [...] El ligue no es el adulterio ni el noviazgo ni el parentesco ni el idilio ni el romance ni el romanticismo. El ligue es una manera desesperada y urgente de saltarse el domingo haciendo de éste un lunes con pecado»[14]. En la actualidad, esta mirada parece acentuada a raíz de la era digital y aunque la nueva niña-mujer, la Lolita milenial diga que tiene el control del ligue, a través de twiter, whatsapp, instagram o facebook, lo que no puede controlar es al victimario, joven o maduro, que acecha en las redes sociales. Por ello, en este marco de violencia contra la mujer que, viene cobrando muchas víctimas es primordial recordar lo que muchos escritores han pregonado en su escritura: «la mujer es el recinto sagrado» de la sociedad.

Ana Godoy Cossío
Doctora en Literatura Hispanoamericana
Universidad Complutense de Madrid

 

[1] Mario Vargas Llosa. «Lolita cumple treinta años». La verdad de las mentiras. Penguin Random House, 2015, p. 301.

[2] Ibíd.

[3] Francisco Umbral. «Las Lolitas». Diario El País. Tribuna: Spleen de Madrid, 24/11/1982.

[4] Mario Vargas Llosa. «Lolita cumple treinta años». La verdad de las mentiras, p. 311.

[5] Francisco Umbral. «Lolita». Diario El Mundo, 13/05/1999.

[6] Roberto Calasso. La locura que viene de las ninfas. Estudios Políticos, Nº 12, cuarta época julio-septiembre, 1996.

[7] Francisco Umbral. Las vírgenes. Madrid: Azur, 1969.

[8] Francisco Umbral. Mis mujeres. Barcelona: Planeta, 1976, p. 281.

[9] Francisco Umbral. «Lolita». El Mundo, 13/05/1999.

[10] Francisco Umbral. «Lolitas». Spleen de Madrid, El País, 24/11/1982.

[11] Francisco Umbral. El fetichismo. Madrid: El observatorio, 1986, p. 91.

[12] Ibíd.

[13] Ibíd.

[14] Francisco Umbral. «El ligue». El Mundo: 13/05/1999.

 

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