10:09 pm - Tuesday September 26, 2017

¿Quién se atreve a cartografiar el amor que vive?

Written by | 21 January 2016 | Comments Off

 

Los mapas no son la realidad, los mapas son orientativos. Nos orientan en el espacio. Nunca, como dice el dramaturgo Juan Mayorga, un mapa es neutral, siempre un mapa toma partido, “incluso la escala es una decisión moral”; cartografiar un mundo en peligro, por ejemplo, como el gueto de Varsovia en el año 1940, es un problema moral, supone elegir si es más importante el cuartel de policía, el burdel o esa casa donde el maestro Szpilman, contra todo esperanza, sigue enseñando a los niños a tocar el violín. Eso plantea Mayorga en El cartógrafo – Varsovia 1: 400.000 y eso, con el amor o la vida como tema, cartografía María Prado Mas en su poemario Cartografía del territorio imposible.

El libro tiene una arquitectura muy poderosa, no es una colección de poemas, es un libro con espina dorsal armado en la idea de los mapas. María organiza el material en dos partes que son dos mundos, dos mapas que son, sobre todo, morales: los mapas deshabitados y lo mapas habitados; los primeros cartografían lugares donde “crees que alguien camina a tu lado, pero no hay nadie”, los segundos, “los lugares de los que te has ido sin que nadie lo sepa y, sin embargo, puedes volver”. La poesía, no obstante, disuelve el orden y desborda el sentido racional, porque hay realidades para los que no tenemos mapas y mapas para los que no hay realidades, por eso, el libro es, sobre todo, una exploración del sentido de la vida y del amor con un instrumental muy preciso: el lenguaje poético, que quiere no quedarse en la cárcel del libro o de la intimidad, sino ser comunicado: “Hazme un hueco en el poema. / De niña lo soñaba. / Haz algo para que me nombre, / para que nos nombre, / para que alguien conozca lo que pasa.”

En los mapas deshabitados, se cartografía los ritos del amor como han hecho los poetas, sobre todo los más queridos a María, como Cernuda: la espera, el deseo, el espacio imposible, el agua-lágrima, el silencio pensaroso, y el apoyo de la palabra para caer en el olvido, que da fortaleza a pesar de la desolación. Amor-proceso, con su narrativa íntima, como el cancionero de Petrarca, como la poesía de Garcilaso, avanzando en temperatura sentimental y poética, sin pasos atrás, con nuevas perspectivas, sin caer en los mapas ya trazados, sino de verdad explorando sentidos nuevos, ajustando las palabras al sentir o depurando las palabras para conocer mejor ese sentir, la palabra que halla pero también la palabra que revela: “Digo que es urgente saber oír lo que no se dice, / decir lo que de otro modo no podrá adivinarse. / Usar la palabra para ser lo que importa menos / o nombrar, a riesgo de vivir.” Nombrar, a riesgo de vivir; de pecho, frente al mar o con los ojos abiertos, en la profunda noche.

En los mapas deshabitados, María, la voz poética, la voz en carne viva, menciona la casa, que será el espacio poético de los mapas habitados, a los que uno siempre puede volver: los padres, la infancia, la memoria; es verdad que explorar, hacer camino, orientarse sin mapa, es un signo de valentía, pero es también un abandono de la casa: “Pero olvidé la casa y ya no fui valiente nunca más”. Sin embargo, el dolor, “última forma de amar” (Pedro Salinas), la lleva a la casa, a los padres, “Este amor no tiene olvido”, a los hermanos, “hemos vuelto a ser pequeños, / cinco pijamas pasan de una a otro / en el perder sagrado de colores y dibujos”, a la salvación, “cuando llegue la noche y me visite el miedo / recorreré el pasillo con los ojos cerrados / hasta la cama de papá y mamá / y entre los dos me salvaré del mundo”. La casa da sentido a un amor en calma, quizá es posible la belleza, “hay en la permanencia / una belleza fuera de la aventura, / que deseo”, pero el desorden insiste en abrir ventanas, permite ráfagas y advierte de la primavera, “El mundo me parece un lugar triste/ a punto de llegar la primavera”.

Agotados los mapas, las exploraciones, queda el hombre en busca de sentido, la mujer que ha dado amor, entera, vulnerable quizá pero tan frágilmente humana (“Me gusta prolongar los ojos sobre lo que me hace sentir pequeña: / el mar, una montaña, el cuerpo de mis padres…”), que se hace necesario remontar el atlas; no hay complacencia en el dolor, en el desamor, hay necesidad de ser, de existir, “No siempre me di entera. Entera vuelvo. / Soy esta. Sin ofrendas.”, hay conocimiento, “En este perder peso nos quedamos sin carne, / en hueso puro. / Entonces ya no vale/ rodearse de gente que no nos quiere…”, hay sabiduría, “Con mis años, quien duda es que no ama”. Y, sin embargo, al final no se impone la narración del proceso íntimo, al final una imagen poética abre nuevos sentidos: una mujer, en la azotea, tendiendo las sábanas al sol y al viento, “Sábana desplegada al sol, quiero tu alma”, el lector llega a la azotea con la retina, el pensar y el sentir tan colmados, que se deja ir con el agua, con el viento y con la luz, “La esencia se evapora como el agua, / en danza con el viento y con la luz.”.

El verso de María Prado Mas, como el de Machado, “brota de manantial sereno”, no hay alarde, no hay ruido ni sonsón, hay un verso seguro, sabio en sus adentros, que solo se arriesga a ser sencillo, la sencillez compleja de los grandes, con imágenes redondas que permanecen en la memoria y aletean de sentido (“Te siento, en la noche, callado como una montaña, sin dejar de mirarme”), de reflexión iluminada (“Vivir es ir pesando menos”), de gracia (“Hubo una vez un río, / palabra a palabra/ de mis ojos a los tuyos, / de tu nombre a mi nombre.”), de sabor surreal (“Pero acercando los ojos / vería hileras de palabras trazando, / como hormigas, / el camino del amor hasta el olvido.”), de dolor consciente (“No me busques. / Habitamos mapas distintos / y no podremos reunirnos. / Tanto estirar los dedos para tocar al otro / y tú para siempre en otra página.”)

Sólo se es valiente cuando decir implica saberse o serse y, por tanto, aceptar que somos vulnerables. Escribir así es ser valiente porque desvela, porque son francas y desnudas las palabras. No hay hueco entre ellas, están pegadas al sentir o al pensar, o al pensar cordial, por eso invito a la lectura sosegada de Cartografía del territorio imposible de María Prado Mas, una mujer que desde la calma que dan unos pies que saben que pisan la tierra y sostienen un cuerpo, frágil como un junco pero resistente, busca sentido y lo averigua no solo poéticamente.

Jose Aurelio Martín Rodríguez

 

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