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“Pagos: No premiado”

Written by | 29 July 2015 | Comments Off

“PAGOS: NO PREMIADO”

Begoña nunca ha sido un torrente de pasionalidad, pero tiene fibra sensible. Salvo raras excepciones, sabía contener los sentimientos para no mostrar todas las cartas a sus amistades o a su familia. Ella siempre pensó que su debilidad era un charco hondo donde se guardaba una especie de joya perdida: la buena simiente. Así lo ha llamado siempre su madre cuando la miraba fijamente a los ojos y le limpiaba las lágrimas. “Tú la tienes, hija, qué suerte”, y se limpiaba las manos en el mandil, como solo lo hacen las madres de Extremadura.

Desde aquellos llantos de cría, Begoña ha tenido sollozos explícitos en contadas ocasiones. Su templanza ha aguantado la muerte de su padre, la de los grillos que vivían en el bote de tomate, las primeras experiencias sexuales, un parto y un divorcio. De todos los hechos guarda algún recuerdo positivo: la caricia sutil, sabia; el cordoncillo rojo de la tapa, del que se alimentaban sus criaturas; la sensación de hondura y placidez de la entrepierna o la dualidad y crueldad de un marido demasiado estándar. Todo ha sido digerido con relativa facilidad; ninguna herida ha sido lo suficientemente profunda para llegar a la madriguera donde duerme su tozudez, forjada al calor de una cama de noventa. En la tristeza, en el aburrimiento, en la ofuscación o en la alegría, en vez de abandonarse a las sensaciones, ha sabido guardar la compostura. Llámalo resignación, llámalo condescendencia; esa tabla de náufrago le vino de serie.

Unas ideas que no van con los tiempos que corren, un equipo de fútbol abonado a la derrota, donde el empate significa éxito, la tostada que no contribuye a la feliz confluencia de los astros porque le da por caer, de manera constante, por el lado de la mermelada light. Ella nunca ha sentido el pellizco de esperanza en el color del sobrecito de Nescafé: “Siga buscando” es el mensaje, como un mantra cíclico. La espalda de Begoña se ha acostumbrado a ser un frontón en el que suena siempre el mismo quejido, el cuero de la pelota, quizá el único canto de libertad del objeto inanimado. ¿Por qué no se erige esa realidad esférica, en portavoz de todos aquellos materiales inertes, y clama por la dignidad de la simple materia? Por la misma razón que la espalda de Begoña ha sabido resistir sin pestañear: la conformidad. Igual que la mano, siempre presta a la solución de situaciones cotidianas, siempre condescendiente, en la caricia a su hijo, o en la resignación de la entrega del boleto de lotería, en la administración ONLAE. Siempre la misma respuesta de la máquina, las tres palabras malditas. Era ya costumbre el hecho de pensar con el piloto automático, para qué gastar energías en un brindis al sol de la probabilidad, “dos apuestas de la máquina”, y listo.

Begoña nunca estuvo convencida de la ilusión que proporcionan los sorteos a las vidas tristes. Para ella suponía una costumbre mecánica y pesada. Alguna vez encontró motivación en la sensación fugaz de no tener que mirar con recelo la cuenta de la caja de ahorros. O experimentar más a menudo el placer de una comida recién hecha, justo después de ser infiel a Mercadona con la opulencia de Hipercor, donde los carteles son más pequeños porque no se miran los precios, no más de un segundo.

Después, cuando los fuegos de artificio se desvanecían, se olvidaba de la rueda de la suerte y se dejaba llevar por la planicie de su carácter.

Carol es la mejor amiga de Begoña. Es a la vez su envidiosa más íntima y este matiz, lejos de restar cercanía, no hace más que enriquecer la conexión entre ellas. Carol lo tiene todo. Un marido que se desvive por su familia, dos dálmatas abocados al atropello inminente, sexo anodino pero frecuente, y un matrimonio normalizado. Pero lo que anida en su semillero es el bicho de la inconformidad, y esa circunstancia desluce una vida bastante soportable. Como la lluvia sahariana que viene de vez en cuando, cuyo polvo en suspensión estropea el brillo de los coches en la calle, así de fácil perdía Carol el lustre de su existencia, y posando los ojos en la vida de Begoña, obtenía los chutes de padecimiento que necesitaba para ir tirando todos los días.

La confluencia de estos universos paralelos cogía forma cuando quedaban las dos para ir de compras. Begoña siempre llevaba el coche, porque Carol no se fiaba de sus nervios, y pensaba que si miraba la calzada no podía atender los laterales. Hubiera preferido amanecer una mañana con cabeza de insecto, como en la novela de Kafka, para poseer ocelos laterales que le avisaran del tráfico circundante. Esta manía absurda se le pasaba a los cinco minutos, porque se le haría carísimo tanto maquillaje para la raya, u otra ocurrencia paralizante. La conductora siempre miraba al frente, y asentía con la cabeza el diálogo casual hasta llegar al parking. En los pasillos del centro comercial se agolpaban las tentaciones: cosméticos, herbolarios, tiendas de ropa, los inevitables complementos, menaje del hogar, el imponente y diáfano “chino”, lo normal. La suficiente dosis de estrés para que, de vez en cuando Carol se agarre, con timidez, al brazo de su amiga, buscando seguridad entre la jungla de luces, olores y ruidos. Begoña no se da cuenta del gesto y sigue pensando cómo va a acompañar la rodaja de salmón al papillote, porque no le cuadra con las verduras (que se están pasando) de la nevera.

Cambian los pasillos anchos y brillantes del Centro Comercial por las galerías igual de amplias y opulentas del supermercado. Como un juego de muñecas rusas en el que una realidad se halla inmersa en otra sin solución de continuidad; la única diferencia estriba en que ahora predomina el olor a pescado con champú, y se pueden coger y soltar cosas. Begoña hurga en una montaña de blusas de colores y encuentra una prenda fetén para su niña. Carol, en la parafarmacia, no sabe si le irá mejor el aceite de onagra o el diente de león para lo suyo con las palpitaciones. Lee los prospectos y reza para sí misma alguna cantinela ininteligible. Al final se decide por la tila, que nunca decepciona, con ese prestigio costumbrista que nunca falla.

El número 29 y el 30. Las dos coinciden en la pescadería, y los caracteres se van acentuando por momentos. Mientras una le dice a la otra que su marido no ayuda nada en casa, que es llegar y ponerse con las maquetas de tren, pintar y repintar, y otros reproches, la otra se recrea con la quirúrgica precisión del cuchillo, obteniendo una rodaja “terciadita” de salmón, como ella la quiere. Hoy cena sola y con unas judías verdes -ya se decidió- ya tiene listo el maridaje para acompañar el enésimo capítulo de quién sabe qué serie. Algunas gotas de agua resbalan, impersonales, por el mandil de plástico del pescadero, y Begoña se da cuenta de la diferencia con el de su madre, más comprensivo, acunando las lágrimas y haciéndolas suyas; bendita porosidad la del tergal barato. Aquí no les queda otro recurso que el de resbalar y morir.

La costumbre decía que, cuando el fervor por las compras iba remitiendo, había que pasar por la administración de loterías para comprobar el boleto comprado la semana anterior y validar uno nuevo, para ver si había estallado el pelotazo: “Una primitiva es lo que me vendría a mi bien -decía Carol bastante a menudo-. El caso es que, si le doy la mitad a mi marido, que allá se las apañe, y lo mío lo reparto con mis hermanas, en fin que no tengo muy claro yo…”. Begoña agarrándose a las últimas palabras, se iba adelantando unos pasos. Ya se sabía el discurso de memoria. El caso es que nunca había sentido la sensación de estar saturada por el torrente de reproches e inconvenientes de su amiga; aguantaba el chaparrón con el estoicismo de siempre. Esa cualidad waterproof contra los discursos y las peroratas, la hermanaba en textura a los delantales de supermercado. Su misterio llevan.

Ahora tocaba ver si cambiaba el mundo para ellas. Alargó la mano con el boleto y pasó el código de barras por debajo de la máquina: Pagos: no premiado. Casi siempre el mismo pantallazo. Esto también formaba parte de la costumbre, y a Begoña se le estaban acabando las reservas de paciencia por esta manía tediosa de “echar la primitiva”. Odiaba, también, estas tres palabras.

-Nada, niña -solía murmurar.

-Vaya… -se lamentaba Carol.

Caída la tarde, cuando el sol se oculta por el cartelón de las rebajas, suelen sentarse en un banco del aparcamiento para tomarse algo y descansar las piernas. Hoy han probado el smoothy de yogur y con el placer helado, en vez de escapar a mundos oníricos, se enredaban en las obviedades de la familia. Ser libre no es tan fácil y a veces da miedo. Por eso, en vez de imaginarse poseídas por algún vigilante fornido en el ángulo oscuro de cualquier recoveco, o escapar de allí por la carretera más cercana hacia la incertidumbre, su mente vuelve a meterse en la jaula y cierra la puerta. Lo único que se aventura es la gota derretida entre las manos y los mechones que vuelan al compás del viento.

De regreso, Begoña siempre aparca en la acera de enfrente, y cuando Carol se baja del coche le suelta un beso en la mejilla a su amiga que resuena en el interior como en la nave de una catedral. Recoge las bolsas del maletero y cierra mal el portón, como siempre. Le cuesta dos o tres intentos, entre maldiciones. Agarrada al volante, Begoña calcula mentalmente la entrada en el ascensor, las miradas en el espejo, y la resignación en los suspiros. Luego, puede ver las siluetas en el salón, y cómo el marido de Carol la abraza, y los niños le tiran del vestido, impacientes. En vez de sentir envidia, suele invadirle una sensación ecuánime por el cuello que rompe contra la primera vértebra, plácidamente. Después, el encendido del motor rompe el letargo y la emisora local la devuelve a este mundo.

Piensa, mientras conduce, que el día ha merecido la pena. Las tiendas, los pasillos, el supermercado de olores híbridos, los delantales sin sentimientos, el smoothy de nueva creación, el ocaso del sol y las sombras chinescas detrás de las cortinas de papel de fumar. Los hechos han enriquecido tanto su vana existencia, que se felicita, interiormente, de tener tanta suerte. Su vida soportable que se extiende como la mermelada light hasta la soledad buscada del segundo C.

Hasta llegar a casa tiene que sortear tres rotondas. Las capitales, en provincias, gozan de la rotundidad del círculo, una severidad que te dan ganas de mandarlo todo a paseo, pero luego se te pasa. Los ultramarinos que apilaban cajas de arenques, ahora son tiendas que se hacen llamar locutorios, pero es lo menos comunicativo que Begoña conoce y con seguridad, lo más alejado a la naturaleza humana que se ha inventado. El Bar München, donde su marido jugaba la partida, se ha travestido, y cobardea entre peluquerías latinas y tiendas de todo a cien. Su hija siempre le comenta que las tres rotondas se le hacen un mundo, y que algo hay del triángulo de las Bermudas en aquel barrio, anteriormente conocido como su hogar. Ella sonríe con la ocurrencia, y si se trata del fin de semana que la niña “le toca”, para ella tienen magia hasta los caprichos de adolescente.

Ahora regresa sola. El grosor del silencio detrás de la puerta del segundo C es palpable, pero Begoña navega reconfortada. El libro que lleva a medias la espera en el sillón, despatarrado, a modo de improvisado marcapáginas. Muchas veces leyendo se le cruza la vida de Carol como la maniobra de un escritor que va abriendo el hilo conductor de una novela. Distribuye los platos de la cena, se ríe con las travesuras de los críos, se incomoda con la incomprensión de un marido que le cuesta entenderte. Al fin y al cabo, ella lo puede palpar, y se niega a pensar que no exista armonía en dos bloques de viviendas, separados por un universo de rotondas.

En la cocina, un calendario cuajado de cruces marca el ritmo de los colores. Las visitas al médico, la impuntualidad del período, o las necesidades escolares de la niña. En blanco, los vacíos necesarios para visitar a su madre, los huecos por donde perderse entre el gentío de las calles y también, el gozo de sentir el brazo tímido de Carol y su síndrome de Stendhal. La foto de su hija la acompaña siempre. Y ya sea en el parque, en una obra de teatro, o en el mismísimo “Foster”, su existencia es el cincuenta por ciento de combustible para poder vivir y algunas veces amar, porque se lo pide el cuerpo.

Pasaron tres semanas impersonales, sin fiestas de por medio, insultantemente laborales, hasta que un silbido de WhatsApp, por donde se escapan los casados, volvió a conectar a las amigas, y quedaron para salir:

-Presiento que hoy es nuestro día. No me digas por qué, pero desde que me he montado en el coche, he notado una cosa rara, hazme caso, además te tengo que contar… -Carol se estaba poniendo pesadita, precisamente hoy, que todo estaba yendo como la seda. Apenas gente por los pasillos, temperatura soportable, la música en su tono. Begoña no sabía cómo interpretar tanta templanza. Quizá era un simple desarreglo hormonal, o puede que llevara un boleto premiado en el bolsillo. El caso es que el fuego de Carol se propagó a ella misma, y así, iban socarrándose lentamente.

-Estoy embarazada, lo supe anoche, y Raúl se lo ha tomado estupendamente, mejor que yo, que me pongo a pensar en todo lo que viene y me dan los siete males, pero bueno… -Ella como siempre, poniéndole peros a todo, incluso a lo que solemos llamar felicidad. Bego sintió como si le aflojaran dos botones del pantalón y le quitaran los zapatos. Se sintió más viva que nunca, y le propinó un beso de fervor de amante a Carolina. Casi la tumba. El olor del supermercado, ahora, te abría el apetito, y las gotas resbalaban por los delantales del pescadero con verdadero optimismo, como en un parque acuático. Estaba dispuesta, ahora sí, a cometer toda una insensatez para el común de los mortales. Solo ella entendía que iba a congelar la felicidad que les invadía en ese momento.

A duras penas podía quitarle la mirada de encima. Era la mirada de la madre ante la hija pródiga; ésa que ha sido rescatada para la causa. Ahora sólo quedaba un empujoncito final, la charla de amiga que siempre reafirma, pule y da esplendor a la vida de árboles que no nos deja ver el bosque. Carol no sabe lo que tiene, precisamente porque nunca se ha parado a mirarlo desde un punto elevado de un martes por la mañana, por ejemplo. Begoña va a hacerlo; tiene que hacerlo, aunque tenga que mentir a su mejor amiga, y cercenar lo que se supone, será un futuro de rosas aceleradas. No puede disimular una sonrisa nerviosa y placentera, como si hubiera tenido un encuentro fugaz con el vigilante. Bien posicionadas en el cauce del río comercial que desemboca, inevitablemente, en la Administración de loterías, iban sorteando los “rápidos” y escollos con verdadera facilidad, con inusitada ingravidez, aunque Carol iba, metida en su mundo, ajena a este devenir incierto.

-Ahora, ahora sí que me venía bien a mí que me diera una alegría la máquina. No lo digo por nada pero, con todo lo que me viene…”

Begoña llegó a la orilla. Sacó el resguardo del monedero, ligeramente aturdida por la última duda. El aire se hizo denso como el silencio de su casa tras la puerta. Enfrente la máquina lectora de códigos, grisácea, burocrática, que siempre marcaba las mismas tres palabras. Esta vez no extendió el brazo. La mano dejó caer el boleto a la papelera sin desvelar el misterio. Desentonaba su tersura y virginidad entre tantos de los suyos, arrugados, hechos una pelota.

-Nada, niña, qué le vamos a hacer.

-Vaya. Tenías que haberlo pasado por la barriga, mujer -dijo Carol, medio en serio.

-Empiezo a no creer demasiado en esas cosas. Mira tú. Supersticiones.

En el camino del aparcamiento, las bolsas, los cartones y las voces se doblan maltratados por el viento. Las mantas abandonadas de un vagabundo les impidieron sentarse en el banco de siempre, para descansar las piernas. El escenario donde se desarrolla la vida de una ciudad de provincias sigue con el mismo decorado. En el informativo de medianoche, una locutora habla fugazmente sobre un premio de la “primitiva” que todavía no ha sido cobrado. A Begoña le pilla dormida frente al televisor, con el libro despatarrado en el pecho. Carol, en su lado de la cama, sueña sin sobresaltos, con un brazo viril rodeándole el vientre.

Hoy da la sensación de que el sol se ha detenido, un poco más, encima del cartelón grande de las rebajas de otoño.

José Tomás Castillo Pérez

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