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Presentación de Muertes paralelas (y II)

Written by | 27/05/2006 | Comentarios desactivados en Presentación de Muertes paralelas (y II)

El salón. En medio término, a la derecha, puede verse mi sitio vacío

A pesar de mi timidez, agravada por la situación, logré sobreponerme y crucé algunas palabras con todos los comensales de la mesa, sobre todo con Javier Esteban, director de la revista Generación XXI, al que muchos recordarán por su peculiar entrevista a Jodorowsky incluida en su libro Psicomagia. Javier Esteban y yo habíamos coincidido en la comida de presentación de Kokoro, el anterior libro de Dragó, así que la conversación fue más fácil con él.

Durante los postres comenzó la presentación de Muertes paralelas, momento en que tomó la palabra Fernando García de Cortázar, reconocido historiador, que no dudó en ensalzar la obra, de la que destacó la función de «instruir deleitando», cuyo objetivo no es únicamente el entretenimiento, sino llevar al lector al interior del protagonista a través de la «lucidez amarga y la experiencia propia del autor», en lo que consideró una obra mucho más «ambiciosa» que un mero retrato de la Guerra Civil. Ramón Tamames, que secundó a García de Cortázar en su opinión favorable de Muertes paralelas, añadió que «no se trata de un libro de erudición, a pesar de la riqueza de las citas y alusiones, sino de una obra entrañable, basada en la labor de investigación sobre un crimen, y escrita desde el fondo del corazón y la madurez necesaria para afrontar la redacción de una obra magna, a la altura de Gárgoris y Habidis».

Llegó entonces el turno del autor, de Fernando Sánchez Dragó, que calificó su obra como un «libro de emoción, donde la historia, autobiográfica, se convierte en novela gracias a los sentimientos que experimenté al investigar y descubrir el asesinato de mi padre, no a manos de ‘los rojos’, como pensé desde niño, sino de ‘los nacionales’».

Según Sánchez Dragó, su nueva obra, «a pesar de incluir sólo datos rigurosamente documentados, no se trata de una novela histórica, sino de una ‘novela de no ficción’, del tipo de A sangre fría, de Truman Capote, ya que, al igual que él, a medida que iba investigando y redactando me iba transformando.

»Es ahora cuando me siento invulnerable, me he curado de lo que supuso la Guerra Civil tras la escritura de esta obra. La redacción de este libro no ha llegado tarde, sino que ha llegado en el momento oportuno, en mi etapa de madurez, ya que en el pasado nunca me sentí preparado. Sólo ahora, como los jóvenes que al crecer reconocen en el espejo el rostro de su padre, he podido yo descubrir al mío, que, si bien no aparece en el espejo porque murió joven, he conseguido sacar a la luz su interior. Con esta obra he recuperado el rostro de mi padre, por fuera y por dentro. He conseguido conocerme a mí mismo. Esta es una novela de reflexión y transformación, para mí ha significado una auténtica purificación, y así espero que lo sea para el lector.

»Si dice Freud que hay que enterrar al padre, yo he hecho un ejercicio de recuperación del mío». Llegado a este punto, Fernando Sánchez Dragó, subyugado por la emoción, abrumado por los sentimientos que, arremolinándose, se le ahogaban en la garganta, afirmó, con la voz tomada, que «ahora también yo puedo decir que soy alguien que conoce a su padre, que lo amo y lo respeto». Consiguió emocionarme, y fue en ese preciso instante cuando más cercano me he sentido a Fernando Sánchez Dragó, me dolió su mismo dolor, palpé su angustia y aspiré, embriagado, la luz que emanaba de él.

Al final de la velada, cuando todo el mundo se despedía y se disponía a marcharse, en los ojos de Fernando Sánchez Dragó, por un momento, ajeno a todo, a solas consigo mismo, se vio reflejada la serenidad de la mirada, sincera y satisfecha, de quien contempla su obra, la más intensa, de más peso, de más aliento y de más largo alcance de todas, recién terminada.

Cuando todo el mundo se hubo marchado sólo quedamos Dragó, Naoko (su mujer), Aixa (su hija), José Luis Gutiérrez (editor de la revista Leer), Javier Esteban y yo, comentando qué tal había salido el acto, entre otras cosas. A Dragó se le veía contento, al menos complacido por el resultado. Luego bajamos a la parada de taxis, donde despedimos a Dragó y sus chicas, y Javier Esteban y yo nos marchamos juntos hasta la boca de metro más próxima.

Para la próxima reunión de estas características prometo dejarme la timidez y mis complejos en el pijama. Palabra.

La serenidad de la mirada, sincera y satisfecha, de quien contempla su obra recién terminada

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