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Crítica: ‘Mi sobrino el concejal’ y los beneficios del cáncer

Written by | 16/10/2012 | Comentarios desactivados en Crítica: ‘Mi sobrino el concejal’ y los beneficios del cáncer

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Ante la noticia de que un sobrino acaba de ser nombrado concejal, un matrimonio organiza una cena con el fin de convencer a éste para que coloque en un puesto del ayuntamiento al hijo de la pareja, un joven sobrado de estudios universitarios y másteres, aunque con poca perspectiva de futuro, y para que de paso otorgue un par de concesiones urbanísticas a la empresa constructora del padre para salvarla de la quiebra.

Ésta es la premisa de Mi sobrino el concejal, comedia delirante que desde el pasado mes de junio se representa en la Sala 2 del Nuevo Teatro Alcalá (C/ Jorge Juan, 62). Escrita por Concha Rodríguez y dirigida por el grupo Sube al Escenario, su reparto cuenta con conocidos y solventes rostros televisivos como Chema del Barco, Berta Ojea, Víctor Sevilla y Fede Rey.

Con un humor histriónico y sainetesco, la obra, de contenido social explícito, retrata dos de los temas más penosos que ocupan las portadas de los periódicos de nuestros días. Por un lado, la corrupción de la política a baja escala, ésa de concejales y empresarios, de cohechos y ladrillo, de sobres y burbujas, de puros, putas y jamón, de cheques en blanco a cambio de dinero negro. Por otro, la incapacidad laboral y el desencanto de los jóvenes, defraudados ante la promesa con que sus padres, participando sin quererlo en la gran estafa generacional del sistema, los habían educado: que la fortuna sonreirá a los que estudian. Mi sobrino el concejal presenta, de este modo, a una víctima más del engaño: Marcos, interpretado por Víctor Sevilla, un chico que después de haber desperdiciado sus años de juventud entre libros y facultades, tiene que transigir con que sus padres, quizá conscientemente responsables de su desgracia, mendiguen un trabajo para él al sobrino concejal.

Es en este planteamiento donde surge un componente inesperado que requiere cierta reflexión. Es la familia, en este caso, la que trata de corromper al aprendiz de político mediante argucias y, en última instancia, de coaccionarlo para solucionar sus propios problemas. De esta manera, el cándido concejal, con la cabeza todavía llena de idealismos y vocaciones de servicio a la ciudadanía como concepto abstracto, se ve arrinconado enseguida por las servidumbres de lo mundanal, lo inmediato y lo concreto, como si sólo fuese un eslabón más de una cadena cancerígena de decadencia moral que ya existía antes de su llegada a la concejalía y le sobrevivirá cuando tenga que abandonar el cargo. Así las cosas, cabe preguntarse si es en verdad la política la que corrompe a quienes la ejercen o si ésta no es más que otro instrumento, como tantos otros, que sirve a propósitos humanos, cuya naturaleza es inherentemente corrupta.

Y si la política es, cuando menos, cómplice de ese gran timo a la sociedad que los jóvenes padecen hoy, como todo parece apuntar, también es espejo que la muestra tal como es, con toda su desnudez y crudeza. La juventud pide explicaciones, se reúne en plazas y se manifiesta a las puertas del Congreso. Demandan lo que se les prometió desde pequeños. Han estudiado, entonces ¿por qué no pueden acceder a los puestos laborales que exige su nivel universitario? Quieren una parte del pastel, como todos. Muchos de ellos reniegan del sistema, pero no les duelen prendas cuando de extender la mano se trata, como niños que pidieran la paga semanal a sus padres. Se les ha engañado y reclaman una indemnización. No conciben haber nacido en el seno de un mundo injusto. Un pensamiento típicamente infantil, por cierto. De este modo, en lugar de buscar una solución fuera del sistema para escapar de su influencia tóxica, los jóvenes, al igual que los personajes de Mi sobrino el concejal, pretenden saldar responsabilidades ensuciándose las manos de podredumbre, hozando entre las ruinas, carroñando lo poco que pueda quedar de los beneficios del cáncer.


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