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‘Morder el tiempo’, de Esther Gómez Rodríguez: un puñado de arena

Written by | 22/03/2020 | Comentarios desactivados en ‘Morder el tiempo’, de Esther Gómez Rodríguez: un puñado de arena

La escritora y profesora moguereña Esther Gómez Rodríguez nos sorprende gratamente con un segundo poemario: Morder el tiempo. Ya en su primer libro, Blanco roto, inició una andadura en la línea de su paisano Juan Ramón Jiménez y siguiendo la pauta de poetas clásicos como Jorge Manrique, Francisco de Quevedo o, más recientemente, Rubén Darío, Pablo Neruda, Antonio Machado o el zaragozano Sergio Algora. Este segundo libro de poemas sigue en la línea de su anterior publicación, aunque añade algunos elementos y matices a tener en cuenta. El tópico del tempus fugit aparece ya en su primera declaración de intenciones: “Me sabe a poco la eterna juventud de un instante”. Esa juventud que ya exaltaba el poeta nicaragüense Rubén Darío –“Juventud, divino tesoro”– y que se remonta a los poetas clásicos latinos con el tan poetizado carpe diem y el collige, virgo, rosas, que inmortalizó Garcilaso en su famoso soneto: “Coged de vuestra alegre primavera / el dulce fruto”.

A partir de estas primeras premisas, los poemas se van desgranando como agridulces racimos que quieren mantener su lozanía antes de marchitarse. En la primera parte, el tiempo, las horas, los meses y las estaciones señalan hitos vitales de un camino efímero e incierto. El silencio de la noche y el miedo al naufragio se convierten en metáfora de este fluir vital, con ecos manriqueños: “La noche solo muere envuelta en nuestros párpados / y así navega el barco, eterna juventud, evitando hundirse”. El mar, la arena y las espigas que brotan silenciosas son símbolos elocuentes de un ciclo vital que se escapa sin retorno, desde el inicio del año –“Enero es un hogar desvalijado / de un nómada transeúnte por la vida”– hasta el último mes del calendario –“Diciembre es el último ejemplar / de una especie en peligro de extinción”–. Es el mar personificado el que sepulta la arena con su marea y perfila ocasos que sugieren fugacidad: “y en la simbiosis entre el fuego y el mar / seguirá muriendo la tarde y yo con ella”. Por eso, el inicio de uno de los últimos poemas –“Está bebiéndose a sorbos el tiempo mi vida”– nos regala esta imagen plástica y cotidiana de la que casi nunca somos conscientes.

La poeta de Moguer declara en el poema preliminar de la segunda parte que es consciente del paso del tiempo después de experimentarlo en las ausencias de sus abuelos: “Entre las manos de un abuelo y un niño germina y muere la existencia”. Por eso, vuelve al “vivir es ir muriendo” quevedesco para crear un excelente poema que sirve de gozne al libro y justifica su título. Los paralelismos son elocuentes y la reflexión se convierte al final en un desafío a la muerte: “Vivir es despedirse a cada instante,… / Vivir es liberar el beso amurallado entre los dientes,… / Vivir es devorar una carcajada a medias”. Y, como telón de fondo, el mar, esa playa de Mazagón que Esther conoce palmo a palmo, ese fuego del amor que se resiste a perecer entre las olas. Los versos cadenciosos se suceden, con predominio del endecasílabo, y las metáforas se entretejen en torno al mismo motivo: corona de flores que fue jardín, libro en blanco que hay que garabatear y paso fugaz de los días de la semana, ante la mirada inocente de sus pequeños alumnos. La autora vuelve a Quevedo y glosa uno de sus versos más conocidos –“Ya no es ayer, mañana no ha llegado; / hoy pasa y es y fue,…”– para regalarnos un poema en el que también recuerda al ciprés de Silos de Gerardo Diego. Esa vida que pasa, esas hojas del calendario que se desvanecen y se abren a la esperanza de los fines de semana. Son días en los que el amor sujeta y muerde con sus dientes ese cielo de abrazos y caricias: “El cielo se abre cada viernes por la noche / dispuesto a darse por completo a ti”.

El amor, siempre el amor, es un presente que está hecho de vivencias felices y de momentos inolvidables. La sugerencia poética inicial de la tercera parte es evidente: “Disfruta como un niño, siente como un adolescente; entrégate como un joven, lucha como un adulto y valora como un anciano”. La interrogación retórica que cierra uno de los poemas vuelve a hacer alusión al amor como una medicina para detener, aunque sea por un instante, ese fluir inevitable marcado por los relojes de arena: “¿Qué es el amor, sino matar el tiempo?”. Por eso Esther se rebela contra los relojes como ese “invento equivocado” y declara una guerra interior a todo lo que amenaza a la vida con ese recrearse en un amor lento, pausado, complaciente. Es la lucha del Eros contra el Thanatos, reflejada en un poema en el que la cadencia de sus versos se enriquece con la anáfora múltiple del amor –“Amo el momento en que la tarde no es más que un refugio;… / Amo el silencio que siempre oculta ruido,… / Amo la piel entre los dedos cual arena…” – Las metáforas sobre el paso del tiempo se intensifican en los últimos poemas, que vuelven a la declaración de intenciones inicial en el poema “Últimos mordiscos”: “La vida, ese incendio en el que todos somos alguna vez fuego y otras cenizas”.

Saborear en silencio esos sentidos poemas es la llave que nos otorga Esther para acudir puntuales a la cita con la vida de la mano de la poesía y buscando la esencia de la vida: “Acudimos puntuales a la cita / que nos desgrana el alma, / como a granadas rojas / ajenas a la sangre”.

José María Ariño Colás
Doctor en Filología Hispánica

 

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