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India (XXV): Miel en los ojos

Written by | 21/01/2008 | Comentarios desactivados en India (XXV): Miel en los ojos

Hoy me he acordado de Darjeeling. Cuando he ido a lavarme las manos en el lavabo he notado un vacío, algo que faltaba. A veces la coraza de la rutina puede llegar a romperse por un pequeño detalle sin importancia, de repente algún resorte del mecanismo de la normalidad deja de funcionar. Hoy, por primera vez, he reparado en que mis pulseras habían desaparecido. Entonces me ha asaltado el recuerdo de la India, de Darjeeling… y de aquella chica con miel en los ojos.

Las pulseras se desprendieron hace unos días de mi muñeca. Una de ellas era el famoso pasaporte de Pushkar que los pícaros de aquel pueblucho, uno de los cinco lugares de peregrinación santa del hinduismo, insistían en colocar, a cambio de unos cuantos cientos de rupias, a todo rostro pálido que pusiera los pies en el recinto de templos alrededor del lago sagrado. La otra pulsera provenía de Calcuta, del templo de la diosa Kali, donde intentaron timarme, como siempre. La mayoría de los rituales que los sadhus, monjes hindúes, celebran en presencia de los extranjeros son ritos de bendición, a veces acompañados de bautismo si éste tiene lugar en un ghat a orillas de un río o un lago. Los componentes finales de estos rituales son la ofrenda de flores al dios, la quema de incienso y el sello litúrgico, que se cierra simbólicamente con una pulsera de hilo trenzado con los colores sagrados rojo y azafrán en la muñeca de quien recibe la bendición. El monje te advierte de que este sello no debe romperse bajo ningún concepto, pues sólo cuando se desprenda por el desgaste del tiempo culminará el ritual de bendición. Con el paso de los meses ambas pulseras se fueron fundiendo, trenzándose entre sí, aflojándose, desgastados ya los colores luminosos originales, hasta que un día, al remangármelas para lavarme las manos, se cayeron muertas al suelo. El círculo se había cerrado.

Cuando hoy iba a remangarme las pulseras, un acto mecánico que venía haciendo desde hacía meses, me he topado con su ausencia, con el brazo desnudo. Y su ausencia me ha evocado la memoria de aquella hermosa chica de Darjeeling. Cómo olvidar su cara iluminada, su gesto fruncido de curiosidad, preguntándome por aquellas pulseras, clavándome su mirada inocente de ámbar, en aquel cementerio asomado al abismo blanco del Himalaya…

Aislada del mundo, recortándose sobre un lienzo azul al socaire del espinazo blanqueado de nieves eternas del Himalaya, y sobre la falda de una montaña fecunda de exuberancia y verdor, descansa plácida y sublime, y observa el mundo desde la altura de las nubes, la ciudad de Darjeeling.

No en demasiadas ocasiones, a lo largo de sus viajes, da uno con paraísos en la tierra como esta escarpada población de montaña, copada por cientos de hectáreas de plantaciones del celebérrimo té homónimo por el que Darjeeling es conocida. Lejos quedan las desérticas planicies y los cultivos baldíos castigados por el sol y la sequía de la mayor parte de la India, país al que, por cosas que sólo atañen a los hombres, pertenece Darjeeling. Y digo que es sólo concerniente a ojos de los hombres tanto por su condición de edén terrenal, como por ser una región que apenas tiene nexos que le hagan pensar a uno que aún se encuentra en la India. Además está su peculiar situación de cruce de caminos, a tiro de piedra del Tibet, de Nepal, de Bután y de Bangladesh, bajo la mirada serena y magnífica de la cordillera del Himalaya; pareciera más bien obra de la casualidad haber quedado bajo el gobierno indio y no de cualquiera de los otros países que la circundan.

De piel tostada y ojos rasgados, sus gentes, fundidas con el transcurrir de los siglos en este crisol de metales nobles que suponen las encrucijadas, son en todo momento un ejemplo de bondad y tranquilidad en su forma de vivir que no se encuentra en todas partes en la India, lo que enseguida enamora al visitante y le obliga a posponer su partida.

Y como suele ocurrir, la mezcla influye con claridad en la religión y sus ritos. Mientras uno deambula por las calles de cuestas empinadas, entre casas asentadas entre la maleza, junto a los árboles añosos, en la propia ladera de la montaña, puede encontrarse tras cualquier esquina un templo hindú con su aroma inconfundible a inciensos de lavanda y sándalo, una estupa budista rodeada de lamas vestidos de rojo vino y amarillo anaranjado, o incluso imágenes de Vírgenes y cruces desperdigadas por la ciudad.

Me ocurrió una tarde que, paseando por entre las casas colgantes próximas a las vastas plantaciones de té de Darjeeling, llegué a un pequeño rellano que rompía la pendiente de verdor de la colina que yo descendía en aquel momento. Se trataba de un recinto vallado, próximo a un cementerio, en cuyos laterales una barandilla limitaba con el abismo. Rodeada de pequeñas cruces de metal, la imagen de una Virgen tocada de blanco y celeste en el interior de un altar con cristalera presidía el lugar. Las imágenes de Vírgenes sólo se dan en la religión católica, por lo que en la India, de pasado colonial inglés y, por tanto, protestante, no me había cruzado hasta entonces con ningún signo de catolicismo, de modo que aquello me hizo pensar en una posible manifestación de una pequeña comunidad inmigrante nepalí en Darjeeling.

Andaba yo en estos pensamientos, cuando, sin darme apenas cuenta, me descubrí sentado sobre unas escaleras en aquel lugar tranquilo, con bonitas vistas de los montes colindantes y las cumbres nevadas del Himalaya, respirando el aire de los desfiladeros a la fresca del ocaso, un poco viendo las ruedas rodar. Entonces pasó por allí una hermosa joven que apenas rozaría los dieciocho años, una flor encarnada de rododendro en aquel jardín de cruces blancas. Se acercó a la imagen de la Virgen, hizo la genuflexión y la señal de la cruz sobre la frente y el pecho. Después juntó las palmas de las manos y oró.

Desde mi lugar de observación podía contemplar su perfil de armoniosos rasgos orientales, sus ojos rasgados y entornados en la circunspección de la plegaria. Cuando hubo terminado, volvió a santiguarse. Fue entonces, al abrir los ojos, cuando descubrió mi presencia; y por su gesto pareció sentirse incomodada por tener a un extraño como testigo de un acto tan íntimo como el de la oración. Esbocé una leve sonrisa amable para confortarla. Ella también sonrió, y vino, para mi sorpresa, a sentarse a mi lado en los escalones.

Me contó que se llamaba Mary, un nombre cristiano, y que además era católica. Mientras me hablaba apenas podía sustraerme al influjo de su mirada rasgada de miel y exotismo perfilada de henna, la naturaleza había sido verdaderamente espléndida a la hora de concederle sus talentos. Me interrogó sobre las pulseras, cuestión que parecía interesarle mucho. Hablamos durante un rato sobre nuestras respectivas vidas, uno ya está acostumbrado a este tipo de conversaciones efímeras entre desconocidos cuando se viaja. Hablamos mientras el sol alargaba las sombras, hasta que ella recordó que se hacía tarde y se incorporó para marcharse. Nos despedimos con una sonrisa y un simple gesto de la mano. Ella, nuevamente, al pasar al lado de la imagen de la Virgen, volvió a persignarse al tiempo que se arrodillaba levemente. Luego me miró por última vez y desapareció entre las sombras de la noche que comenzaba a inundar el cielo, como si jamás hubiera existido, con la estela de confusión, entre espejismo y realidad, que dejan los sueños en el paladar.

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