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‘Relámpagos’, de Eduardo Martínez Rico: el conversador elimina a su interlocutor

Written by | 10 June 2017 | Comments Off

Desde el principio de su carrera literaria, Eduardo Martínez Rico ha proyectado en sus libros sus propias inquietudes, de ahí la gran variedad de temas, aproximaciones y géneros que conforman su obra. Son especialmente conocidos sus trabajos como interlocutor de grandes escritores. Con Umbral: vida, obra y pecados. Conversaciones (Foca, 2001) y Umbral. Las verdades de un mentiroso ilustre (Llibros del Pexe, 2003), se sumergió con el célebre prosista y autor de Mortal y rosa en los entresijos de la literatura entendida como forma de vida; a continuación, con Alberto Vázquez-Figueroa o la aventura (Plaza & Janés, 2004), haría lo contrario: explorar la vida –en este caso la de Vázquez-Figueroa− como la viviría un personaje de novela; más tarde, con Pedro J. Tinta en las venas (Plaza & Janés, 2008), concluiría su trilogía de entrevistas con los maestros: el periodismo completaba así la perspectiva de los dos libros anteriores sobre la literatura (Umbral) y la vida (Vázquez-Figueroa). La Guerra de las Galaxias: el mito renovado (Alberto Santos, 2008) le serviría para ahondar en los cimientos no sólo de un mito eternamente repetido en las epopeyas y en las religiones de todo el mundo antiguo, sino en los de la propia narrativa, con los que se construyen la épica y la tragedia. El conversador daba paso en Martínez Rico, poco a poco, al narrador. Así surgieron sus primeras dos novelas, enmarcadas en el género histórico, Cid Campeador (Imágica, 2008) y Fernando el Católico. El destino del rey (Imágica, 2015).

Aparece ahora su tercera novela, Relámpagos, editada por Dalya (2015). Escrita con un estilo sencillo, elaborado con sintaxis cortas y despojado de alardes, Relámpagos constituye un nuevo paso adelante para Martínez Rico, sin parangón en toda su obra previa. Si en sus anteriores novelas había jugado con la flexibilidad de un género de pilares tan rígidos como el histórico, en Relámpagos –quizá como reacción a esa experiencia− disuelve toda estructura narrativa y la pone al servicio de un largo monólogo íntimo sólo interrumpido por el final de cada capítulo. El conversador, tras coquetear con la narración, libera ahora su voz interior.

Adscrita a esa angustia posmoderna tan de nuestra época, quizás azuzada por la crisis global e integral de los últimos años, la narración de Martínez Rico surge en Relámpagos como corriente puramente subjetiva y verbal, en la que el mundo se construye mediante el lenguaje, y donde toda certeza emerge como un archipiélago remoto en mitad de un océano de palabras. Sin Dios al que pedir responsabilidades, sin conceptos con mayúsculas mediante los cuales dar sentido a nuestras vidas y sin una realidad firme sobre la que sostenerse, la existencia se contempla con una mezcla de desolación y extrañeza. Así, en Relámpagos, como en el principio del Evangelio, el Verbo se hace carne en la prosa de Martínez Rico, que es dios, soberano y medida de todas las cosas en su obra. Ante un escenario como el que vivimos hoy en día, la máxima cartesiana parece el único asidero válido: sólo existe un personaje en Relámpagos, y cabe sospechar que se trate de un trasunto del propio autor. Todo emana de él y en él todo converge, llevándonos, página tras página hasta el final de libro, cautivos de su ensimismamiento líquido.

La muerte es el tema esencial del libro. Su rastro impregna el texto y compromete el tono ya desde el inicio de la novela, cuando al lector se le hace saber que el protagonista es profesor de filosofía y su esposa acaba de morir. Este contexto justifica el flujo de conciencia que sigue a continuación. De este modo, Relámpagos sirve de catálogo de las grandes preguntas que el hombre se ha hecho a lo largo de su Historia. Cualquier suceso rutinario en la vida del personaje principal es buena coartada para evadirse de sí mismo e interrogarse sobre el propósito de toda acción y de toda circunstancia. Y las respuestas, en caso de haberlas, son devastadoras. Puede que nada merezca la pena, ni siquiera la literatura, ni siquiera la propia vida, si estamos condenados a una eternidad en silencio y sin memoria bajo tierra.

Javier Redondo Jordán

Relámpagos
Eduardo Martínez Rico
Editorial Dalya
169 páginas
12,90 Euros

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