5:24 am - miércoles agosto 15, 2018

Rebobinando recuerdos y melancolías

Written by | 08/08/2018 | 0

La tierra es la misma, pero se ha roto
por dentro. Las piedras del empedrado
del Camino de Santiago, de la Calzada,
las descubro maltratadas, agrietadas, viejas, sucias.
Hay agujeros negros, tabaco oscuro, incrustaciones
de vida arruinada, botellas estrelladas
en el suelo de mi ayer.

Me cuesta creerlo, pensarlo, menos soñarlo,
pero las piedras de mi pueblo, están así,
rotas, heridas, sucias, como una batalla
perdida a la vida.

Y me envuelve la melancolía, y me siento
un poco huérfana sin el banco del patio
de mi casa vestido de verde;
desolada sin la frescura de la parra,
sin la alegría de los colores fucsia
de los geranios que regaba mi madre.

Y me tironea la melancolía de nuevo.
La tierra es la misma, el paisaje también,
pero me falta el barquito de mi padre
meciéndose en el muelle de la ría
a la sombra del primer arco del puente
de piedra.

¿Será que es invierno en mi corazón?

Y abro la ventana de los recuerdos,
enhebro la aguja de mi costura, rebobino
el ovillo del tiempo, me subo al columpio
de la infancia, y la melancolía vuelve aparecer.
Los recuerdos me llevan volando
al espacio infinito de las añoranzas.

Me cobijo en esa infancia perdida,
el tiempo da marcha atrás como un coche
viejo que tiene que hacer la maniobra.
Me devuelvo a la niñez, me tiro
por el trampolín de mis juegos
me ciño la chaqueta cruzada, acurrucada
en el rezago del punto a punto
de la calceta de mi madre.

Me subo al Fiat 514 de mi padre
de otro tiempo, y viajo a Miño, al Pedrido,
a Betanzos, a La Coruña. Me subo otro día
al Austin más pequeño, descapotable,
y siento la brisa de la tarde en mi viaje más allá
del tiempo y lo pensado, el fin del mundo:

Santiago de Chile, Buenos Aires, Sao Paulo,
Asunción de Paraguay, la Patagonia…
El Cantábrico y el Pacífico se encuentran,
la ría de Ares, y el Bío- Bío se besan,
la Cordillera de los Andes y el monte
de Breamo se dan la mano.

La tierra es la misma, pero las nubes
no me son familiares.
Cuando se unen, se agolpan, galopan
todo se cubre de negro, y con ellas
como en procesión, los despojos,
los afectos, las despedidas se visten
de luto, de nostalgia, del toldo fúnebre
de un funeral cualquiera.

¿Será que es invierno en mi corazón?

¿Hasta cuando grita el verano inquieto?
Es que no se van, se unen, se agolpan,
se ponen de acuerdo, pero no se van.
Son nubes tercas, que navegan sin rumbo
y no quieren el verano.
Se cruzan con los afectos, los recuerdos,
los mil rostros reencontrados.
Y nos engañan, se ríen desde su desafección,
parece que se van, pero se quedan.

……………………………

¡Ah! Pero ¡ya llega! Al fin, grita un niño
en el puente de hierro. ¡Ya viene! ¡Ya llega!
¿El tren? ¿La tormenta?, pregunta otro niño.
No, es el verano que se estrena vestido
de verde y amarillo. ¡Ya llega, ya viene!
Y se fueron las nubes con su cortina
de luto y tristeza; las niñas empiezan
a levantar castillos de arena en la playa
de la Magdalena, tocan las campanas allá lejos,
los marineros sacan al verano sus velas blancas
para pasear a la Virgen por el mar.

Se fueron las nubes, llegó el verano.
Y hay un murmullo de júbilo y de fiesta
de gaitas y panderetas, de zampoñas
y trutrucas en el beso cálido que le regala el sol
al paisaje gallego y a su mar.

Y a mí se me alejó un poco la melancolía,
un algo de nostalgia que todavía
está pegada a mi corazón herido.
¿Será cierto que el Cantábrico
y el Pacífico se besan? …
¿Será verdad que la ría de Ares y
el Bío-Bío se encuentran?
¿Será cierto que la cordillera de los Andes
y el monte Breamo se dan la mano?

¿Será verdad que llegó el verano
a mi corazón?

María Ángeles Martínez

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