9:46 pm - viernes diciembre 14, 2018

Presentación de ‘Cid Campeador’, de Eduardo Martínez Rico

Written by | 28/09/2018 | Comentarios desactivados en Presentación de ‘Cid Campeador’, de Eduardo Martínez Rico

Santiago López Navia

IE Universidad, Campus de Santa Cruz la Real, 17 de octubre de 2008

Con alguna frecuencia he escrito sobre el consuelo que la ficción representa frente a la historia, y este hecho se hace especialmente claro cuando la primera recrea a la segunda. En este caso, el autor de la ficción tiene todo el derecho a reclamar su autonomía, y esto es lo que hace de forma honesta y transparente Eduardo Martínez Rico al exponer los criterios que han sustentado su obra.

El lector sabrá agradecer, además, la presencia tan noventayochista de la intrahistoria, presente en las peripecias vitales, las grandezas y las miserias de los seres humanos, artífices de la historia con un cincel que a veces plasma la búsqueda de lo trascendente, pero casi siempre acaba grabando la inevitable inmanencia. Por eso me parece un acierto que el narrador refleje la perentoriedad de lo que llamamos gloria, que sobreviene a la batalla y a la guerra (leer pp. 57-58). También por eso adquiere su fuerza el hecho de que el hermoso y original regalo con el que Rodrigo obsequia a la reina Constanza sea una urna que contiene precisamente la única realidad que permanece independientemente de la vida y de la muerte: el polvo que él ha recogido con sus manos de sus ropas después de las batallas. No otra cosa acaba siendo la gloria.

Una de las claves más logradas de la fuerza de la inmanencia es el ceñidor de Zobeida, magnífica idea con la que Eduardo rinde homenaje a Amancio Labandeira y a Ramón Menéndez Pidal. Frente al aura con que la historia mítica rodea a los grandes hechos, el ceñidor representa la presencia permanente de la ambición por una riqueza cuya posesión conduce a la incomodidad y al desasosiego, estímulos frecuentes de la mezquindad.

La fuerza de la trascendencia se hace carne y sangre en la batalla final, momento de intensidad épica que Eduardo aborda con una mirada que se nos antoja cinematográfica. ¿Cómo no sentir admiración y conmiseración por Ben Yúçuf, que no puede cumplir con su destino cuando su corazón, motor de su espíritu, le falla en el último momento? Y es que Rodrigo reconoce la grandeza de sus enemigos, como ellos reconocen la del Campeador, en una visión caballeresca y noble de la guerra casi siempre reservada para la mirada literaria, condescendiente y reconfortante.

Y la fuerza de la inmanencia se diluye cuando la ambición de Urraca y los condes de León se ve burlada a tiempo de abrir la caja en la que no se encuentra el ansiado ceñidor, sino la poderosa evidencia del destino y la muerte en forma de los huesos de Ben Yejaf, que al final encuentra su redención a los ojos del lector con una muerte piadosa y un punto heroica. Dónde acaba el ceñidor es algo que el lector debe descubrir, y yo no voy a cometer la torpeza de desvelar un secreto confiado al placer de la lectura.

Admiramos a este Rodrigo carnal, también accesible a las dudas y a los golpes de la adversidad, heroico pero inevitablemente limitado, noble en sus silencios y en sus oraciones, impávido ante las flechas enemigas, pero también consciente de su final inevitable, de su destino, en fin. Y admiramos sobre todo a este Rodrigo tolerante que nos regala la ficción de Eduardo, en la que el héroe anhela sinceramente la unión de las diferentes formas de la fe desde el respeto a la fuerza y la grandeza de sus enemigos.

Y admiramos, muy especialmente, a Jimena, la mujer, porque sólo las mujeres de los héroes, como bien dice el narrador, son del todo conscientes de la verdadera dimensión de su trascendencia, y sólo las mujeres, todas las mujeres, son el verdadero eje del poder del mundo (leer p. 207). Y es también esta mujer, Jimena, la misma que se convierte en niña por el poder mágico de una sonrisa, el mejor testimonio y el mejor regalo de la infancia, y es también esa mujer la que, ante la conquista de Valencia, escribe en su carta a Rodrigo la frase que a mí me parece la más sencilla, poderosa y entrañable de toda la novela, porque atesora la única ambición que subyace al amor verdadero: “Vence rápido, no te mueras y avísame, aunque tengas que reventar caballos”.

Santiago López Navia

IE Universidad, Campus de Santa Cruz la Real, 17 de octubre de 2008

Artículos relacionados

  • Un buen día de hace más de una década, me llamó Tino Lobo y me dijo que un escritor joven, sobrino de Menel, quería documentarse en cosas de Marina e Historia Naval, pues tenía en mente hacer una novela de ámbito marítimo y así conocí a Eduardo que, para ponerlos en situación es de la…
    Tags: de, que, y, novela, rico, martínez, eduardo, cartel
  • Sólo tú puedes convertir en vida estas palabras. Sé bienvenido, bienvenida, esta novela no tiene reglas, es reino de la libertad, sus únicos corsés son los del arte. Eduardo Martínez Rico   La literatura como losa, como aprendizaje, como fuerza, como motor y como enseñanza constante. Todo un libro que reflexiona sobre la literatura, al…
    Tags: de, y, que, a, novela, rico, eduardo, martínez, cartel
  • Os voy a contar un cuento de Navidad. Se titula "Las mejores Navidades". Sucedió no hace demasiado tiempo, por estas fechas navideñas, pero parece como si hubiera llovido muchísimo desde entonces, y más en esta tierra nuestra en la que llueve tanto y nieva tan poco. Pero aquellas Navidades sí que nevó, por lo menos…
    Tags: y, de, que, a, rico, martínez, eduardo, cartel
Filed in: Literatura

Comments are closed.