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Mujercitas de ayer, mujeres de hoy

Written by | 22/01/2020 | Comentarios desactivados en Mujercitas de ayer, mujeres de hoy

 
La nueva versión de la película Mujercitas (2019) de Greta Gerwig ha retornado al cine para remecer nuestra sensibilidad en tiempos de redes sociales. Como pinturas impresionistas de Tissot, Monet o Sorolla, las magníficas escenas femeninas de la vida familiar de las March, simultanean el tiempo, desde una mirada retrospectiva. Estos saltos entre el presente y el pasado ganan en contemporaneidad y, al mismo tiempo, nos sitúan en la Norteamérica del siglo XIX, a través las diferentes etapas que atraviesan las mujercitas: niñez, adolescencia y juventud, hasta convertirse en mujeres.

Esta mítica novela Mujercitas de Louisa May Alcott (1868), que ha inspirado a varios cineastas, retoma los clásicos arquetipos de mujer de todos los tiempos: la madre, la tía, la hija, en esencia, la niña-mujer. Narrada en clave femenina nos recuerda la relevancia de la mujer en todas las sociedades y épocas. En realidad, no es solo la historia de una familia, sino de una arquetípica familia, con sus luces y sombras, fortalezas y debilidades, sueños y frustraciones, alegrías y tristezas, represiones y libertades. Es la recuperación de los valores morales perdidos en las paradigmáticas familias, como consecuencia de los cambios de costumbres y de las nuevas tecnologías. Es la reconstrucción de la memoria familiar, de las huellas mnémicas y de los códigos internos que marcan nuestra relación con cada miembro.

En mi caso, Mujercitas, también ha sido el espejo que proyecta la predominante familia femenina en que crecí. Mi madre era el núcleo de aquel girasol de siete pétalos, sus hijas; mi padre y mi hermano, las hojas de los flancos. Para salvaguardarlo de las influencias femeninas, al poco de terminar la secundaria, lo enviaron para estudiar a la capital. Mientras a nosotras nos educaron casi con el mismo patrón de conducta y valores morales que a las hermanas March: unión, respeto mutuo, honestidad, disciplina, equidad, responsabilidad, tolerancia, libertad, solidaridad. Para fortalecernos en los vínculos cristianos, mi padre usaba distintos mensajes bíblicos para que los apliquemos en todos los ámbitos de nuestra vida: “Enséñanos a contar nuestros días que traigamos al corazón sabiduría”. Este versículo fue nuestra brújula.

El temperamento sosegado de mi madre fue el mejor antídoto protector y, a la vez, el refugio para soportar las tempestades exteriores del ser humano. La firmeza, serenidad y el optimismo de mi padre, el mejor tónico estimulante para caminar con seguridad y tomar las mejores decisiones. En realidad, mi padre nos preparó para afrontar su muerte, porque decidió morirse a los 75 años, obedeciendo uno de los preceptos de la Biblia: “Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años. Con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, pronto pasan y volamos”.

Las hermanas estábamos unidas por pares. Las dos primeras eran la hormiga y la cigarra. Mientras la mayor, muy trabajadora, tejía y destejía todo tipo de prendas, como Penélope; la segunda, leía, cantaba o declamaba para animarla. Si ella se antojaba de comer, la mayor preparaba la comida. Si la cigarra no podía dormir, la hormiga se desvelaba para acompañarla. En las noches estrelladas, cantaban a dúo interminables canciones, cuyas melodías aún están impresas en mi mente. Sin saberlo fueron nuestras maestras de canto, aunque la cigarra también nos leía o nos narraba sus lecturas. El otro par de hermanas que me antecedía eran el café con leche, se complementaban a la perfección. Ellas ejercían de modistas, estilistas, profesoras para las tres últimas mujercitas: nos vestían, peinaban y nos enseñaban modales, música, costura y se encargaban de organizar competencias entre nosotras.

Las dos últimas hermanas que me precedían eran el agua y el aceite. No se podían juntar, aunque permanecían siempre juntas. Mientras una no quería comer casi nada, la otra comía todo. Una era estudiosa y la otra, relajada. Si la penúltima coleccionaba insectos disecados, la última les tenía pánico. Si una elegía el parchís; la otra, el  monopolio y a ninguna le gustaba perder. Eran el viento y el sol, porque se retaban y terminaban peleando, aunque después de la tormenta, salía el arcoíris y volvían a reír. A la última le gustaba la danza y el deporte, mientras a la penúltima, el teatro y la biología. Aunque eran distintas, el buen humor las unía y condimentaba nuestra vidas.

Así como en Mujercitas, también compartimos la amistad con unos vecinos ricos de la ciudad que se mudaron al lado de nuestra casa. Benji, su padre divorciado y sus tres hermanas, a las que pronto hicimos partícipes de nuestros juegos y del teatro familiar. Igual que las hermanas March, representábamos historias de personajes en nuestro improvisado teatro. Benji, como Lori, era el amigo fiel y el eterno pretendiente de mis hermanas mayores, aunque todos participaban de nuestras reuniones y fiestas familiares. A diferencia de la tía viuda y rica de Mujercitas, nuestra tía Caty era soltera y también gozaba de todo tipo de privilegios. Ella era nuestra aliada en todos nuestros planes, aunque era un hueso duro de roer.

Kierkegaard afirmaba que “la vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia adelante”. Ese flash instantáneo del pasado feliz, ha vuelto a mí, al probar los rubíes de la granada, en la ensalada con escarolas, típica de navidad. He sentido el sabor agridulce y el rojo intenso de las granadas del huerto de mi abuela, que se llamaba como Emilia Pardo Bazán. Tenía el carácter firme y decidido para su época, aunque a diferencia de ella, se casó a los 16 años con mi abuelo, que le duplicaba la edad. Nuestras vacaciones en la hacienda de mi abuela eran como estar en el paraíso: disfrutar de la naturaleza, caminar por los senderos hacia las montañas de colores, subir a los árboles prohibidos, jugar en el río. Mi padre, nos llevaba a explorar nuevas rutas y a descubrir nuevos paisajes, mientras mi abuela y mi madre nos esperaban con la comida caliente y sabrosa. Por las noches, mi abuela nos relataba cuentos en el porche de la casa.

La lectura de Los miserables, a través de mi hermana Helen, fue uno de los primeros libros que me marcaron. La historia del sufrido Jean Valjean y de Cosette me atormentaron durante mucho tiempo y en mi pequeño mundo se enredaban una y mil preguntas. Como Jo, me convertí en lectora incansable de novelas, cuentos e historietas. Luego empecé a escribir relatos para narrarles a los más pequeños, como mi abuela había hecho con nosotras. En sí, busco recuperar mi infancia perdida, aquel pequeño paraíso en el que viví, igual que la protagonista de Mujercitas. Ese trozo de vida que parece esfumarse cuando crecemos, pero no es así. En realidad, aparece siempre como el arcoíris, tras un día de lluvia con sol, para pintar de colores nuestro presente.

Nuestra infancia, sin duda, constituye la fuente de todas nuestras historias, como nos recordaban los grandes maestros “esa  única y repetida novela […] es la perla cristalizada de la infancia, patria y refugio de todo novelista”. Al recordar nuestra infancia y niñez, sentimos el poder de los que amamos, porque encajamos las piezas del fresco del pasado hasta completar el paisaje familiar, cuyo marco es irrompible.

A estas alturas, volvemos a las lecturas o películas clásicas para reconocernos y aceptar que las mujeres de hoy debemos “impregnar el mundo de tinta, como Virginia Woolf”. Como decía Umbral, “lo que hay que hacer, es escribir como ella, crearse el dialecto de la feminidad -en la narrativa, en la lírica, en la sociología, en la vida-, a partir del idioma”, no para dominar, ni doblegar a nadie, sino para recuperar el amor, la armonía familiar y los valores perdidos de la infancia. Igual que el agua engasta la roca con su persistencia, la escritura debe ser el instrumento para vencer a la violencia, porque All you need is love, como dice la canción de los Beatles.

Ana Godoy Cossío
Doctora en Literatura Hispanoamericana
Universidad Complutense de Madrid

 

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