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María España: «Cela y Umbral coincidían en no admitir a la gente convencional»

Written by | 02 June 2015 | Comments Off

María España posa junto al retrato de su marido realizado por José Díaz, del que se conserva una copia en la Biblioteca Nacional

Llegar a casa de Umbral es avistar una parte de su mitología, una personalidad legendaria. Es normal que un escritor que se definió como burgués y que dejó tanta memoria de sus días acabe dejando en su casa elementos incluidos en su literatura, convirtiendo el hogar en un museo de piezas de la propia obra. Allí encontré desde la virgen románica que aparece en La belleza convulsa a la mecedora que sirve de pretexto para un relato que preludió la creación de Mortal y rosa, también la famosa piscina que, en sus columnas, pasó por ser un improvisado vertedero de libros, los cuales arrojaba con desprecio, en parábola o se le caían directamente de las manos. Cuando atravieso el jardín para llegar a la casa observo una piscina triste cubierta por una lona.

La enorme cantidad de enigmas que plantea su literatura llevan inmediatamente a las preguntas, y aunque parte de la fascinación literaria sea favorecida por la oscuridad de los hechos, quizá sea hoy el momento de hacer (humildemente) unas cuantas. Naturalmente no me propongo desvelar nada, mejor así. Me recibe María España, compañera de Umbral y apoyo continuo para él que, aún en su ausencia, ha respetado el orden que el escritor puso entre las numerosas paredes y estanterías de la Dacha. La conversación comienza a raíz de un ejemplar de San Camilo en una edición que no conozco.

¿Cómo era la relación entre Cela y Umbral?

Se apreciaban mucho y se admiraban. A Cela, que era un hombre durísimo, le gustaba mucho lo que escribía Paco y lo serio que era con su profesión, y al revés, Paco había admirado muchísimo a Cela por muchas razones. También era un personaje peculiar, no era una persona corriente, era un talento que escribía muy bien y coincidían en no admitir a la gente convencional. Valoraba a las personas que trabajaban y la verdad es que hizo todo lo que pudo por él.

Él llegó a Madrid a principios de los sesenta, algo que ha contado en varios libros. En algunos, como la Trilogía de Madrid, narra los problemas que tuvo para establecerse, y en otros cuenta que en seguida tuvo protectores que le pusieron a trabajar.

Sí, por ejemplo en el Instituto de Cultura Hispánica encontró a José García Nieto, un amigo de Cela de toda la vida. Allí consiguió en seguida colaboraciones, aunque éstas le daban muy poco dinero. También para El Norte de Castilla de Delibes, al que enviaba cosas. Fueron Delibes y Cela los dos padres y protectores literarios de Umbral. Luego también trabajó en la agencia Colpisa, que dirigía Manuel Leguineche, al que Paco llamaba el periodista de las guerras, y esta etapa duró hasta que se hizo columnista de El País. Llegó a realizar colaboraciones hasta para veinte publicaciones distintas (Faro de Vigo, La Vanguardia…).

En Las señoritas de Aviñón hay al final una especie de desamparo del niño adolescente que lo ha perdido todo y se encuentra de pronto solo, parte de la familia ha muerto o está separada por la guerra.

La verdad es que, para Paco, el tener tantas cosas en su contra quizá le sirvió como impulso para hacer algo. Fue a una escuela municipal, no pudo estudiar una carrera y pasó la infancia en Valladolid viviendo con sus primos que sí estudiaron en un colegio de pago. Incluso allí mismo, en el hogar, había una diferencia que un niño claro que percibe. Eso sí, tuvo la suerte de tener una madre muy joven con inquietud literaria y que al trabajar en la biblioteca municipal encarriló sus gustos hacia lo literario.

¿Cuál era el trabajo de documentación que hacía Umbral para novelas como Madrid 1940 o Leyenda del César Visionario, donde narra hechos históricos?

Él leía directamente de autores que habían escrito sobre la época, políticos, cronistas o escritores que hubieran escrito sobre la posguerra por ejemplo. Tenía buena memoria y se lanzaba a escribir.

El entierro de Umbral fue un acontecimiento más político que literario, de política madrileña.

Bueno, esto es fácil de entender. Umbral venía respaldado por su periódico, El Mundo, y por Pedro J. Ramírez. Pero él tuvo amigos de todas las ideologías, como Tierno Galván o el padre Llanos, que tenían como amiga en común a Carmen Díez de Rivera. Con ellos tuvo una larga amistad. También se relacionó con Carrillo y con gente de la derecha, no tuvo reparos, y ellos tampoco a la hora de trabar amistad con él.

Con todo lo que hay en esta casa sobre Umbral (cuadros, libros y todo lo demás), ¿no se ha sentido abrumada en alguna ocasión?

Quizá con el paso de los años me haya dejado llevar un poco. Con los años me he ido quedando sola, pero claro, era un hombre al que yo admiraba mucho, al que había que admirar por todo el valor que demostró y su manera de ser. Siempre nos llevamos muy bien.

Es curioso ver cómo Umbral está continuamente cambiando su actitud en sus libros, e incluso dentro del mismo texto podemos ver a una persona muy sensible pero que en ocasiones se muestra muy cínica y dura con sus contemporáneos.

Depende de la persona que tenga en frente, claro, eso te lo he dicho al principio. Era una persona muy dura con la gente que no le interesaba y que no le aportaba nada, y muy considerado con la gente que admiraba, pero él, en sus columnas, ha escrito muy bien de mucha gente.

En el relato Manolete 1947, Umbral escribe de la muerte de aquel torero y figura nacional, algo que le ayudó a imaginarse a sí mismo como una gran figura en España… ¿Le gustaba algo de ese espectáculo a Umbral?

Fíjate lo que fue Manolete, un personaje muy particular, y sobre los toros él reconocía que era un espectáculo muy bonito, todo lo que le rodea como acontecimiento, pero una vez fuimos a Las Ventas, y aunque le gustó el comienzo, en cuanto empezaron a pinchar al toro no pudo soportarlo y nos salimos.

¿Cuál es el favorito de entre sus libros?

Un ser de lejanías, que me parece un libro muy especial, escrito de una forma muy particular y he podido ver que más gente comparte esto.

Sobre Mortal y rosa, me pregunto si no es extraño que un libro tan denso haya tenido esa aceptación entre la gente.

Yo creo que el tema llega a gente de cierta sensibilidad y ahí está escrito con mucho acierto lo que a mucha gente le gustaría poder decir. Pasa muchas veces cuando alguien escribe un buen artículo y pensamos: «cómo me gustaría decir eso». Algo así pasa con Mortal y rosa.

Alan Romero

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