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Marina Casado: «Hoy los críticos tienen a Rafael Alberti prácticamente abandonado»

Written by | 22 July 2017 | Comments Off

Este año se cumplen cuatro décadas desde el retorno a España de Rafael Alberti, poeta que pasó media vida en el exilio después de que la II República fuera derrotada en la Guerra Civil. Alberti, icono de la legendaria Generación del 27, estuvo muy de moda durante la Transición. Sin embargo, la crítica parece haberlo arrinconado progresivamente hasta llegar a la situación actual, en la que apenas aparecen estudios sobre su obra. Siempre hay honrosas excepciones y una es el libro que acaba de publicarse en Ediciones de la Torre: La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio íntimo en su obra. Su autora, Marina Casado (Madrid, 1989), es periodista, poeta y Doctora en Literatura Española. El libro surge, precisamente, de su tesis doctoral, defendida ante un tribunal de la Universidad Complutense en diciembre de 2015 y por la cual obtuvo la calificación de “Sobresaliente Cum Laude”.

Luis H. Ortega

¿Por qué escogiste la obra de Rafael Alberti como tema para tu tesis doctoral? ¿No temiste que estuviera muy “trillado”? Me refiero a que todo el mundo conoce a Alberti.

En realidad, no fue mi primera opción. Tenía en mente profundizar en Luis Cernuda, mi poeta de cabecera, pero revisando el estado de la cuestión me percaté de la proliferación de estudios sobre la obra de Cernuda en los últimos años. Desde su centenario en 2002, Cernuda ha ido revalorizándose hasta el punto de alcanzar el lugar que se merece en la crítica actual. Se habla de él como “el mejor poeta de la Generación del 27”. Con Alberti ha pasado lo contrario: empezó muy fuerte en los años de Transición y hoy los críticos lo tienen prácticamente abandonado. Comprendí que es tarea de las nuevas generaciones de investigadores reivindicar su obra y su figura y quise dar uno de los primeros pasos, porque su obra me ha fascinado desde siempre.

No es cierto que se conozca a Alberti: el lector medio conoce su Marinero en tierra y, como mucho, Sobre los ángeles. Pero su obra ocupa casi un siglo y a lo largo de su trayectoria ha explorado numerosísimas corrientes y escuelas: desde el neopopularismo hasta la poesía erótica, pasando por el neogongorismo, el surrealismo y la poesía de compromiso político. Tenemos propuestas tan originales como su poemario A la pintura, un magnífico homenaje al otro arte que él mismo desarrolló, porque fue pintor antes que poeta. O Cal y canto, a caballo entre el culteranismo gongorino y la vanguardia más arriesgada. Por citar dos ejemplos. Pero hay muchos más…

Mi trabajo constituye una revisión de su obra poética y parte de su obra teatral desde un punto de vista novedoso. Cuando pensamos en Alberti vemos a un poeta alegre y luminoso, que es el mito que se ha construido sobre él, pero, en realidad, era una persona melancólica, en determinadas etapas incluso atormentada, como bien se refleja en su poesía.

¿Esta idea es la que tratas de mostrar en el título del libro? ¿Qué es la “nostalgia inseparable”? ¿Y el “exilio íntimo”?

La “nostalgia inseparable” es un concepto acuñado por el propio Alberti en uno de los poemas que forman parte de su libro Baladas y canciones del Paraná, titulado “Balada de la nostalgia inseparable”. En él, registra ese constante cambio heraclíneo de las cosas: cómo todo va cambiando a cada instante y cómo constantemente puede echar de menos a las personas, a los lugares, antes de que cambiaran, en una etapa a la que ya no pueden regresar. A lo largo de su vida, el poeta experimenta continuamente dicho sentimiento: extraña una suerte de “paraísos perdidos” que son El Puerto de Santa María —su pueblo natal— de su infancia, el Madrid de antes de la guerra, incluso las tierras de su exilio, una vez regresado a España.

La consecuencia de esta nostalgia inseparable es lo que he llamado “exilio íntimo”: Alberti, antes de ser un exiliado español tras la Guerra Civil, ya llevaba otro tipo de exilio en el corazón. Esa constante maldición de la nostalgia, de echar de menos paraísos inaccesibles, cercados por el tiempo, lo condujo a una sensación de insatisfacción con los años que le tocaba vivir. O sea, podría decirse que fue un exiliado de su presente.

¿Podrías relacionar alguno de estos episodios acuciantes de nostalgia con su obra poética?

De hecho, podrían trazarse los ejes de su obra a partir de estas etapas. Marinero en tierra es la nostalgia por el pueblo de su infancia, El Puerto de Santa María, y la constancia del fin de ese mundo de fantasía, de sirenitas, de mercados submarinos que habitaban en su imaginación infantil, devastados por la modernidad y la adultez. El ciclo surrealista de Sobre los ángeles y Sermones y moradas, a los que habría que añadir la obra de teatro El hombre deshabitado, constituyen el reflejo palpable de una profunda crisis vivida por Alberti en torno a los veinticinco años, en la cual se sintió fracasado en todos los terrenos: el sentimental, el académico, el profesional… La nostalgia de España durante su exilio argentino e italiano lo condujo a escribir obras como Pleamar, Retornos de lo vivo lejano o Baladas y canciones del Paraná. Y existe una última nostalgia, terrible, que se desarrolla a su regreso a España, cuando se siente en un país ajeno, que no es el que recordaba. Escribe entonces Versos sueltos de cada día y Los hijos del drago.

Hay otro concepto en el título de tu libro al que todavía no hemos aludido, aunque seguramente esté relacionado con los anteriores. Me refiero a la oscuridad. ¿Qué hay de oscuro en la obra de Alberti?

La oscuridad aparece en su infancia, desarrollada en un contexto profundamente religioso. Tenía una familia muy beata y recibía una educación jesuítica y estricta en el colegio San Luis Gonzaga, de El Puerto de Santa María. La religión católica fue para él, desde siempre, un elemento coartador de su libertad, de su alegría; algo que constantemente lo reprimía, lo atemorizaba, lo vigilaba. Ese terror infantil cristalizaría en un profundo anticlericalismo que refleja a lo largo de toda su obra, por lo que influye mucho en su personalidad poética.

Su propia vocación literaria surge, precisamente, de otro tipo de oscuridad, más devastadora incluso, que es la muerte del padre en 1920. Su primer poema lo dedica al padre recién fallecido. Hasta entonces, había luchado por ser pintor.

La oscuridad es también aquello que invade su presente cuando se halla en pleno ejercicio de la nostalgia por los pasados perdidos y añorados. Se puede decir, por tanto, que la oscuridad es la otra constante en su obra. Sin embargo, la combatió siempre con una vehemente búsqueda de la luz, de la esperanza. Su poética es, en cierto modo, como el girasol: siempre buscando la luminosidad extinguida, segura de que permanece en algún rincón del tiempo venidero.

Con el carácter tan dilatado y tan profundo que parece poseer la obra de Alberti, ¿cómo es posible que la crítica lo haya arrinconado en los últimos años? ¿Qué crees que ha pasado?

Lo cierto es que resulta muy lamentable encontrar, en congresos o contextos académicos o universitarios, caras largas y escépticas cuando digo que estudio a Rafael Alberti. Creo que hay un cúmulo de razones que podrían explicar este repentino desinterés. Por una parte, el elemento de la moda, tan caprichoso a veces y tan presente en la crítica literaria. El aspecto político también tiene mucho peso. No olvidemos que Alberti fue militante del Partido Comunista y nunca dejó de reflejar su compromiso político y social en su obra. El comunismo no es ahora tan popular como lo fue durante la Transición, cuando la gente tenía ganas de liberarse después de cuarenta años de dictadura. Hay críticos que le dan más importancia a esta faceta política que a su propia obra poética.

Otro asunto es el hecho de que Alberti fue el último miembro de la Generación del 27, sin contar a Pepín Bello, que no publicó nunca. Alberti murió en 1999 a los noventa y siete años y escribió casi hasta el final. Por tanto, está muy próximo en el tiempo y tal vez todavía no se ha revestido de esa distancia temporal, reverencial e idealizada, que conceden los años. Yo solo tenía diez recién cumplidos cuando escuché la noticia por la radio. Por eso, creo que mi generación y las generaciones posteriores de investigadores tienen un papel muy importante a la hora de estudiar y revisar la obra albertiana, porque nosotros ya no contamos con esa coincidencia temporal que parece frenar a algunos de nuestros colegas mayores. Siempre es más fácil profundizar desde esa distancia.

En tu caso, ¿te sientes muy lejana a Alberti? Me refiero esta vez a tu faceta no ensayista, sino poética. Ahora le pregunto a la Marina Casado autora de dos poemarios: Los despertares (Ediciones de la Torre, 2014) y Mi nombre de agua (Ediciones de la Torre, 2016).

Bueno, siempre he tenido un vínculo especial con Alberti, incluso antes de empezar la tesis. Encuentro muchos elementos en común: la nostalgia, el terror al paso del tiempo, la presencia constante de ese mar de Cádiz en los versos… Yo veraneo en Cádiz desde niña y he podido familiarizarme con los paisajes albertianos, hacerlos míos de algún modo. Los azules, los blancos gaditanos, constituyen en mi propia poética un refugio atemporal que combate el presente, aciago en muchos momentos. En mi segundo poemario, Mi nombre de agua, Cádiz cobra gran importancia en una de las secciones, incluso le dedico un poema a Alberti. De él también he aprendido la necesidad de escribir poesía no para mí misma, sino mirando más allá. Como él dijo: “No es más hondo el poeta en su oscuro subsuelo encerrado. Su canto asciende a más profundo cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres”.

 

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