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Mi barrio en la memoria

Written by | 13 June 2015 | Comments Off

Cuentos de barrio y estío es el libro de un espacio y un tiempo. El tiempo es el verano –alguna vez la primavera–, en el que las horas transcurren plenas, y el espacio es el barrio en el que crecí y en el que empecé a construirme como persona. El barrio de mi libro (el Poblado Dirigido de Orcasitas) podría ser cualquiera de los barrios de la periferia de Madrid que el desarrollo y el crecimiento de la ciudad fueron ganando a los cuatro puntos cardinales en los años sesenta del siglo pasado, acogiendo a miles de inmigrantes de todos los lugares de España que llegaron a la capital buscando una vida mejor: hombres y mujeres que fueron capaces de hacerse a sí mismos y entregar una vida más fácil a quienes vinimos después. Quizá por eso mi barrio me deparó el aprendizaje de algunos de los valores que configuraron mi personalidad. En las calles de mi barrio, donde todas las madres velaban por todos los niños, aprendí el valor del afecto y la protección; en el ejemplo de los hombres y mujeres de mi barrio y en el estímulo de los profesores de mi colegio aprendí el valor del esfuerzo y la tenacidad en todos los tiempos, y sobre todo en los difíciles. En mi barrio aprendí también una lección de dignidad, solidaridad y superación cuya historia ya ha quedado sobradamente escrita y reconocida.

La infancia de un niño de un barrio periférico del Madrid de los años sesenta distaba mucho de ser un bálsamo. Eran tiempos más primitivos; acaso, si se quiere, un punto más bárbaros, pero estoy seguro, porque he visto pasar el tiempo y sé lo que ha traído, de que en los niños y en los mayores de entonces había un poso de nobleza que se sobreponía a la ira e incluso a los tremendos e incomprensibles rencores que a veces se abonan sin saber muy bien cómo ni por qué. Creo que eso se debe, entre otros, a algunos factores estrictamente físicos que justificaban un modelo concreto de convivencia. Uno de ellos era que en aquellos bloques no había ascensor, y eso propiciaba una relación más inmediata y constante entre los vecinos que, para lo bueno y para lo malo, venían obligados a saludarse, tolerarse y conocerse por la vía del encuentro diario; otro era que el barrio, precisamente por su condición periférica, ofrecía a los niños espacios tan mágicos para el juego como aquellos amplísimos solares en los que la sorpresa surgía en forma de lagartija, pájaro, charco o cardo borriquero, que iban apareciendo ante nuestros ojos ávidos y atentos como raros tesoros en el vasto territorio de la aventura permanente.

Esa peculiar geografía se vio alterada como consecuencia de la reconstrucción de mi barrio tras su forzosa demolición y también como consecuencia del crecimiento urbano de todos los barrios próximos. De ahí que las peripecias que narran estos cuentos se hayan gestado en un espacio que ya no existe, y quizá por eso la reconstrucción que ha acometido mi memoria haya acabado recreándolo con ingredientes que van adquiriendo un halo simbólico. En cierto sentido el universo que retoma estos cuentos es una forma de no perder nunca la realidad que los alumbra. Me sorprende la nitidez de mi recuerdo de ese viejo barrio que ya no existe y que persiste en mi memoria como una fotografía imborrable que a veces se sigue manifestando en las revelaciones que traen los sueños.

Salvo el caso de “Insolidario”, que responde a otro planteamiento, todo lo que narro en este librito sucedió en realidad, pero no siempre sucedió exactamente así. Por concretar y dejarlo más claro, casi todo lo que encierra Cuentos de barrio y estío (Madrid, Pigmalión, 2015) me llegó a suceder, pero no siempre me sucedió exactamente tal como lo cuento y en algunos casos no me sucedió a mí pero muy bien podría haberme sucedido. La realidad, en todo caso, es aquí lo de menos. Lo que importa es el tamiz de la ficción, que filtra el recuerdo amable o atempera el dolor de lo que pasó, porque en estos cuentos también hay dolores que en su momento fueron vividos con la intensidad con la que un niño vive lo que duele, lo que alegra y lo que consuela. No hace falta inventar demasiado cuando uno recrea su infancia. El universo de Peter Pan creado por James Barrie demuestra que la infancia es en sí misma una aventura única. Esta es la aventura única que cuenta este libro.

Santiago A. López Navia

 

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