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Crítica: ‘Medea’, de José Carlos Plaza: la tragedia feminista de Ana Belén

Written by | 23 December 2015 | Comments Off

 

Desde el 18 de diciembre hasta el 10 de enero, recala en el Teatro Español de Madrid la tragedia griega Medea, protagonizada por Ana Belén, dirigida por José Carlos Plaza y producida por Pentación y el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, donde se estrenó este pasado verano.

Vicente Molina Foix, Premio Nacional de Narrativa, firma el texto de esta Medea partiendo de los originales de Eurípides y Séneca, con matices de las versiones de Apolonio de Rodas y de Ovidio. Sobre el papel, el resultado es magnífico, aunque quizás adolezca de un preámbulo demasiado extenso. Éste sirve para introducir las líneas maestras que definen el mito previo de la epopeya de Jasón y los Argonautas: su búsqueda del Vellocino de Oro, el enamoramiento de Jasón y Medea en la Cólquida, la traición de Medea a su padre y el accidentado viaje en la mítica nave Argos hasta llegar a Corinto, donde reina Creonte, con cuya hija desea que se una Jasón en matrimonio. Los elementos que desencadenarán la tragedia se explican, pues, con claridad, pero su profusa vocación pedagógica, en escena, se traduce en un cuento de hadas que Medea y la Nodriza cuentan a los niños, situación que no admite demasiados recursos dramáticos, y los escénicos se limitan a algunos juegos de iluminación, humo, efectos de sonido y proyecciones de vídeo sobre los muros.

Transcurrida casi una hora, la cronología vuelve a centrarse en el presente y en el escenario, gobernado por un gran portón dorado al fondo, una gran roca en un lado, y al otro, en primer término, un montículo con un árbol en su cúspide. Medea se encuentra con Jasón, que le comunica que debe casarse con la princesa Creúsa de Corinto para asegurar la fortuna de sus hijos en común. Ella, enamorada, apela a la sagrada providencia del amor. Ellos y sus hijos podrán arreglárselas sin las riquezas de la casa de Creonte. Sin embargo, Jasón no parece enamorado ya de Medea y el casamiento es inevitable. Desde ese momento, Medea, a instancias de sus sentimientos de desamor y traición, comienza a urdir el pecado más descarnado imaginable no sólo contra Jasón y Creonte, sino contra sí misma.

Medea simboliza la mujer como fuerza imparable de la naturaleza, capaz de engendrar vida y propiciar las obras más altas, pero también de convocar la muerte y destruir hasta los cimientos todo lo que ha sido previamente creado. Como en toda tragedia, Medea es víctima de su ánimo elemental. Por su amor a Jasón traiciona a su padre para ayudar a los Argonautas a conseguir el Vellocino de Oro, por su amor a Jasón planea el despedazamiento de su hermanastro para que el Argos escape de la Cólquida, por su amor a Jasón conspira para que las propias hijas del rey Pelias de Yolco cometan parricidio para recuperar el trono que correspondía a Jasón. Medea encarna el arquetipo femenino que pervierte el orden natural de las cosas: la muerte que construye milagros sobre el terreno quemado. Toda esta muerte servía a un único propósito: la gloria de Jasón, a quien ama con generosidad rayana en la locura. Pero cuando Medea descubre que el amor de Jasón no era sino mero interés práctico, la muerte pierde su propósito y se manifiesta torrencial y arbitraria, tal como siempre debió ser, restituyendo así el equilibrio a la naturaleza represada. De este modo, Medea, por su amor a Jasón quema viva a la princesa Creúsa y por su amor a Jasón Medea sacrifica los frutos de su vientre.

Por todo esto, se echa de menos algo más de desgarro en la dirección actoral. A pesar de representar personajes trágicos, los actores se muestran contenidos y tibios en la manifestación de su angustia y su desesperación. Incluso Ana Belén, que ejecuta su protagonismo con buen oficio, únicamente crispa los dedos en un par de ocasiones. Se tiene la sensación de que la obra ganaría empaque con un coro más numeroso. Como es normal, para Ana Belén fueron los aplausos más sonoros al apagarse las luces. También fue muy celebrada la actuación de Consuelo Trujillo como anciana Nodriza, un papel muy alejado de la edad de la actriz, que a lo largo de toda la obra sirve de interlocutora a Medea.

En su enfoque sobre la venganza, la Medea de Molina Foix se acerca más a la versión sombría de Séneca que a la de Eurípides, pero en sus últimas páginas, la perspectiva que proyectan tanto el texto de Molina Foix como la batuta de José Carlos Plaza es unánimemente feminista, alejándose de la tradición grecolatina. Con frases como «Voy a ser la mujer que no sufre más. Medea será vuestro recuerdo de Medea», con las que se cierra el monólogo final de Ana Belén y concluye la obra, parece como si se buscara a toda costa la redención de Medea como una suerte de «madre coraje» invertida. Eso se advierte también en la elección del vestuario de Ana Belén: al principio su vestido es rojo, en el segundo acto cubre su hábito blanco con una bata carmesí para, cuando comete el asesinato de sus hijos, despojarse de ella y quedarse sólo con un camisón blanco. El crimen la purifica, con lo que podría pensarse que sus actos están justificados. Por el contrario, para Eurípides todos son víctimas, Medea más que nadie. El final de la tragedia de Eurípides no significa el final del sufrimiento de Medea, tal como declama ésta en la versión de Molina Foix, sino el comienzo de su verdadero viacrucis, porque tendrá que convivir con su conciencia para siempre.

Javier Redondo Jordán

 

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