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María Prado Mas: «La poesía no es una impostación de la lengua, sino un modo de sentir y estar en el mundo»

Written by | 16/04/2018 | Comentarios desactivados en María Prado Mas: «La poesía no es una impostación de la lengua, sino un modo de sentir y estar en el mundo»

María Prado Mas (Madrid, 1973) repite con Ediciones Torremozas para su segundo poemario, “La casa”. Doctora en Filología por la UCM, realizó su tesis sobre el teatro de Gertrudis Gómez de Avellaneda y desde el año 2004 es profesora de Lengua y Literatura en la enseñanza secundaria pública. Un comentario en la redes hecho por el cantautor Andrés Suárez difundió de manera inesperada su primera obra, “Cartografía del territorio imposible”.

En 2015 publicaste tu primer libro de poemas, “Cartografía del territorio imposible” ¿Desde cuándo escribes poesía?

Desde que me encontré con ese lenguaje, primero en las voces de mi abuela Concha y de mis padres, después en el colegio y, sobre todo, desde que en la adolescencia una profesora de Literatura, en el instituto, me enseñara y me prestara libros de poesía. Recuerdo como si los estuviera viviendo ahora los instantes en que leí por primera vez en el aula un fragmento de la Égloga primera de Garcilaso, el Asomaba a sus ojos una lágrima de Bécquer, los Sonetos del amor oscuro de Lorca, San Juan… y, sobre todo, Cernuda… que me regaló la sensación de que alguien a quien nunca conocería me hablaba precisamente a mí, y me descubría, de paso, más de mí misma que el resto de la vida que me rodeaba. En el instituto, oír aquellos versos fue como encontrar la lengua en la que no solo yo quería hablar, sino en la que descubrí que sentía el mundo.

¿La poesía está muy presente en tus clases de secundaria?

Está presente siempre…  pero en el aula es mi trabajo pendiente: transmitir lo que es la poesía a mis alumnos y alumnas… pero el desprecio inicial que sienten, por su creencia en la dificultad del lenguaje poético o sus prejuicios acerca de los contenidos, me echa tanto para atrás que hay años en que renuncio a ese intento…porque me duele demasiado esa batalla… que, además, se enmarca en unos planes de estudios que no acompañan, precisamente, una dedicación en profundidad a este tema. Pero mi objetivo es que me crean y puedan leer poesía y sentirla con facilidad, que descubran que no es una impostación de la lengua sino un modo de sentir y de estar en el mundo, a menudo más cercano y directo que ningún otro. Algo hacemos regular para que lleguen con tanta reticencia a la poesía… no podemos quedarnos solo en que midan versos, porque entonces se quedan fuera… En el aula, además, sucede que siempre hay estudiantes que no destacan en otras cosas de las clases y en poesía no solo se emocionan sino que la sienten y la entienden más rápido que los demás… y eso es una enseñanza inmensa que puede ofrecer la poesía sobre las distintas capacidades de cada cual y el camino en el que debería andar la educación: sacar de ti lo mejor y lo que más feliz te haga.

En tus dos poemarios es muy notable la presencia de lo cíclico, de lo estacional. Aparecen primaveras, lluvias, noches que preceden a amaneceres… De hecho, la idea aparece, en toda su complejidad de vida y muerte, en toda su paradoja, en el monumental poema con el que cierras tu segundo libro, “La casa”.

Sí. A mí me gusta mucho la naturaleza y una de las cosas que más me gusta de ella es la observación precisa que nos permite del ciclo vital y que, en los seres humanos, vemos con mayor dificultad porque es más lenta. El tiempo y nuestro paso por él es algo repetido en la poesía y en el pensamiento, cómo no escribir sobre la decadencia de los cuerpos y de las capacidades cuando has estado en la cumbre de la fuerza, de los deseos, de tu propia belleza… cuando tienes un hijo o una hija que crece y un padre y una madre que envejecen… y frente a tu balcón un árbol cuyas hojas en primavera aparecen por sorpresa y te ocultan la fachada de en frente durante el verano y luego van desnudándose y volviéndote a dejar ver la piedra en otoño e invierno… A veces ser ciclo concede cierta paz, sentirte nada necesaria, sentirte una pieza más de la maquinaria maravillosa que es vivir, y a veces, por el contrario, nacen las angustias y el desasosiego. Pero a mí, en general, me da paz saber que pasaré como los árboles o la hierba y que el mundo seguirá sin mí tranquilamente. Si sobre todo esto hubiera un dios, el sentimiento de ciclo no tendría este sentido, claro.

Otro motivo recurrente en “La casa” es la infancia, y ya en tu anterior poemario estaba presente aunque no tuviera el peso que tiene aquí. De hecho, las dos portadas, aun siendo muy distintas, comparten esas evocaciones infantiles y adolescentes.

Tampoco es nada original volver a la infancia. Mi infancia estuvo llena de cosas maravillosas que añoro, por eso la miro muchas veces. Y de cosas que no valoré en su momento y que tengo que valorar ahora, por eso las miro una y otra vez. Me intriga la recuperación de los recuerdos, por qué unos se ocultan y otros brotan, por qué unos nos acompañan siempre y otros nos abandonan… las capas de impresión que quedan con más fuerza sobre esa primera tierra de la memoria, y que son las últimas en abandonar a quienes la pierden, me parecen el tesoro, el código que descifra nuestro ser, nuestra luz y nuestras miserias.

Hablemos ahora de la presencia del amor, que es el eje central de éste y de tu anterior libro. ¿Crees que alguna vez escribirás un libro cuyo tema principal sea otro?

Ummm…es que no sé si yo tengo un modo de relacionarme con el mundo que esté despojado por completo del amor… Me estremece la vejez, que tiene que ver con el tiempo, me estremecen el mar, la enfermedad, mirar la grandiosidad del cielo y sentir que somos un diminuto punto del universo; me estremece el desgaste de la suela de un zapato querido… Pero pienso que todo lo que me produce un sentir poético del mundo, en el sentido de que me lleve a la escritura (mía o de otros u otras) tiene que ver con el amor… está pasado por unos ojos que aman algo o lo han amado y sienten a través de ese amor la pérdida, la alegría, la pequeñez, la grandiosidad, el miedo, la belleza… pero, si te refieres a alejarme del amor de pareja o el enamoramiento, estoy segura de que sí. Hace años que se me mueve escribir sobre las enfermedades mentales, por ejemplo, sobre el rechazo que despierta en muchas almas lo distinto, sobre la naturaleza… Pero no sé si ni siquiera entonces seré capaz de no sentirlo o trazarlo todo atravesado de amor.

Déjame preguntarte por un elemento más que reaparece en tus versos: los pies. ¿Se puede saber qué tienes tú con los pies?

Ser el final de nuestro peso, el sostén, no es poco. Me parece que tienen mucho trabajo y que se les agradece y embellece poco. Somos muy conscientes de todo lo que hacemos con las manos, y mucho menos de todo lo que hacemos con los pies. Esa desatención unida a su mucho trabajo y a algunas dificultades que yo he tenido en mi caminar, por lo que he tenido que mirarlos más de lo que se los suele mirar, más quizá a la impresión, en mi niñez, de la deformidad de los pies de mi abuela Concha por su artrosis y de mi tía Loli, y a lo bellos que me parecen los pies bonitos, me hace fijarme en ellos más de lo que es habitual. No me había dado cuenta…

Emily Dickinson, Cernuda, o más puntualmente, Hierro, resuenan en tu obra. ¿Percibes esa huella cuando escribes, o bien la percibes con posterioridad, al leerte? ¿O acaso la poeta noquea por completo a la filóloga?

No la percibo nunca cuando me leo… y me ilusiona que se perciban en mí. Los tengo asumidos en mi ser, no en mi escritura. En mi vida. Son compañeros, compañeras, algunos más que muchas de las personas que me rodean, así que me encanta pensar que están en mí más acá de mi consciencia. No los coloco ahí, es que salen de mí como las palabras que heredé de tanto oírlas o que escogí porque me gustaban. Cernuda me acompaña desde la adolescencia y encontré en él, como en Bécquer, la compañía de unos años en los que el mundo no me acompañaba, y me sentía tan cerca de ellos vivos como si estuvieran durmiendo en la misma habitación que yo… Me enseñaron mucho de lo que yo sentía hacia el mundo y de lo que me hacía sentir el mundo. A Emily Dickinson la encontré más tarde, hace diez o quince años, y volvió a enseñarme una parte de mí misma que desconocía. Es como si una viviera con partes de su ser en la sombra y llegaran ellos y ellas y encendieran la luz de esa parte de ti y solo desde entonces empezaras a vivir con esa parte tuya que ni tú conocías… Después de a mi madre y mi padre, a esas presencias debo mi vida en cuanto a saberme y ser lo que soy.

Elena Prado

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