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Los papeles del calabozo

Written by | 12/02/2010 | Comentarios desactivados en Los papeles del calabozo

Lástima que cuando uno rodea el mausoleo de Wilde se dé de bruces con una larga inscripción en la parte trasera que da la espalda a la avenida. Allí puede leerse, enmarcada en la losa que aplasta la tumba sobre la tierra, una profusa biografía de Wilde en la que resaltan, como dos puñaladas hendidas en la piedra, explícitamente, esta vez sí, los años de nacimiento y defunción. Sigue un versículo del Libro de Job que ensalza su elocuencia y su encanto personal: «Tras mi palabra no replicaban, y mi razón destilaba sobre ellos».

Y debajo, unos versos de La balada de la cárcel de Reading:

Y por él lágrimas ajenas llenarán la urna de la piedad,
rota desde hace tiempo,
pues quienes le guarden duelo serán los parias,
y los parias siempre están de luto.

A la vista de esa estrofa, que Wilde dedicó a un preso ahorcado en la prisión de Reading, parece como si recitara su propio réquiem, esperando que la muerte fuese a visitarle a su celda, temeroso de que sólo los presos asistieran a su entierro y de yacer para siempre en la tumba de un patio penitenciario.

La inquisición victoriana lo acusó de «indecencia grave» por sus devaneos homosexuales y su falta de decoro a la hora de soterrarlos en sociedad, y la corona tuvo que aplicarle la pena máxima, pues el caso tomó una magnitud tan desorbitada en la prensa que la simple sospecha de que al escritor se le diera trato de favor habría supuesto un peligroso problema de Estado. De este modo, la imprudencia del esteta le valió una condena de dos años de encierro y trabajos forzados que le minaron la salud y el alma, pero de la cual surgieron sus obras más elevadas y desgarradoras: La balada de la cárcel de Reading y De profundis.

El escritor apenas sobrevivió tres años a la cárcel, pero nunca perdió su vena sarcástica, incluso en el abismo. Buscó refugio en Francia bajo el nombre de Sebastian Melmoth, como el oscuro y desgraciado protagonista de la novela gótica de su tío abuelo, Charles Maturin, y finalmente recaló en París, alojándose en la habitación 16 del Hôtel d’Alsace, un edificio suntuoso en el Barrio de Saint Germain des Prés donde Wilde, durante sus últimos meses, estuvo muriendo por encima de sus posibilidades.

Hacia el final de sus días podía vérsele caminar solo por los bulevares parisinos, ebrio en ocasiones, buscando bajo las farolas, tras las esquinas, sobre los puentes, la alegría perdida que antaño solía bastar para prender el fuego creador de la literatura.

Poco después llegó la agonía, y el tálamo se volvió lecho de muerte.

Fue Robert Ross, amigo fiel y el primero entre sus amantes masculinos, quien pagó todas las deudas de Wilde y se hizo cargo de la construcción de su mausoleo en el cementerio del Père Lechaise. Mandó hacer, en su interior, un compartimento en el que reposaran sus propias cenizas junto a las del escritor inmortal cuando muriera. También de su autoría es la inscripción en la cara oculta de la tumba, que resulta ampulosa y excesiva, aunque bien pensado, a fin de cuentas, así era Wilde.

Tal vez Ross fuese la única persona que jamás lo traicionó, que supo amar al esteta más allá de sus poses estéticas, y acaso Wilde reconociera en esos ojos el brillo adamantino del amor verdadero. Por eso le hizo entrega de los manuscritos que con tanto celo había conservado durante sus años de encierro. Como único ruego, a sus carceleros de Reading les había pedido mantener consigo en todo momento, como una segunda piel, los papeles escritos en la penumbra del calabozo, a sabiendas de que serían quizá las últimas palabras que legaría a la leyenda que había despertado la imaginación de su siglo.

Y así fue.


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