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Milán. Ciudad de paso

Written by | 23/01/2010 | Comentarios desactivados en Milán. Ciudad de paso

Después de tantos años de recorrer Europa en tren, conozco la Estación Central de ferrocarril de Milán como si fuese milanés. Ejerce de válvula de paso entre el oeste, el sur y el este del continente, y es trasbordo obligatorio para quienes, como yo, procedentes de Europa Occidental, viajan por tierra y se dirigen hacia los países mediterráneos o Europa del Este.

Me sé de memoria su bóveda semicilíndrica con visillos translúcidos, de aspecto como de otro siglo, las molduras de sus muros ocres, sus baldosas grisáceas, sus lámparas antiguas, sus bares caros, sus paninis de bacon, sus puestos de cambio de divisas, sus escaleras de mármol lustrado, su salida en la planta baja, el resplandor del día a través de las cristaleras y, al final, la inmensidad de la Piazza Duca d’Aosta.

Lo más relevante de Milán puede verse a lo largo de una distancia de menos de mil metros. En las inmediaciones de la Plaza del Duomo se encierra toda la esencia de la capital lombarda. Nótese que duomo significa catedral, de manera que cada gran ciudad italiana tiene la suya, catedral y plaza. Los escaparates de las Galerías de Víctor Manuel II, por cuyo armazón abovedado de acero y vidrio se filtra la luz natural como una neblina azul, comunican la Piazza della Scala con la Plaza de la Catedral. En el centro de la plaza, una estatua de Leonardo da Vinci contempla desde la altura de su peana de granito el afamado Teatro de la Scala, meca de melómanos y relicario de compositores ilustres. A su espalda, el Palacio Marino, una obra maestra arquitectónica del dieciséis, antaño residencia palaciega de la familia Marino, sirve hoy de sede al ayuntamiento de la ciudad. Ocultos en su interior, casi en secreto, compartiendo el espacio con ventanillas de funcionarios y despachos de concejales, hay patios de una riqueza difícilmente comparable, y grandes salones con frescos, esculturas, bajorrelieves, bustos y estucos con representaciones de las grandes epopeyas helénicas de los más notables artistas del Renacimiento. Bueno, también en la Basílica del Vaticano se celebran misas rutinariamente y a ningún santo se le han caído hasta ahora las potencias.

A la salida de las Galerías de Víctor Manuel II se despliega la Piazza del Duomo en una extensión pétrea abierta al cielo, circundada por los edificios y los soportales propios de las plazas mayores. No falta la predecible estatua ecuestre del rey, en este caso otra vez el inevitable Víctor Manuel II, primer monarca de la Italia unificada, tirando de las bridas de su caballo en una frenada eterna, como deteniéndose asustado ante la presencia repentina de la Gorgona.

Y allí, en el extremo izquierdo de la plaza, la Catedral, magnífica, oscura, gótica como pocas, un erizo gigantesco de espinas que apuntan al cielo. Ese contorno crispado inquieta. Tal vez por eso me atrae tanto. Pese a su construcción con materiales de tonos suaves, recubierta de mármol rosado, el conjunto ha adoptado con el transcurrir de los siglos un matiz funéreo. Alzo la vista desde mi insignificancia, a pie de obra, y me parece que posee algo de demoníaco, una majestuosidad diabólica. Y esto tal vez responda a la peculiaridad de que resulta imposible fotografiarla desde otra parte que no sea la frontal, de tan encajonada como se encuentra en los edificios traseros y laterales. Adosados a la catedral, además, hay puestos de recuerdos y otras golosinas para el turista, que devoran más si cabe la angostura de la calle. Por eso las fotografías del lado oculto a la plaza sólo pueden realizarse en contrapicado, acentuando la monstruosidad de la catedral. Ésa es al menos la impresión cuando camino en torno a sus ventanales alargados, examinando una a una sus miles de púas recargadas, rematadas por filigranas, rizos y flores. Cada apéndice sirve de pedestal a un santo, y compruebo, tan de primera mano como me permite la miopía, que no hay ninguno igual a otro. Así, el tejado es un bosque de pináculos y chapiteles afilados, y no es de extrañar que a Berlusconi le partieran la cara con una réplica metálica de la catedral de ésas que venden en los puestos de souvenirs. Lo raro es que no le ensartaran un ojo con ella.

Y poco más, aunque lo dicho no es ni mucho menos poco. El resto es de sobra conocido: la moda, los uniformes de policía diseñados por Armani, las enormes gafas de sol intercambiables entre hombres y mujeres, la inaccesible Última cena de Leonardo en el convento de Santa Maria delle Grazie, el fútbol, la pizza y la pasta. Suficiente para una ciudad que es, al fin y al cabo, de paso.

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