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Pregón del Año Nuevo

Written by | 08/04/2014 | 1

Cuenca ciudad encantada

Hoy es final de año.

Leo la descripción de la fealdad de la ciudad de Orán, próxima a una hermosa y desgarradora naturaleza, y, al tiempo, alguien, en el chat del ordenador, en desliz apocalíptico, escribe «el final de los años», que me alerta. Ya sé que no es el final. Por mucho que el viento, en la calle, saque sonidos quejumbrosos que atemorizan al chocar con las esquinas. Los miedos de hoy estarán vivos mañana. La destrucción total será obra de la violencia humana que fragua el fanatismo. Pero esa insinuación involuntaria por unas eses escurridas es un insonoro clarinazo y en un día como hoy -cuando ni te vas, ni nada empieza, ni acaba- no me lleva al borde del tiempo, me invita a regresar a la vida de hace ya muchos años.

Lo hago. Regreso con el recuerdo a mi sitio. A mi pueblo.

Me sitúo junto al río de escaso caudal, al pie del roquedal, con la ciudad fortaleza enfrente y arriba, invitándome a ascender por los vericuetos de sus estrechas callejas talladas en roca viva, a caminar por el milenario fortín. Subo las escaleras del puente.

Como de niño viví siempre en la zona de extramuros, desconocí la ciudad hasta que me escapé, la descubrí, y me deslumbró. Fue una fascinación que está escondida en los líquenes de la umbría callejera, que cubren las rendijas del suelo, al pie de las fachadas de yeso que crecen cerrándose contra las de enfrente hasta casi tocarlas en su cúspide.

El suelo para viviendas es escaso. Por eso las casas humildes se esconden junto a las rocas. Mas arriba, en los escasos llanos, se abren hueco a codazos las de mayor planta. Al final, en el límite de la ciudad, se alza el Castillo. Y, en medio, otras se empinan en cualquier hueco o se descuelgan por el abismo lamiendo las rocas verticales, en un esfuerzo por robar espacio al aire. Las fachadas enjalbegadas se alegran con yeso pintado de colores vivos. El hueco de las ventanas se remarca en blanco, simulando la piedra que muchas veces no tienen para evitar peso desequilibrante.

En el jardinillo construido en cuesta y orientado al sur un niño juega a tocar la tierra, mientras el abuelo sestea en un banco arrebujado en su abrigo, con la boina cubriéndole los ojos.

Un zigzagueo burla en un pasadizo estrecho los muros que parecían cierre de camino, y desemboca en la calle grande y empinada por donde subieron a caballo las huestes de Almanzor, las cristianas, la carlistada y ahora -algunos descalzos- la tropa nazarena que acompaña a Cristos y Vírgenes en Semana Santa. Yo camino ligeramente inclinado para guardar la verticalidad, mirando donde piso para evitar un resbalón.

Cuenca ciudad encantada

Paso junto al muro que sostiene el barrio del Carmen.

Cruzo la antigua judería derruida, que vigilaba Mangana.

La torre, desde donde el muecín llamaba a oración, mira pasar el verde del Júcar, allá abajo, arropado por álamos y le encomienda a san Antón que cuide que el agua del río discurra sin desbordarse y, al atardecer, le devuelva -en el reflejo de sus pequeños meandros que buscan el río Chillaron después de tragarse el agua del Moscas- la señal de paz y ausencia de peligro.

El musgo perenne en la umbría del rincón de la plaza del Seminario dibuja los bordes de los cantos del empedrado. Uno es de color rosáceo como la cara encendida de la mocita que, sorprendida solitaria, corre hacia la Plaza Mayor, en inesperada aparición y huida. Al avanzar hacia la Plaza, en el corto descenso, un viento helado, encajonado por la calleja, hiere las orejas. No lo envía el protocolo del Ayuntamiento. Es una permanente posibilidad que ofrece el clima. Junto al convento de las monjas hay que caminar con cuidado por si el hielo se mantiene.

Bajo los arcos el frío arrecia, pero no asusta. La planicie de la Plaza permite caminar erguido hasta el repecho de la calle de San Pedro, que se empina, entre casas de cristianos, hacia la Plaza del Trabuco.

El Castillo ya no es fortaleza. Sólo ruinas. La antigua cárcel es museo. Pero los aledaños se mantienen libres de construcciones por si tuviera que recuperar su función. Al cruzar el puente del Castillo se abre la inmensa hoz del Júcar. La luz oblicua del sol, que va camino del horizonte, se lleva para él los colores y agranda el fondo de la hoz en la previsible oscuridad inmediata.

Sigo subiendo. No me espera nadie arriba. La muchacha del traje de rayitas blancas y verdes y el libro de tapas azules, que justificaba su soledad, se fue.

Ciudad construida para ser refugio de la tropa hermana que, desde lugares remotos, se ocupa en incursiones depredadoras, no precisa muchos defensores. Solo vigías que sepan oír el rumor del viento contra los arboles, el de la corriente de agua de los dos ríos que rodean su base amurallada, el chillido de los grajos y el silencio del enemigo que acecha.

Me asomo a una de las antiguas eras. Y veo allí abajo, ya entre las brumas del atardecer que esconden el Huécar, el puente, la Catedral, el Palacio y las Casas Colgadas, frente al enorme barco del convento de Los Paules.

Mañana el mundo seguirá.

Llamaría a Lezama Lima para decirle que ya he vuelto del lugar de donde nunca he salido. Y que mi pueblo, Cuenca, me sigue fascinando.

Desde cualquier sitio, a treinta y uno de diciembre de cualquier año, mientras viva.

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Filed in: Viajes

One Response to “Pregón del Año Nuevo”

  1. Manzano
    09/04/2014 at 19:49 #

    Magistral, precioso pregón.