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Nadando entre dos aguas

Written by | 08/12/2018 | Comentarios desactivados en Nadando entre dos aguas

 

En realidad, no sé qué me lleva a decantarme por contar una historia, qué es lo que me empuja a elegir una determinada trama y ponerme a escribir. Sé que me gusta moverme por dos corrientes distintas; bucear por las aguas turbulentas del thriller, y también bañarme por las torrenciales de la romántica. Muchas veces me gusta mezclar ambas y nadar a contracorriente; inundar de intriga los sentimientos y anegar de amor al misterio. Sé que tratar con los sentimientos se me da bien, muchos dicen que me muevo como pez en el agua. Pero también sé que cuando acabo de contar una historia de amor, preciso zambullirme en una trama de maquinación y tensión. Por eso nado entre dos aguas, porque requiero tanto del amor como de la incertidumbre.

Reconozco que escribir suspense o intriga me desgasta mucho, pero es un género que me apasiona. Crear personajes oscuros y llenos de maldad no es tan fácil como parece, aunque para mí es un reto de lo más interesante. Porque generar interés y curiosidad en el lector de thriller es tan complejo como hacer reír con una comedia, pero me gusta enfrentarme a los desafíos y ya tengo tres novelas en ese género: “La esencia de mi vida”,  misterio; “Lo que oculta la verdad”, intriga; y “El angelical rostro del mal”, suspense. El thriller es un género que acoge varias vertientes pero que a la hora de escribirlo lleva la misma pauta, hay que entretejer todo a la perfección sin que quede un solo hilo suelto. Es igual que hacer un puzle; todas las piezas deben encajar en su sitio, no puede haber huecos y nada debe quedar forzado.

A veces los lectores me preguntan qué me lleva a contar esas historias, y solo puedo darles una respuesta: la vida. Me gusta observar todo lo que sucede a nuestro alrededor, en el mundo. Mi cabeza tiene mil ideas pululando por ella y yo no soy quien elige una, es una vocecilla interior que a la par que enciende una bombilla me dice: “Esta es la que tienes que contar”. Es entonces cuando los personajes comienzan a forjarse, a crecer en mi mente, a desarrollar su personalidad, a hablarme sobre ellos… Una vez decidida la historia me paso semanas fraguándola en mi cabeza, tomando notas, pensando en cómo quiero que comience, también de qué forma deseo que finalice, y sin dejar de meditar para llenar el resto de páginas con algo que atrape, que sea suculento y adictivo. Cuando historia y personajes empiezan a estar maduros, y previo trabajo de documentación, algo fundamental para cualquier escritor, me pongo a escribir.

Después de finalizar un thriller necesito empaparme de otro tipo de historia, y escribo una novela romántica. Me apasiona crear historias desgarradoras, con sus luces y sombras, por eso no solo las cargo de pasión, también las colmo de decepciones, celos, sinsabores, traiciones, odio… Me fascina tratar con esa mezcla, amasarla bien, darle forma y crear una novela con infinidad de matices en los sabores. Porque, como digo en “Y ahora, qué hacemos con nuestro amor”, mi sexta novela: “El amor es un conjunto de sentimientos que nos liga a otra persona, nos pasea por un camino empedrado, nos baña con una suave capa de aterciopelada espuma, duele tanto como calma y siempre nos llena de satisfacción cuando somos correspondidos”. Como veis, un sinfín de sensaciones que paladear. Las mismas que encontraréis en “Todo por Daniel” y “Perdida en mi desconfianza”, dos novelas románticas muy distintas; la primera más emocional, la segunda del todo pasional. ¿Por qué elegí contar la lucha de unos padres por la custodia de su hijo de una forma totalmente alejada del drama? Porque quería realzar un valor que estamos perdiendo: la empatía. ¿Por qué Cristina y Marc fueron los primeros personajes que me pidieron contar su historia? Para esa pregunta no tengo una clara respuesta, una vez más achacaré la culpa a esa vocecilla que se encarga de escoger por mí. Y aunque oiga voces, os aseguro, queridos lectores y amigos, que no estoy loca. Al menos, no aún.

Han pasado cuatro años desde que publiqué mi primera novela, y, aunque me parezca sorprendente, ahora he publicado la séptima. Con “Amor con vistas al mar” vuelvo a la novela romántica, aunque yo más bien catalogaría esta historia de “intensa”. Es una obra de personajes marcados, con relaciones complejas, que aborda el amor en todas sus formas y vertientes, llena de sentimientos y emociones, con distintos sabores y regustos. Cuando la estaba escribiendo, en más de una ocasión recordé una frase que dijo el gran Alfred Hitchcock, a mi parecer muy verídica: “Hay más emoción, realismo, intriga, violencia e interés en una novela de amor que en la mayoría de las películas de suspense”. Seguramente sea por eso que me guste tanto mezclar ambos géneros: sacar del suspense la parte más emocional y hacer del amor toda una intriga misteriosa.

Sé que a simple vista en mis obras predomina un género, pero de forma subterránea están llenas de otros. Sé que a los puristas igual mi fusión no les gusta, pero yo trato de recoger en mis novelas un fiel reflejo de la realidad, y en la vida real el inspector que investiga un asesinato no solo basa su existencia en el caso, también tiene familia, una hipoteca, problemas, vicios, traumas…, y a mí me gusta mostrarlo. Lo mismo me ocurre con las novelas emocionales, todos sabemos que en nombre del amor se pueden cometer tantas atrocidades como cosas maravillosas, no en vano la frase que dice: “En el amor y en la guerra todo vale”, y también quiero ponerlo al descubierto. Y precisamente porque quiero que mis obras sean lo más verosímiles posibles, no me gusta crear “damiselas en apuros que tengan que ser salvadas por el príncipe azul”, porque las mujeres nos bastamos y nos sobramos para arreglárnoslas solas.

Quizá deberíamos buscar un nuevo nombre para esos géneros que se diversifican con otros. Aunque no seré yo quien se tire a la piscina ni tampoco quien clame “al agua, patos”; al menos no por ahora. Por el momento no pienso pasarme de lista emprendiendo una empresa que pueda ahogarme; mejor me quedo nadando entre mis dos aguas, y en este instante en particular, bien anclada a “Amor con vistas al mar”.

Eva Zamora

 

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